viernes, 18 de diciembre de 2009

Año Nuevo

       Resultan cada día más ruidosas las campañas del silencio. El mundo de nuestros días es un puro contrasentido. La misma exuberancia vital, ostensible en ciertas fechas, constituye un escalofriante homenaje al miedo; al miedo sordo, impalpable, tenaz que se enrolla como una serpiente viscosa al cuello del hombre de nuestro tiempo. El júbilo vocinglero de esta época es la exteriorización de un hondo desgarro. El hombre vocea para espantar el miedo; el hombre grita para ocultarse a sí mismo la amenaza. Nunca intenta nadie abstraerse con tanto fervor en los grabados de una revista frívola como en la antesala del dentista.
      A propósito de la conmemoración de la Nochevieja, me asaltan una serie de reflexiones. Las pequeñas ciudades ofrecen la ventaja sobre las grandes de que uno tiene a la colectividad al alcance de la mano. Le basta asomarse al balcón para constatar los sentimientos, las decepciones, los movimientos de alza y baja de la opinión. En las pequeñas urbes, la masa puede ser reducida a un tubo de ensayo; constituyen el mejor gabinete para una eficaz y concienzuda exploración. Así, es evidente que las tumultuosas celebraciones del Año Nuevo responden a un entusiasmo artificial. Nadie está nunca tan alegre como para desear olvidarse de que lo está; lo que sucede, llegado el caso, es que el hombre bebe para desencadenar una alegría que está muy lejos de sentir. El júbilo de la Nochevieja es un júbilo dolorosamente elaborado; responde a una actitud de vehemencia colectiva de signo evidentemente contagioso. Menos por menos da más; el temor de un hombre por el temor de otro hombre produce un júbilo aparentemente fervoroso, pero áspero y atormentado. La embriaguez es un suicidio en tono menor. Esto nos lleva a pensar que el hombre de nuestra época, si no de la vida, sí desea desasirse periódicamente del tiempo, olvidarse de que es una realidad sacudida por un viento de amenazas. El hombre, en vano aguarda encontrar la paz tras cada paréntesis de inconsciencia.
      Debajo de la frívola despreocupación actual late un fondo de angustia. La humanidad se siente atemorizada. La bomba atómica no pasa de ser un fantasma cuya existencia resulta incontestable. La voz de los periódicos se hace por días reticente y amarga. El hombre de hoy vive esperando algo terrible y desconocido que dé al traste con su organización. La provisionalidad de esta organización le irrita; la consciencia de esta provisionalidad le desazona. De aquí que el hombre se suicide efímeramente cada Nochevieja en espera de que el nuevo año aporte sobre él y sobre su negocio la soñada estabilidad. El cálculo, ineluctablemente, falla. Año tras año la atmósfera política se adensa; a la catástrofe remota se unen dificultades inmediatas, obstáculos menores que enturbian la verdadera alegría de vivir. El pánico del hombre moderno es una curiosa mezcla de previsión de muerte fácil y constatación de vida difícil. El hombre que no puede comer tiene que beber. Al hombre que se le ha secado dentro la fuente de la alegría, la busca fuera. La actitud del hombre de nuestro tiempo responde a un esfuerzo de superación; de lucha por la pervivencia. La muerte es fácil, la vida es difícil. El hombre aspira a invertir los términos, pero la máquina económica renquea, no da abasto, amaga con detenerse. Se habla de vida cara, cuando la realidad es que el trabajo está barato; que la actividad del hombre no se cotiza. Esto quiere decir que a la sensación de inestabilidad se une un sentimiento de impotencia y de fracaso. La muerte se regala; la vida no se alcanza. El miedo acosa y el hombre busca en la embriaguez una muerte provisional. Tal vez el despertar le brinde otras perspectivas.
      La alegría desmesurada, escandalosa, de ciertas fechas es la manifestación más rotunda del temor de nuestra época. El día en que el hombre no precise la euforia de otros hombres para despertar artificialmente la propia, será un día de esperanza; ese día archivaremos para siempre en el desván de las cosas inútiles este torpe sucedáneo de la alegría que arribó a nuestro mundo al mismo tiempo que la malta y la sacarina.


(El temor estridente, Miguel Delibes, ca. 1950-1960)