lunes, 13 de diciembre de 2010

La madre (2)

   ...En el álbum aparecerá mucho más joven de lo que podrás recordarla, llevando un suéter negro y ajustado, posando ante unas fotografías de bailarines de ballet clavadas con alfileres en una pared o sosteniendo un papagayo de peluche en una pose infantil. Bajo la fotografía leerás la leyenda: "Sanmtier, mi papagayo". Estarás un largo rato dándole vueltas a ese nombre, tratando de encontrarle algún sentido al revés o reordenando las letras, por el caso de que se tratara de un acróstico, pero luego darás vuelta a la página y te olvidarás de ello. En la siguiente fotografía tu madre aparecerá sentada a una mesa en la que hay varios libros, un globo terráqueo del tamaño de un puño, una vela y varias imágenes, posiblemente postales; tu madre estará de espaldas a la cámara escribiendo una carta y el pie de la foto será el supuesto encabezamiento de esa carta: "Querido Manfred Block". Manfred Block no será el nombre de tu padre. En esa fotografía, pero también en otras más, tu madre fingirá ignorar que la están observando, y en ese gesto notarás tanta intimidad que no podrás sino preguntarte quién las ha tomado y cuál era su relación con tu madre.
(El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan.- Patricio Pron.- Barcelona: Mondadori, 2010)
 

domingo, 12 de diciembre de 2010

La madre (1)

    Así iba yo mirando, solo en el apartamento donde ella acababa de morir, bajo la lámpara, una a una, esas fotos de mi madre, volviendo atrás poco a poco en el tiempo con ella, buscando la verdad del rostro que yo había amado. Y la descubrí.
    La fotografía era muy antigua. Encartonada, las esquinas comidas, de un color sepia descolorido, en ella había apenas dos niños de pie formando grupo junto a un pequeño puente de madera en un Invernadero con techo de cristal. Mi madre tenía entonces cinco años (1898), su hermano tenía siete. Este apoyaba su espalda contra la balaustrada del puente, sobre la cual había extendido el brazo; ella, más lejos, más pequeña, estaba de frente; se podía adivinar que el fotógrafo le había dicho: "Avanza un poco, que se te vea"; había juntado las manos, la una cogía la otra por un dedo, tal como acostumbran a hacer los niños, con un gesto torpe. El hermano y la hermana, unidos entre sí, como yo sabía, por la desunión de sus padres, que poco tiempo después se divorciarían, habían posado uno al lado del otro, solos, en la abertura del follaje y de palmas del invernadero (era la casa en que había nacido mi madre, en Chennevières-sur-Marne).
    Observé a la niña y reencontré por fin a mi madre. La claridad de su rostro, la ingenua posición de sus manos, el sitio que había tomado dócilmente, sin mostrarse ni esconderse, y por último su expresión, que la diferenciaba como el Bien del Mal de la niña histérica, de la muñeca melindrosa que juega a papás y a mamás, todo esto conformaba la imagen de una inocencia soberana (si se quiere tomar esta palabra según su etimología, que es "no sé hacer daño"), todo esto había convertido la pose fotográfica en aquella paradoja insostenible que toda su vida había sostenido: la afirmación de una dulzura. En esa imagen de niña yo veía la bondad que había formado su ser enseguida y para siempre sin haberla heredado de nadie; ¿cómo aquella bondad pudo salir de padres imperfectos que la amaron mal, en resumidas cuentas: de una familia? Su bondad estaba precisamente fuera de juego, no pertenecía a ningún sistema, o por lo menos se situaba en el límite de una moral (evangélica, por ejemplo); nada podría definirla mejor que ese rasgo (entre otros): nunca, en toda nuestra vida en común, nunca me hizo una sola "observación". Esta circunstancia extrema y particular, tan abstracta en relación con una imagen, estaba no obstante presente en el rostro que tenía en la fotografía que yo acababa de encontrar. "Ninguna imagen justa, justo una imagen", dice Jean-Luc Godard. Pero mi pesadumbre pedía una imagen justa, una imagen que fuese al mismo tiempo justicia y justeza: justo una imagen, pero una imagen justa. Tal era para mí, la fotografía del Invernadero.
 (La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía.- Roland Barthes.- Barcelona: Paidós 1989.- Traducción de Joaquim Sala-Sanahuja)