A las diez de la mañana murió el técnico Shishenok. Fue el primero... El primer día... Luego supimos que,
bajo los escombros, se había quedado otro... Valera Jodemchuk. No
lograron sacarlo. Lo emparedaron con el hormigón. Pero entonces aún no sabíamos
que todos ellos serían solo los primeros...
Le pregunto:
—Vasia, ¿qué
hago?
—¡Vete de aquí! ¡Vete! Estás esperando un niño.—Estoy embarazada, es
cierto. Pero ¿cómo lo voy a dejar? Él me pide—: ¡Vete! ¡Salva al crío!
—Primero te
tengo que traer leche, y luego ya veremos.
Llega mi amiga Tania Kibenok. Su marido está
en la misma sala. Ha venido con su padre, que tiene coche. Nos subimos al
coche y vamos a la aldea más cercana a por leche. A unos tres kilómetros de la
ciudad. Compramos muchas garrafas de tres litros de leche. Seis, para que
hubiera para todos. Pero la leche les provocaba unos vómitos terribles. Perdían el sentido sin parar y les pusieron el
gota a gota. Los médicos nos aseguraban, no sé por qué, que se habían
envenenado con los gases, nadie hablaba de la radiación.
Entretanto, la ciudad se llenó de vehículos militares, se cerraron
todas las carreteras... Se veían soldados por todas partes. Dejaron de circular los trenes de cercanías, los expresos...
Lavaban las calles con un polvo blanco... Me alarmé: ¿cómo iba a conseguir
llegar al pueblo al día siguiente para comprarle
leche fresca? Nadie hablaba de la radiación... Solo los militares iban
con caretas. La gente de la ciudad llevaba su
pan de las tiendas, las bolsas abiertas con los bollos. En los estantes había pasteles...
La vida seguía como de costumbre. Solo... lavaban las calles con un polvo...
Por la noche no me dejaron entrar en el hospital... Había un mar de
gente en los alrededores. Yo estaba frente a su ventana; él se acercó a ella y
me gritó algo. ¡Se le veía tan desesperado!
Entre la muchedumbre, alguien entendió lo que decía: que aquella noche
se los llevaban a Moscú. Todas las esposas
nos arremolinamos en un corro. Y decidimos: nos vamos con ellos.
¡Dejadnos estar con nuestros maridos! ¡No tenéis derecho! Quisimos abrirnos
paso a golpes, a arañazos. Los soldados...,
los soldados ya habían formado un doble cordón y nos impedían pasar a
empujones. Entonces salió el médico y nos confirmó que se los llevaban aquella
misma noche en avión a Moscú; que debíamos traerles ropa; la que llevaban en la central se había quemado. Los autobuses
ya no funcionaban, y fuimos a pie,
corriendo, a casa. Cuando volvimos con
las bolsas, el avión ya se había marchado... Nos engañaron a propósito.
Para que no gritáramos, ni lloráramos...
Llegó la noche... A un lado de la calle, autobuses, cientos de
autobuses (ya estaban preparando la evacuación de la ciudad), y al otro,
centenares de coches de bomberos. Los trajeron de todas partes. Toda la calle
cubierta de espuma blanca... Íbamos pisando aquella espuma... Gritando y maldiciendo...
Por la radio dijeron que evacuarían la ciudad, para tres o, a lo
mejor, cinco días. «Llévense consigo ropa de invierno y de deporte, porque van
a vivir en el bosque. En tiendas de campaña.» La gente hasta se alegró: «¡Nos
mandan al campo!». Allí celebraremos la fiesta del Primero de Mayo. Algo
inusual. La gente preparaba carne asada para el camino, y compraban vino. Se
llevaban las guitarras, los magnetófonos... ¡Las maravillosas fiestas de mayo!
Solo lloraban las mujeres a cuyos maridos les había pasado algo.
No recuerdo el viaje. Cuando vi a su madre, fue como
si despertara:
—¡Mamá, Vasia está en Moscú!
¡Se lo llevaron en un vuelo especial!
Acabamos de sembrar el huerto: patatas, coles... [¡Y a la semana evacuarían la
aldea!] ¿Quién lo iba a saber? Por la noche tuve un ataque de vómito. Era mi
sexto mes de embarazo. Me sentía tan mal...
Esa noche soñé que me llamaba. Mientras
estuvo vivo me llamaba en sueños: «¡Liusia, Liusia!». Pero, una vez que murió, ni una sola vez. No me llamó ni una sola vez. [Llora.] Me levanté por la
mañana y me dije: «Me voy sola a Moscú. Yo que...».
—¿Adónde vas a ir en tu estado? —me dijo llorando su madre. También se
vino conmigo mi padre:
—Será mejor que te acompañe. —Sacó todo el dinero de la libreta, todo
el que tenían. Todo...
No recuerdo el viaje. También se me borró de la cabeza todo el camino... En Moscú preguntamos al primer
miliciano que encontramos a qué hospital habían llevado a los bomberos
de Chernóbil y nos lo dijo; yo hasta me sorprendí de ello porque nos habían
asustado: «No os lo dirán; es un secreto de Estado, ultrasecreto...».
—A la clínica
número seis. A la Schúkinskaya.
En el hospital, que era una clínica especial de radiología, no dejaban
entrar sin pases. Le di dinero a la vigilante de guardia y me dijo: «Pasa». Me dijo a qué piso debía ir. No sé a
quién más le supliqué, le imploré... Lo cierto es que ya estaba en el despacho
de la jefa de la sección de radiología: Anguelina
Vasílievna Guskova. Entonces aún no sabía cómo se llamaba, no se me
quedaba nada en la cabeza. Lo único que sabía era que debía verlo...
Encontrarlo...
Ella me
preguntó enseguida:
—¡Pero, alma de
Dios! ¡Criatura! ¿Tiene usted hijos?
¿Cómo iba a decirle la verdad? Estaba claro que
tenía que esconderle mi embarazo. ¡No me lo dejaría ver! Menos mal que soy
delgadita y no se me nota nada.
—Sí —le contesto.
—¿Cuántos?
Pienso: «He de decirle que dos. Si solo es uno, tampoco me dejará
pasar».
—Un niño y una
niña.
—Bueno, si son dos, no creo
que vayas a tener más. Ahora escucha: su sistema nervioso central está dañado
por completo; la médula está completamente dañada...
«Bueno —pensé—,
se volverá algo más nervioso.»
—Y óyeme bien: si te pones a llorar, te mando al instante para casa. Está prohibido que os abracéis y que
os beséis. No te acerques mucho. Te doy media hora.
Pero yo ya sabía que no me iría de allí. Si
me iba, sería con él. ¡Me lo había jurado a mí misma!
Entro... Los veo sentados sobre las camas, jugando a las cartas,
riendo.
—¡Vasia! —lo llaman.
Se da la
vuelta.
—¡Vaya! ¡Hasta
aquí me ha encontrado! ¡Estoy perdido!
Daba risa verlo, con su pijama de la talla 48, él, que usa una 52. Las
mangas cortas, los pantalones... Pero ya le había bajado la hinchazón de la
cara... Les inyectaban no sé qué solución...
—¿Tú, perdido?
—le pregunto.
Y él que ya
quiere abrazarme.
—Sentadito. —La médico no lo deja acercarse a mí—. Nada de abrazos
aquí.
No sé cómo, pero nos lo tomamos a broma. Y al momento
todos se acercaron a nosotros; vinieron hasta de las otras salas. Todos eran de
los nuestros. De Prípiat. Porque habían sido
veintiocho los que habían traído en avión. «¿Qué hay de nuevo? ¿Qué pasa en la
ciudad?» Yo les cuento que han empezado a evacuar a la gente, que se
llevan fuera a toda la ciudad durante unos
tres o cinco días. Los chicos se callaron; pero también había allí dos
mujeres; una de ellas estaba de guardia en la entrada el día del accidente, y
la mujer rompió a llorar:
—¡Dios mío! Allí están mis hijos. ¿Qué va a ser de ellos?
Yo tenía ganas de estar a
solas con él; bueno, aunque solo fuera un minuto. Los
muchachos se dieron cuenta de la situación y cada uno se inventó
un pretexto para salir al pasillo. Entonces lo abracé y lo besé. Él se apartó.
—No te sientes
cerca. Coge una silla.
—Todo eso son bobadas —le dije, quitándole importancia—. ¿Viste dónde
se produjo la explosión? ¿Qué es lo que pasó? Porque vosotros fuisteis los
primeros en llegar...
—Lo más seguro es que haya sido un sabotaje.
Alguien lo habrá hecho a propósito. Todos los chicos
piensan lo mismo.
Entonces decían
eso. Y lo creían de verdad.
Al día siguiente, cuando llegué, ya los habían separado; cada uno en
una sala aparte. Les habían prohibido categóricamente salir al pasillo.
Hablarse. Se comunicaban golpeando la pared. Punto-raya, punto-raya. Punto...
Los médicos lo justificaron diciendo que cada organismo reacciona de manera
diferente a las dosis de radiación, de manera que lo que uno aguanta puede que
no lo resista otro. Allí, donde estaban ellos, hasta las paredes reaccionaban
al geiger. A derecha e izquierda, y en el piso de abajo. Sacaron a todo el
mundo de allí; no dejaron ni a un solo paciente... Por debajo y por encima,
tampoco nadie...
Viví tres días en casa de unos conocidos de Moscú. Mis conocidos me decían: coge la cazuela, coge la
olla, coge todo lo que necesites, no sientas vergüenza. ¡Así resultaron
ser estos amigos! ¡Así eran! Y yo hacía una sopa de pavo para seis personas. Para seis de nuestros muchachos...
Los bomberos. Del mismo turno. Todos estaban de guardia aquella noche: Vaschuk, Kibenok, Titenok, Právik,
Tischura...
En la tienda les compré a todos pasta de dientes, cepillos, jabón...
No había nada de esto en el hospital. Les compré toallas pequeñas... Ahora me admiro
de aquellos conocidos míos; tenían miedo, por supuesto; no podían dejar de tenerlo; ya corrían todo
tipo de rumores; pero, de todos modos, se prestaban a ayudarme: coge todo lo
que necesites. ¡Cógelo! ¿Y él cómo está? ¿Cómo se encuentran todos? ¿Saldrán
con vida? Con vida... [Calla.]
En aquellos días me topé con mucha gente buena; no los recuerdo a
todos. El mundo se redujo a un solo punto. Se achicó... A él. Solo a él...
Recuerdo a una auxiliar ya mayor, que me fue preparando:
—Algunas enfermedades no se curan. Debes sentarte a su lado y
acariciarle la mano.
Por la mañana temprano voy al
mercado; de allí a casa de mis conocidos; y preparo el
caldo. Hay que rallarlo todo, desmenuzarlo, repartirlo
en porciones... Uno me pidió: «Tráeme una manzana».
Con seis botes de medio litro. ¡Siempre para seis! Y para el hospital.... Me quedo allí hasta la noche. Y
luego, de nuevo a la otra punta de la ciudad. ¿Cuánto hubiera podido
resistir? Pero, a los tres días, me ofrecieron quedarme en el hotel destinado
al personal sanitario, en los terrenos del propio hospital. ¡Dios mío, qué
felicidad!
—Pero allí no hay cocina. ¿Cómo voy a prepararles la comida?
—Ya no tiene que cocinar. Sus estómagos han dejado de asimilar
alimentos.
Él empezó a cambiar. Cada día me encontraba con una persona diferente
a la del día anterior. Las quemaduras le salían hacia fuera. Aparecían en la
boca, en la lengua, en las mejillas... Primero eran pequeñas llagas, pero luego
fueron creciendo. Las mucosas se le caían a
capas..., como si fueran unas
películas blancas... El color de la cara, y el del cuerpo..., azul..., rojo...,
de un gris parduzco. Y, sin embargo, todo en él era tan mío, ¡tan
querido! ¡Es imposible contar esto! ¡Es imposible escribirlo! ¡Ni siquiera
soportarlo!...
Lo que te salvaba era el
hecho de que todo sucedía de
manera
instantánea, de forma que no tenías ni que pensar, no tenías tiempo ni para
llorar.
¡Lo quería tanto! ¡Aún no sabía cuánto lo quería! Justo nos acabábamos
de casar... Aún no nos habíamos saciado el uno
del otro... Vamos por la calle. Él me coge en brazos y se pone a dar
vueltas. Y me besa, me besa. Y la gente que pasa, ríe...
(Voces de Chernóbil.- Svetlana Alexievich.- Debolsillo: Barcelona, 2015.- Traducción de Ricardo San Vicente)