El XVII fue el siglo de las
matemáticas, el XVIII el de las ciencias físicas y el XIX el de la biología.
Nuestro siglo XX es el siglo del miedo. Me dirán que eso no es una ciencia.
Pero la ciencia tiene algo que ver con el asunto, puesto que sus últimos
progresos teóricos la llevaron a negarse a sí misma y puesto que sus
perfeccionamientos prácticos amenazan con destruir a la tierra entera. Por lo
demás, y aunque el miedo no pueda ser considerado ciencia, no cabe duda de que,
sin embargo, es una técnica.
Lo
que más llama la atención, en efecto, en el mundo donde vivimos, es ante todo,
y en general, que la mayoría de los hombres (salvo los creyentes de todo tipo)
carecen de futuro. Ninguna vida es válida sin proyección hacia el futuro, sin
promesa de maduración y de progreso. Vivir contra un muro es una vida de perros.
Pues bien, los hombres de mi generación y de la que hoy entra en los talleres y
las universidades han vivido y viven cada vez más como perros.
Naturalmente,
no es la primera vez que los hombres se encuentran ante un futuro materialmente
cerrado. Pero solían vencerlo gracias a la palabra y al grito. Apelaban a otros
valores que constituían su esperanza. Hoy, nadie habla ya (salvo los que se
repiten) porque el mundo nos parece guiado por fuerzas ciegas y sordas que no
oirán los gritos de advertencia ni los consejos ni las súplicas. El espectáculo
de los años que acabamos de pasar ha destruido algo en nuestro interior. Y ese
algo es la eterna confianza del hombre, que le hizo creer en la posibilidad de
obtener de otro hombre reacciones humanas hablándole con el lenguaje de la
humanidad. Hemos visto mentir, envilecer, matar, deportar, torturar, y nunca
fue posible persuadir a quienes lo hacían de que no lo hicieran, porque estaban
seguros de sí y porque no se persuade a una abstracción, es decir al representante
de una ideología.
El
largo diálogo de los hombres acaba de interrumpirse. Y, por supuesto, un hombre
al que no se puede persuadir es un hombre que da miedo. Y así es como, al lado
de quienes no hablaban porque lo juzgaban inútil, se extendía y todavía se
extiende una inmensa conspiración del silencio, aceptada por quienes tiemblan y
se dan buenas razones para ocultarse a sí mismos ese temblor, y suscitada por
quienes tienen interés en hacerlo. «No debéis hablar de la depuración de los artistas
en Rusia, porque eso beneficiaría a la reacción.» «Debéis callar sobre el apoyo
de los anglosajones a Franco, porque eso beneficiaría al comunismo.» Bien decía
yo que el miedo es una técnica.
Entre
el miedo muy general a una guerra que todo el mundo prepara y el miedo totalmente
particular a las ideologías asesinas, está muy claro que vivimos aterrados.
Vivimos aterrados porque la persuasión no es ya posible, porque el hombre ha
quedado por entero a merced de la historia y no puede ya volverse hacia esa parte
de sí mismo, tan auténtica como la parte histórica, que recupera ante la
belleza del mundo y de los rostros; porque vivimos en el mundo de la abstracción,
de las oficinas y de las máquinas, de las ideas absolutas y del mesianismo sin
matices. Nos ahogamos entre esta gente que se cree en posesión de la razón
absoluta, sea con sus máquinas o con sus ideas. Y para todos aquellos que no
pueden vivir sino en el diálogo y la amistad de los hombres, este silencio es
el fin del mundo.
Para
salir de este terror habría que reflexionar y actuar conforme a esa reflexión.
Pero el terror, justamente, no es un clima propicio para la reflexión. Soy de
la opinión, empero, de que en lugar de censurar ese miedo habría que considerarlo
uno de los principales elementos de la situación y tratar de ponerle remedio.
Nada hay más importante. Pues eso concierne a la suerte de gran número de
europeos a quienes, hartos de violencias y mentiras, defraudados en sus mayores
esperanzas, les repugna la idea de matar a sus semejantes aunque sea para
convencerlos, así como la de ser convencidos de la misma manera. Y sin embargo
ésa es la alternativa en la que se coloca a esa gran masa de europeos que no
pertenecen a ningún partido o que están a disgusto en el que han escogido, que
dudan de que el socialismo se haya realizado en Rusia y el liberalismo en los
Estados Unidos, y que no obstante reconocen a éstos y aquéllos el derecho a
afirmar su verdad, pero les niegan el de imponerla por el homicidio, individual
o colectivo. Entre los poderosos de la hora actual, son hombres sin reino. Esos
hombres sólo conseguirán que se admita (no digo que triunfe, sólo que se
admita) su punto de vista, y sólo recobrarán su patria cuando hayan tomado
conciencia de lo que quieren y cuando lo digan con tanta sencillez y fuerza que
sus palabras puedan congregar un haz de energías. Y si el miedo no es el mejor
clima para una reflexión certera, deberán, en primer lugar, componérselas con
el miedo.
Para
componérselas con él, es preciso ver qué significa y qué rechaza. Significa y
rechaza el mismo hecho: un mundo que legitima el homicidio y donde la vida
humana se considera fútil. Ése es el primordial problema político de hoy. Y
antes de ocuparse del resto hay que tomar posición con respecto a él. Hoy es preciso
hacerse dos preguntas, previas a toda construcción: «Sí o no, directa o
indirectamente, ¿quiere usted que lo maten o lo violenten? Sí o no, directa o
indirectamente, ¿quiere usted matar o violentar?». Todos los que contesten no a
estas dos preguntas quedan automáticamente embarcados en una serie de consecuencias
que deben modificar su manera de plantearse el problema. Tengo el proyecto de
precisar sólo dos o tres de esas consecuencias. Mientras tanto, el lector de
buena voluntad puede interrogarse y responder.
* Combat,
noviembre de 1946.
( Crónicas (1944 - 1953).- Albert Camus.-Traducción de Esther Benítez
Eiroa. Madrid: Alianza, 2002. págs 83-86)