Finalmente, tras varios días recorriendo las zonas
desalmadas que había entre mi hotel y Ferguson, bajo un calor sofocante y
empapado en humedad, sentí la necesidad de protegerme en la cáscara de acero de
un automóvil. Fui al aeropuerto y elegí uno de los nuevos escarabajos con GPS
de Volkswagen. Lo alquilé en Álamo, que ya pertenecía a National, al igual que
Budget pertenecía a Avis, Chipotle pertenecía a McDonald's y Taco Bell a
Kentucky Fried Chicken. Decidí cenar en un restaurante mexicano, Pueblo Nuevo,
el único «corazón que late» en la larga franja comercial, según me había
aconsejado mi nuevo amigo André McFarlane. Esta vez, en lugar de cruzar la
interestatal 70 a
pie, como el día anterior, esperando veinte minutos antes del angustioso pitido
que permitía cruzar durante sólo diez segundos —y con riesgo de ser detenido
por «deambular», como Michael Brown—, fui en coche, utilizando el GPS para
recorrer los poco más de doscientos metros. Así no me perdería en el laberíntico
nudo de carreteras.
Al salir del restaurante, subiendo la rampa para
entrar en la autopista, vi a una mujer que cruzaba sorteando el tráfico. La
miré fugazmente, durante una fracción de segundo, y ella me devolvió la
mirada, quizás viendo un clavo al que agarrarse en una noche oscura sólo
iluminada por las luces parpadeantes rojas y azules de los coches policiales.
Vi sus ojos atemorizados y, tras el cruce de miradas, ya no pude seguir como si
mi pasado reciente de peatón desamparado jamás hubiese existido. Bajé la
ventanilla. «¿Sabe dónde está Cape?», me preguntó, «creo que debo ir en
dirección sur». Le dije que lo sentía mucho pero que no era de San Luis, y
arranqué, siguiendo las instrucciones de la voz del GPS para llegar al Holiday
Inn Express, visible a doscientos metros de distancia pero inalcanzable sin la
ayuda del satélite que orbitaba el planeta. Pero la mirada de pavor y
desesperanza de la mujer negra y enjuta, de unos cuarenta años, que quizás
habría pasado desapercibida en la noche de no ser por su vestido de colores
vivos, había penetrado, aunque fuera sólo unos milímetros, en mi conciencia.
Volví a detenerme. «Puedo llevarla al otro lado de la carretera, si quiere.»
Subió al coche. «Acabo de salir de la cárcel y trato de llegar a Cape; vine
ayer con unas amigas de California y acabé peleándome con una de ellas; estaba
borracha, me detuvieron y me metieron en el calabozo», me explicó. Puse el GPS.
Cape Girardeau, 190
kilómetros . Le expliqué que era imposible llevarla tan
lejos. «Claro. Tengo que encontrar una estación de servicio.» Seguimos las instrucciones
del GPS dirección a Cape, pasando por calles que la asustaron a ella y que me
asustaron a mí. Aún no se había inventado un GPS que seleccionara sólo las
calles opulentas de la ciudad dividida.
La dejé en una gasolinera en una de las franjas
comerciales de la carretera, igual que el resto de franjas comerciales, con
las mismas franquicias —QuikTrip, Burger King, Subway— que había visto en el
cuartel general de las fuerzas de ocupación policial y mediática. Pero por lo
menos estaba en la autopista dirección a Cape y había algún camión aparcado
que, con un poco de suerte, podría acercarla a su destino. A eso, al menos, nos
agarramos yo y mi conciencia. «¿Por qué a Cape?», le pregunté dándole un
billete de veinte dólares, antes de que bajase. «Porque es adonde me dijeron
que fuera», respondió.
(Off the
Road. Miedo, asco y esperanza en América.- Andy Robinson.- Madrid: Ariel, 2016)