viernes, 2 de noviembre de 2018

Pasolini, por Ciaburro



Sello conmemorativo del 40 aniversario de la muerte de Pier Paolo Pasolini, emitido por el Ministerio de Desarrollo Económico y estampado en el Istituto Poligrafico e Zecca dello Stato, de Roma, en noviembre de 2015. Dibujado y grabado por Antonio Ciaburro, a partir de una fotografía obtenida en la 21 edición del Festival de Berlin, en 1971.

jueves, 8 de marzo de 2018

Valerie Solanas

            En la primavera de 1967, el último año de la grabación de a, [a, a novel], una mujer fue a ver a Andy para hablarle de una obra de teatro que había escrito. Había aceptado la entrevista, intrigado por el título: Up Your Ass, pero luego se acobardó, preocupado por su posible contenido pornográfico. Pensó que podía ser una poli camuflada que intentaba tenderle una trampa. Resultó, al contrario, que la mujer estaba completamente fuera del sistema, que era atípica, una anomalía incluso en aquel extravagante espectáculo de bichos raros que era la Factoría.
          Valerie Solanas, la mujer que más adelante le pegó un tiro, era un ser, como Warhol, fagocitado por la historia y reducido a un único acto. La chiflada, la asesina fallida, demasiado enfadada y desquiciada para ser digna de atención. Y, sin embargo, lo que tenía que decir es tan brillante y clarividente como psicótico y bru­tal. La historia de su relación con Andy gira completamente en torno a las palabras: a lo mucho que se valoran y a lo que ocurre cuando se desprecian. En su controvertido libro, Manifiesto SCUM,3 analiza los problemas derivados del aislamiento, no en su aspecto emocional, sino estructural, como un problema social que afecta especialmente a las mujeres. Sin embargo, el intento de Solanas por establecer contacto y construir solidaridad a través del lenguaje desemboca en una tragedia, porque acentúa más de lo que mitiga esa sensación de aislamiento que Warhol y ella compartían.
       Los primeros años de vida de Valerie Solanas transcurrieron como cabe esperar, solo que elevado al cuadrado. Tuvo una infan­cia caótica, en la que fue pasando como un paquete de unos fami­liares a otros. Era una niña afilada como un cuchillo, tanto que llega a cortarse a sí misma, sarcástica y rebelde. Sometida a abusos sexuales por su padre, que era camarero, y sexualmente activa desde una edad muy temprana, tuvo su primera hija a los quince años, a la que crió como su hermana, y una segunda a los dieci­séis, que entregó en adopción a una pareja de amigos de su padre, un marinero que acababa de volver de la guerra de Corea y su mujer. Lesbiana marginada en el colegio, donde le hicieron la vida imposible. Más tarde estudió Psicología en la Universidad de Maryland, donde escribió ingeniosas y cáusticas columnas protofeministas para el periódico universitario.
       ¿Cómo era en esa época? Violenta, a veces físicamente agresi­va, muy pobre, firme, aislada, radicalizada por sus propias cir­cunstancias vitales: por las expectativas frustradas, las posibilida­des limitadas, la amarga hipocresía y la crueldad del doble rasero. A diferencia de Warhol, que combatió su exclusión pasivamente, Solanas quería cambiarla a través de la acción, destruir antes que redecorar y reorganizar el ambiente.
            Después de un período fallido en la universidad, decidió aban­donar definitivamente el sistema educativo y recorrer el país ha­ciendo dedo. Empezó a escribir Up Your Ass en 1960, y un año más tarde se mudó a Nueva York, donde vivió en pensiones y albergues benéficos. Ya se ha dicho que tanto Hopper como Warhol eran pobres, pero Solanas vivía en un mundo marginal que ninguno de los dos llegaron a conocer jamás: mendigaba, se pros­tituía, servía mesas; nunca descansaba, nunca apartaba los ojos de la pelota.
       A mediados de la década de 1960 empezó a trabajar en el Ma­nifiesto SCUM. Le gustaba la palabra escoria: la materia residual o impura; la gente inferior, vil o despreciable. Como Warhol, sentía atracción por la gente excesiva y abandonada, por la porquería y los desechos. A los dos les gustaba dar la vuelta a las cosas; los dos tenían una imaginación que derribaba y despreciaba lo más valo­rado por la cultura. En cuanto a la ESCORIA de su manifiesto, la definición de Solanas se refiere precisamente a la clase de mujeres que gustaban a Warhol, al menos vistas desde el otro lado de la cámara: «dominantes, seguras, llenas de confianza, desagradables, violentas, egoístas, independientes, orgullosas, buscadoras de emociones, arrogantes y audaces, mujeres que se consideran ca­paces de gobernar el universo, que han llegado a los límites de esta "sociedad" y están dispuestas a ir mucho más lejos de lo que la sociedad les ofrece».
       El manifiesto desglosa los daños que ha causado el patriarcado: en palabras de la propia Solanas, el daño que han hecho los hom­bres. Propone soluciones violentas, quizá en la línea satírica de Una modesta proposición, de Jonathan Swift, en la que el autor sugiere resolver el problema de la pobreza en Irlanda vendiendo a los niños como alimento para los ricos. Aunque quizá no. El manifiesto es una locura, una atrocidad, pero también es lúcido y alegre a su extraña manera. En la primera frase hace un llama­miento a derrocar el gobierno, eliminar el sistema monetario, au­tomatizarlo todo (Valerie compartía la intuición de Warhol sobre las posibilidades de liberación o pseudoliberación que ofrecen las máquinas) y destruir al sexo masculino. A lo largo de las cuarenta y cinco páginas siguientes, arremete sin piedad contra los hom­bres y los hace responsables de la violencia, el trabajo, el tedio, los prejuicios, los sistemas morales, el aislamiento, el gobierno y la guerra, incluso la muerte.
       Este texto, que todavía hoy sigue sorprendiendo por su viru­lencia, iba tan por delante de los dogmas políticos de su época que resulta casi ilegible, escrito en un idioma completamente desco­nocido, un lenguaje rupturista que se mete en el fango y estalla en el silencio, salpicando la página. Cuando Solanas escribió SCUM, apenas había empezado la segunda ola del feminismo. En 1963 se publicó el razonado y razonable ensayo de Betty Friedan que lleva por título La mística de la feminidad. En 1964 la Ley de Derechos Civiles prohibió la discriminación laboral por razones de raza o sexo; también se abrió el primer refugio para mujeres. Pero el in­cipiente reconocimiento de que el destino de las mujeres estaba marcado por la violencia y la explotación económica seguía es­tando a años luz de la sublevación radical, furibunda y sistémica que proponía Solanas. Y decía en sus páginas: «SCUM va en con­tra de todo el sistema, del propio concepto de la ley y el gobierno. SCUM nace para destruir el sistema, no para conquistar un puña­do de derechos dentro de él».
       No es fácil habitar en este territorio, el de la anomalía, el del iconoclasta. «Valerie Solanas era una solitaria —dice Avital Ronell en su introducción a SCUM—. No tenía seguidores. Siempre lle­gaba a todas partes demasiado tarde o demasiado pronto». Y Ro­nell no es la única que interpreta el manifiesto como un texto que surge del aislamiento y a la vez existe en él. Según Mary Harron, escritora y directora de la película biográfica Yo disparé a Andy Warhol: «Es el producto de un cerebro superdotado que opera en aislamiento, que no tiene ningún contacto con las estructuras aca­démicas y tampoco les rinde tributo: está aislado y, por tanto, no le debe nada a nadie». Breanne Fahs, que escribió una espléndida biografía de Solanas (publicada por The Feminist Press en 2014) en la que hace justicia a su personaje, señala: «El Manifiesto SCUM era ingenioso, inteligente y violento, desde luego, pero también solitario. El aislamiento siempre acompañó a Valerie, por más que reclutara, conectara, atacara y provocara».
            Esto no significa que Solanas buscara el aislamiento. En rea­lidad, es una de las cosas por las que culpa a los hombres: por cómo separan a las mujeres, se las llevan a vivir a la periferia de las ciudades para formar familias ensimismadas. SCUM se opone radicalmente a esta atomización. No es solo un documento soli­tario, sino que también busca identificar y remediar las causas del aislamiento. El sueño más profundo, al margen de un mundo sin hombres, se revela cuando se define la palabra comunidad: «Una comunidad verdadera consta de individuos —no de parejas o me­ros miembros de una misma especie— que respetan la individua­lidad y la intimidad de los demás a la vez que interactúan intelec­tual y emocionalmente; de espíritus libres en libre relación mutua que cooperan para alcanzar objetivos comunes». Una definición con la que estoy completamente de acuerdo.
       Cuando Valerie terminó de escribir el manifiesto, a principios de agosto de 1967, desplegó una actividad frenética para divulgar­lo. Hizo dos mil ejemplares con una multicopista y los vendió en mano, en la calle, a un dólar para las mujeres y dos dólares para los hombres. Repartió octavillas, organizó foros, incluyó anuncios en el Village Voice, imprimió y pegó carteles.
       Uno de los destinatarios de estos carteles fue Andy Warhol. El 1 de agosto, Valerie le envió tres copias por correo: dos para la Factoría y una para «que la guardes de noche debajo de la almo­hada». Era un regalo para un aliado, no para un enemigo. Se ha­bían conocido poco antes, en primavera, cuando ella intentaba buscar un productor para Up Your Ass. Por aquel entonces había tenido docenas de reuniones con productores y editores, pero to­dos pasaron de ella. Algunos confesaron su preocupación por el contenido pornográfico (la obra es muy fuerte, y se centra en las hazañas de Bongoi, una lesbiana de armas tomar).
       Valerie no llegó a la Factoría por casualidad o a la deriva. Llegó deliberadamente, buscando un altavoz para su voz y su obra. Esta­ba muy centrada en su objetivo; «seria a más no poder», según sus propias palabras. Esa primavera compartió mesa con Warhol varias veces en el salón privado de Max's Kansas City, desafiando las mi­radas de las drag queens, que la examinaban de arriba abajo. Valerie hablaba deprisa, era prostituta, y a Warhol eso le gustaba. Normal­mente grababa las conversaciones que tenía con ella por teléfono, y parece ser que le robó algunos diálogos para películas posteriores.
            Tenían conversaciones juguetonas y a veces muy divertidas. En una de ellas, cuando ya ha dado su consentimiento a la biografía de Fahs, Solanas pregunta: «Andy, ¿serás capaz de tomarte en se­rio tu posición como líder de los ayudantes de los hombres de SCUM? Porque... ¿te das cuenta de la inmensidad de esa posi­ción?». A lo que Andy responde: « ¿De qué va? ¿De verdad es tan grande?». Valerie: «Sí, lo es». Finge que es miembro de la CÍA, se burla de él por sus prácticas sexuales y, como el Hada de Azúcar, lo interroga por su silencio, por su reserva tan anormal.
Valerie: ¿Por qué no te gusta responder a las preguntas?
Andy: La verdad es que nunca tengo nada que decir...
Valerie: ¡Andy! ¿Te han dicho alguna vez que eres un estirado?
Andy: No soy un estirado.
Valerie: ¿Cómo que no?
Andy: Es una palabra anticuada.
Valerie: Tú eres un anticuado. De verdad lo eres. O sea, no te das
cuenta, pero lo eres.
            En el mes de junio, Valerie le dio una copia encuadernada de Up Your Ass. Andy se mostró interesado en producir la obra. Lo cier­to es que sus conversaciones habían progresado lo suficiente para sugerir puntos de encuentro y posibles proyectos comunes. Pero en algún momento de aquel verano Warhol perdió el texto o lo tiró. Para disculparse y quitársela de encima, incluyó a Valerie en su película Yo, un hombre. Valerie se niega a imprimir a sus mo­vimientos la sinuosidad femenina de la mayoría de las estrellas, hombres y mujeres por igual, y opta por hacer una interpretación agresiva, antisexual, andrógina, torpe, inquieta y desdeñosa que resulta muy divertida.
       Warhol no era ni mucho menos el único editor o promotor al que Valerie persiguió ese verano. A finales de agosto, unos días después del estreno de Yo, un hombre, firmó un contrato para escribir una novela y recibió un anticipo de 500 dólares de un editor con fama de sórdido: Maurice Girodias, de Olympia Press. Casi no se había se­cado la tinta cuando Valerie empezó a preocuparse. ¿Implicaba el contrato que, por error, había cedido los derechos tanto de Up Your Ass como de SCUM7? ¿Quién era en realidad el dueño de sus pala­bras? ¿Las había regalado? Peor aún, ¿se las habían robado?
       Warhol comprendió las preocupaciones de Valerie por el con­trato que había firmado con Girodias, incluso se ofreció a que sus abogados la asesorasen gratis. No hubo ningún problema, todos colaboraron: el contrato era vago y en absoluto vinculante, pero ningún argumento sirvió para paliar la creciente ansiedad de So­lanas. Para ella lo importante eran las palabras. Las palabras eran una fuente de poder, el mejor modo de establecer contacto, de transformar la sociedad de acuerdo con sus propias condiciones. La idea de haber perdido el control de lo que escribía fue un golpe brutal. Se encerró en la celda de aislamiento de la paranoia, donde la personalidad se arma y se atrinchera necesariamente para pro­tegerse de incursiones y ataques.
       Pero como reza el dicho, que seas paranoico no significa que no te persigan. Solanas no estaba loca cuando veía opresión en todas partes, cuando entendía la sociedad como un sistema dise­ñado para excluir y marginar a las mujeres (1967, el año de la pu­blicación de SCUM, fue el mismo año en el que Jo Hopper donó su obra al Museo Whitney, que posteriormente la destruyó). La causa de la soledad y el aislamiento progresivo de Valerie no fue únicamente la enfermedad mental; también influyó el hecho de que la sociedad en su conjunto negaba sus planteamientos.
       A lo largo del año siguiente, la relación de Solanas con Warhol se agrió poco a poco. El empeño fallido en que él produjera la obra o hiciera una película basada en SCUM hizo que Valerie se sintiera cada vez más ofendida, desesperada y trastornada. La ha­bían echado del Hotel Chelsea, por no pagar el alquiler, y estaba deambulando por el país, sin casa y arruinada. Le enviaba cartas llenas de odio desde distintos lugares. En una de ellas lo llamaba «Sapo». En otra dice: «Papi, si me porto bien, ¿permitirás que Jonas Mekas escriba algo sobre mí? ¿Me dejarás interpretar una es­cena en alguna de tus películas de mierda? Ah, gracias, gracias». Como cabe suponer, Warhol no estaba acostumbrado ni a este tono ni a esta actitud.
La situación llegó a un punto crítico en el verano de 1968. De vuelta en Nueva York y más paranoica que nunca, Valerie empezó a llamar a Andy por teléfono a todas horas. Muy pocas personas del entorno de Warhol tenían el número de su casa y mucho menos lo utilizaban. Al cabo de un tiempo, Andy dejó de atender las lla­madas de Valerie (uno de los hilos constantes de a es la necesidad de establecer un protocolo para filtrar las llamadas que llegaban a la Factoría y evitar contactos no deseados).
       El lunes, 3 de junio, Valerie cogió un bolso de casa de una ami­ga y se fue a ver a dos productores, Lee Strasberg y Margo Feiden. A Strasberg no lo encontró, pero estuvo cuatro horas en el apar­tamento de Feiden. Al final de una agotadora y exhaustiva discu­sión sobre su obra, le preguntó a Margo si estaría dispuesta a pro­ducirla. Cuando Margo le dijo que no, Valerie sacó una pistola. Por fin, tras varios intentos de persuasión, se marchó diciendo que iba a matar a Andy Warhol.
       Llegó a la Factoría justo después de la hora de comer, con una bolsa de papel en la que llevaba dos pistolas, un paquete de com­presas y su agenda. La Factoría se había trasladado a un flamante loft de la sexta planta del número 33 de Union Square Oeste, en una esquina de la plaza. La antigua Factoría de Plata la habían demolido esa primavera y, con el cambio de sede, hubo además un cambio de público. Los reyes del speed y las drag queens fueron sustituidos poco a poco por hombres elegantes y trajeados, los socios con visión empresarial que en lo sucesivo pastorearían a Warhol a prados cada vez más lucrativos.
       Cuando Valerie llegó a la Factoría, Warhol no estaba, así que lo esperó fuera. Subió y bajó en el ascensor lo menos siete veces, para asegurarse de que no se le había escapado. Warhol apareció por fin a las cuatro y cuarto, y se encontró en la calle con Jed John­son, el que era su novio por aquel entonces, y Valerie. Entraron los tres en el ascensor. En POPism, sus memorias de la década de 1960, Warhol recuerda que Valerie llevaba los labios pintados y un chaquetón de abrigo, a pesar de que hacía mucho calor, y tam­bién que no paraba de mover los pies.
       En la Factoría había varias personas trabajando, entre ellas Paul Morrisey, el colaborador de Warhol, y Fred Hughes, su di­rector de negocio. Andy se sentó a su mesa y atendió una llama­da de Viva, Susan Bottomly, que se estaba tiñendo en la peluque­ría de Kenneth. Mientras hablaban, Valerie sacó la Beretta del 32 y pegó dos tiros. Andy intentó esconderse debajo de la mesa, pero ella se puso delante y volvió a disparar, esta vez desde muy cerca. Un chorro de sangre atravesó la camiseta de Andy y sal­picó el cordón blanco del teléfono. «Sentí un dolor espantoso, espantoso —recordaría más tarde—, como si una bomba esta­llara dentro de mí». Solanas disparó luego contra el crítico de arte Mario Amaya, pero la bala solo llegó a rozarlo. Estaba apun­tando a Fred Hughes, que le suplicaba que no lo matase, cuando se abrió la puerta del ascensor y la convencieron de que se mar­chara. «Ahí tienes el ascensor. Vete».
       A todo esto, Warhol estaba tirado en el suelo en un charco de sangre. Decía que no podía respirar. Cuando Billy Ñame se incli­nó sobre él, temblando y aguantando las arcadas, Warhol creyó que se estaba riendo y también se echó a reír. «No te rías. Por favor, no me hagas reír», le dijo. Pero Billy estaba llorando. La bala había atravesado los pulmones de Andy, el esófago, la vesí­cula biliar, el hígado, los intestinos y el bazo, y había salido por el costado derecho. Tenía los pulmones perforados y no podía respirar.
       Tardaron un buen rato en sacarlo de allí, arrastrándolo, muy despacio. La camilla no cabía en el ascensor y tuvieron que bajar los seis pisos por las escaleras. El traslado fue tan angustioso que Andy perdió el conocimiento. Mario tuvo que darle 15 dólares al conductor de la ambulancia para que pusiera la sirena, y cuando por fin llegaron al quirófano parecía demasiado tarde. Tanto el herido como Mario oyeron murmurar a los médicos: «No hay nada que hacer». Mario se puso a gritarles: « ¿No saben quién es? Es Andy Warhol. Es famoso. Y es rico. Puede pagar la operación. Por Dios, hagan algo».
       Inspirados quizá por esta mención a la fama y la riqueza, los cirujanos decidieron operarlo, pero cuando le abrieron el pecho, el corazón de Andy dejó de latir. Aunque intentaron reanimarlo, Warhol estuvo un minuto y medio clínicamente muerto, expulsa­do completamente de la vida por la menos respetada de todos los artistas que se congregaban a su alrededor. Más tarde diría que no estaba seguro de haber regresado de aquel viaje.

3 SCUM es el acrónimo de Society for Cutting Up Men (Asociación para la Castración de los Hombres). También significa «escoria». (N. de la T.).
 (La ciudad solitaria.- Olivia Laing.- Madrid: Capitán Swing, 2017.- traducción de Catalina Martínez Muñoz)
Una versión del Manifiesto, en español, está disponible en este enlace

jueves, 22 de diciembre de 2016

Desvalimiento

Finalmente, tras varios días recorriendo las zonas desalmadas que había entre mi hotel y Ferguson, bajo un calor sofocante y empapado en humedad, sentí la necesidad de protegerme en la cáscara de acero de un automóvil. Fui al aeropuerto y elegí uno de los nuevos escarabajos con GPS de Volks­wagen. Lo alquilé en Álamo, que ya pertenecía a National, al igual que Budget pertenecía a Avis, Chipotle pertenecía a McDonald's y Taco Bell a Kentucky Fried Chicken. Decidí cenar en un restaurante mexicano, Pueblo Nuevo, el único «corazón que late» en la larga franja comercial, según me había aconsejado mi nuevo amigo André McFarlane. Esta vez, en lugar de cruzar la interestatal 70 a pie, como el día anterior, esperando veinte minutos antes del angustioso pitido que permitía cruzar durante sólo diez segundos —y con riesgo de ser detenido por «deambular», como Michael Brown—, fui en coche, utilizando el GPS para recorrer los poco más de doscientos metros. Así no me perdería en el laberíntico nudo de carreteras.
Al salir del restaurante, subiendo la rampa para entrar en la autopista, vi a una mujer que cruzaba sorteando el trá­fico. La miré fugazmente, durante una fracción de segun­do, y ella me devolvió la mirada, quizás viendo un clavo al que agarrarse en una noche oscura sólo iluminada por las luces parpadeantes rojas y azules de los coches policiales. Vi sus ojos atemorizados y, tras el cruce de miradas, ya no pude seguir como si mi pasado reciente de peatón desamparado jamás hubiese existido. Bajé la ventanilla. «¿Sabe dónde está Cape?», me preguntó, «creo que debo ir en dirección sur». Le dije que lo sentía mucho pero que no era de San Luis, y arranqué, siguiendo las instrucciones de la voz del GPS para llegar al Holiday Inn Express, visible a doscientos metros de distancia pero inalcanzable sin la ayuda del satélite que orbitaba el planeta. Pero la mirada de pavor y desesperanza de la mujer negra y enjuta, de unos cuarenta años, que quizás habría pasado desapercibida en la noche de no ser por su vestido de colores vivos, había penetrado, aunque fuera sólo unos milíme­tros, en mi conciencia. Volví a detenerme. «Puedo llevarla al otro lado de la carretera, si quiere.» Subió al coche. «Acabo de salir de la cárcel y trato de llegar a Cape; vine ayer con unas amigas de California y acabé peleándome con una de ellas; es­taba borracha, me detuvieron y me metieron en el calabozo», me explicó. Puse el GPS. Cape Girardeau, 190 kilómetros. Le expliqué que era imposible llevarla tan lejos. «Claro. Ten­go que encontrar una estación de servicio.» Seguimos las ins­trucciones del GPS dirección a Cape, pasando por calles que la asustaron a ella y que me asustaron a mí. Aún no se había inventado un GPS que seleccionara sólo las calles opulentas de la ciudad dividida.
La dejé en una gasolinera en una de las franjas comer­ciales de la carretera, igual que el resto de franjas comercia­les, con las mismas franquicias —QuikTrip, Burger King, Subway— que había visto en el cuartel general de las fuerzas de ocupación policial y mediática. Pero por lo menos esta­ba en la autopista dirección a Cape y había algún camión aparcado que, con un poco de suerte, podría acercarla a su destino. A eso, al menos, nos agarramos yo y mi conciencia. «¿Por qué a Cape?», le pregunté dándole un billete de veinte dólares, antes de que bajase. «Porque es adonde me dijeron que fuera», respondió.
(Off the Road. Miedo, asco y esperanza en América.- Andy Robinson.- Madrid: Ariel, 2016)

domingo, 20 de noviembre de 2016

Nobel

20 de noviembre, día de Acción de Gracias
Al marido de Mary Lore habían empezado a lla­marle Mannix por su parecido con el detective de una se­rie televisiva, y treinta años más tarde aún conservaba el apodo a pesar de que su poblado bigote y su robustez le hacían parecerse más a un luchador de catch que a un de­tective de pantalla. Todos los años, según dijo Mary Lore cuando nos invitó a la celebración, era él quien se encarga­ba de asar el pavo del día de Acción de Gracias.
Earle, Ángela y yo estábamos sentados en la gale­ría acristalada de la casa, bebiendo una copa de vino y a la espera de que nos llamaran para sentarnos a la mesa. Man­nix se unió a nosotros y nos explicó su receta para preparar el pavo, o, como lo llamaba él, the bird, «el pájaro».
—Agua, sal, zumo de manzana, ajo, cáscara de naranja, mantequilla...
Alargaba un dedo por cada ingrediente. Le hicie­ron falta los de las dos manos.
—La receta es la de siempre. Solo que yo le voy a añadir pimientos rojos antes de servirlo. En casa de Mary Lore lo preparan así, como el pollo en el País Vasco. Los pimientos rojos caramelizados quedan deliciosos.
El olor de los pimientos caramelizados llegaba cla­ramente hasta la galería.
—¿Cuánto ha pesado nuestro pájaro? —le pregun­tó Earle.
—Siete kilos. Pero tranquilo. Se hará bien. Lleva cinco horas y media en el horno.
Un profesor de la Escuela de Periodismo tocaba el piano en la sala, y Dennis, la sobrina de Mary Lore —cuan­do se presentó nos dijo que se llamaba Natalie, «como las francesas»— y un amigo suyo con gafas redondas de inte­lectual estaban de pie alrededor del instrumento. De pron­to, se pusieron a cantar: «Let it be, let it be...». Las niñas, que veían la televisión en un rincón de la sala, pidieron silen­cio. Izaskun y Sara con más vehemencia que las tres hijas de Mannix y Mary Lore.
—Empiezan los fuegos artificiales —dijo Earle mirando hacia el cielo de Reno.
Mary Lore abrió la puerta del jardín. El frío aire de noviembre entró en la galería.
—¡Los que quieran ver los fuegos que salgan fuera!
Ángela me pidió que cogiera los abrigos de las ni­ñas, y fui al colgador de la entrada a por ellos. Dentro de la casa dominaba el olor de la carne asada, por encima del de los pimientos rojos caramelizados. También me llegó el olor a naranja, una pizca.
Al volver, vi a Dennis en la cocina, agachado frente al horno iluminado. Entré a mirar yo también. El pájaro de siete kilos tenía la piel dorada. Los pimientos, los pimientos rojos, rojo oscuro en aquel momento, llenaban dos sartenes enormes. Sobre una pequeña mesa, en la que casi no cabían, había tres tartas, dos de calabaza y la tercera de chocolate, y diez o doce botellas de vino de marcas diferentes.
—¡Perfecto! -—exclamó Dennis.
Angela se asomó a la cocina.
—Hace mucho frío fuera —dijo.
Le di los abrigos de Izaskun y Sara y nos dirigimos al jardín.
Los cohetes los disparaban desde la azotea del casi­no de mayor altura, el Silver Legacy. Las detonaciones eran muy fuertes, pero las luces, los destellos, apenas destacaban. Había demasiada luminosidad en el ambiente, y demasiado color: el fucsia, el rojo y el verde de los propios casinos.
—Tenían que haber dejado la ciudad a oscuras. De esta forma los fuegos no lucen nada —dijo a mi lado un hombre en el que no me había fijado hasta entonces.
Tenía el físico de un asceta. Estaba muy delgado, y su coronilla parecía tonsurada. Alargó la mano y se pre­sentó:
—Jeff. Soy hermano de Dennis. Tipógrafo. Hasta ahora he estado en la cama, descansando.
Dennis nunca me había hablado de él, y mostré sorpresa.
—Vivo en San Francisco. Además, la verdadera fa­milia de Dennis son los aparatos electrónicos. Es normal que nunca hable de mí —dijo. No bromeaba.
Pensé que, de estar presente, Earle no habría dejado de mencionar las arañas como los otros parientes de Den­nis. Pero estaba con Mannix, Mary Lore y el propio Dennis en el otro extremo del jardín.
Ahora disparaban los cohetes con más potencia. En el cielo, en la semioscuridad, se formaban cascadas de luz y flores que se expandían y transformaban como las de los caleidoscopios. Las cascadas de luz eran más boni­tas que las flores.
—El término «tipógrafo» es confuso —dijo Jeff—. La mayoría de la gente da ese nombre al encarga­do de los tipos de letra en una imprenta. Pero también se denomina así al especialista en tipos. Yo pertenezco al se­gundo grupo.
—Parece interesante —dije.
Jeff no prestaba atención a los fuegos artificiales.
—¿Qué tipo de letra utilizas para escribir en el or­denador? —me preguntó.
—Garamond, Times, Lucida...
—Lucida es una buena letra.
De pronto fue como si dispararan los cohetes con ametralladora. Era la traca final. Dos minutos después, Reno volvía a ser la de siempre: una ciudad de luces blan­cas en la que Silver Legacy, Harrah's y los otros casinos se elevaban como catedrales. Las niñas empezaron a protes­tar. Consideraban que los fuegos habían durado poco.
—Yo pensaba que iban a ser más bonitos —insis­tió Sara al entrar en casa. Iba con Izaskun y con las tres hijas de Mary Lore y Mannix, en grupo. En medio de la sala, la mesa estaba ya preparada, con entremeses y be­bidas.
Jeff se sentó a mi lado, Angela enfrente. En una diagonal, hacia la izquierda, tenía a Dennis; en la otra, ha­cia la derecha, al profesor de la Escuela de Periodismo que había estado tocando el piano. Cerraban la mesa por aquel lado Natalie, la sobrina de Mary Lore, y su amigo de as­pecto intelectual.
Mannix, de pie en la cabecera de la mesa, fue seña­lando y nombrando uno a uno los entremeses:
—Atún con aguacate, arroz con tomates deshidra­tados, ensalada de endibias con gorgonzola, jamón espa­ñol, chorizo español, un poco de hummus...
Señaló las botellas.
—Vino californiano, vino chileno, vino español, francés...
—¿El agua sigue estando prohibida en esta casa, Mannix? —preguntó Earle. Estaba sentado a su izquierda, y a la derecha de Dennis.
—El que quiera agua, limonada o Coca-Cola que se siente a la mesa de las niñas. Y el que quiera pizza, tam­bién —declaró Mannix cruzando los brazos y enderezan­do el cuerpo de forma exagerada, como un luchador de catch de comedia.
—No pretendía ofenderte. Si hay que beber vino, se beberá —dijo Earle.
Las niñas se habían sentado a la mesa que había enfrente del aparato de televisión. Mary Lore les estaba re­partiendo la pizza. Era de supermercado, calentada en el microondas.
—El pájaro está cogiendo un color precioso —dijo Mannix tras darse una vuelta por la cocina. Su olor llega­ba con nitidez a la sala. El de los pimientos rojos, más dé­bilmente.
—¿Qué es lo que te gusta de la letra Lucida? —me preguntó Jeff en cuanto nos pusimos a comer. Yo tenía en el plato una mezcla de atún con aguacate. El, un poco de jamón.
La Garamond también me gusta mucho —con­testé.
Jeff sacó una libreta del bolsillo de la camisa y di­bujó varias letras en una hoja en blanco. Tenía una pluma bonita, negra y con la punta dorada.
La Garamond y la Lucida parecen idénticas, ¿verdad? —dijo, mostrándome la hoja de la libreta. Había escrito dos veces, en mayúscula y en líneas paralelas, las le­tras F, H y T del alfabeto—. Pero no lo son —conti­nuó—. Las letras del tipo Garamond son algo más an­chas, como se ve claramente en la hache. ¿Lo ves? La hache del tipo Lucida es más erguida. Compara ahora estas dos tes. Las dos pestañas de la barra horizontal de la Gara­mond son diferentes, una baja en línea recta y la otra se inclina hacia la derecha. En cambio, las pestañas de la Lu­cida son iguales, ambas descienden en línea recta...
—Jeff, escucha un momento. Escuchad todos, por favor. Tengo una idea —interrumpió Mannix. Volvía a es­tar de pie en la cabecera de la mesa, con las manos en la cintura.
Jeff cogió la libreta y la guardó en el bolsillo de la camisa. Angela, Dennis, Earle, todos los de la mesa deja­mos de hablar y prestamos atención. En la sala solo se oía, débilmente, el sonido de la película que estaban viendo las niñas. Me pareció que se trataba de Ratatouille, la favorita de Izaskun y Sara aquella temporada.
Mannix expuso su idea.
—Sería una lástima que un día como hoy, en un banquete como este, las conversaciones se dispersaran, así que voy a proponeros algo. Hablemos todos de un mismo tema, de uno en uno. Habla uno y los otros escuchan.
—¿Has pensado el tema? —preguntó Dennis.
—Sí. Se ha pasado toda la tarde dándole vueltas, y al final le ha llegado la inspiración —dijo Mary Lore. Se había sentado ya, a la derecha de Mannix y a la izquierda de Jeff.
Mannix respiró hondo, de forma exagerada, imi­tando de nuevo las maneras de un luchador de catch.
—¡Los olores! —exclamó—. Mientras estaba en la cocina se me han ocurrido otros temas, el amor, el dinero y cosas parecidas, pero cuando el pájaro se ha empezado a tostar en el horno ya no he tenido dudas: ¡los olores! Te­néis que decidir cuál es vuestro olor favorito y exponerlo ante todos. Empezaremos por mi izquierda. Tú serás el primero, Bob.
—A tus órdenes —dijo Earle.
Mannix nos sirvió vino. Levantó la copa.
—Vamos a esperar hasta servir el pájaro. Mientras, podéis hablar de lo que os dé la gana. ¡Feliz cena de Acción de Gracias! ¡Salud!
Le acompañamos en el brindis y seguimos co­miendo.
—Nosotros tendremos tiempo para pensar —dijo Jeff.
Empezando por Earle, y siguiendo el orden marca­do por Mannix, yo sería el séptimo en escoger el olor. Jeff, el octavo. Angela, la tercera.
Los primeros platos del banquete, los tomates deshi­dratados y el aguacate, el hummus y el queso gorgonzola, apenas tuvieron efecto en mi memoria y solo despertaron vivencias recientes, fragmentos de mi vida guardados en la primera o segunda capa de recuerdos. En cambio, el atún, el arroz, el jamón y el chorizo —mejor dicho, su olor— pe­netraron más hondo, y los cuatro, en especial el pimentón picante del chorizo, me recordaron las cenas compartidas con otros soldados en el cuartel de Hoyo de Manzanares treinta años atrás, vivencias enterradas en la séptima u octa­va capa de mi memoria. Pero llegaron, de mano de Mary Lore y Mannix, el pavo asado en el horno y los pimientos rojos caramelizados a fuego lento en la sartén, y los hilos de la cabeza me transportaron directamente a escenas de la duodécima o decimotercera capa, a los años en que mi ma­dre leía el Reader's Digest. En aquella época, década de los sesenta, toda mi familia se juntaba en el restaurante de mis tíos para celebrar la comida del día de San Juan. A veces, como en el relato Abuztuaren 15eko bazkalondoa («La sobre­mesa del 15 de agosto») de Joxe Austin Arrieta, la conversa­ción giraba en torno al pasado de la familia, con alusiones más o menos veladas a la guerra; otras veces, como en La boda de los pequeños burgueses de Bertolt Brecht, la mezcla de humores y de alcohol provocaba discusiones según avan­zaba la comida. En cualquier caso, el banquete nunca era lo que Mannix —o, muchos siglos antes, Agatón— deseaba: la excusa para una buena conversación.
Earle alabó la comida. La carne del «pájaro» esta­ba deliciosa, y la cáscara de naranja le daba un sabor exquisito. Todos estuvimos de acuerdo y, empezando por Dennis, aplaudimos al cocinero.
—Dejaos de bobadas y empezad con los olores —dijo Mannix.
—Me gustaría ser original, pero he escogido el olor que escogería cualquier habitante de Nevada, el de la artemisa del desierto —dijo Earle.
Recordó a continuación lo que cuenta Monique Urza Laxalt en The Deep Blue Memory. El olor a artemisa le había hecho sentirse en casa al volver a Nevada después de una larga estancia en Francia.
—Invitamos a Monique —dijo Mannix—, pero no ha podido venir. Dice que la enfermedad de su hermano es ahora el fuego del hogar, lo que los reúne y mantiene en casa.
—¿De qué hermano habláis? ¿De Bruce Laxalt? ¿El autor del libro de poemas? —pregunté.
—Sí. Está muy enfermo —dijo Mary Lore.
—Compramos su libro en Borders —dijo Angela.
Mannix hizo un gesto, extendiendo los brazos y poniéndolos en forma de aspa. La conversación no debía seguir aquel rumbo. Miró a Dennis.
—Es tu turno. ¿Qué olor has escogido?
—El que se siente al entrar en un coche recién comprado —contestó Dennis.
Jeff se inclinó hacia mí.
—Sabía que escogería una máquina. Siempre ha sido así. Su afición a los insectos es más circunstancial. Si viviera en San Francisco no la tendría.
Dennis explicó el recuerdo que asociaba al olor. Su madre había comprado un Packard cuando él tenía seis o siete años y, sin aparcarlo siquiera delante de casa, le llevó a dar una vuelta. Había sido un gran momento para él. Un momento de felicidad.
Jeff siguió con aire distraído la explicación. Antes de que su hermano acabara de hablar, sacó la libreta del bolsillo de la camisa y anotó algo.
Era el turno de Ángela.
—Me gusta mucho el olor que deja la lluvia al le­vantar el polvo de la tierra seca —dijo.
Se refirió a un pequeño pueblo del País Vasco don­de pasaba los veranos de niña. Siempre estallaba una tor­menta y caía un aguacero durante las fiestas de agosto, cuando más seco estaba el suelo de la plaza. Su preferencia tenía que ver con aquella época de su infancia.
—En Nevada sería un olor raro —dijo Mary Lore—. Aquí no llueve.
—Tampoco hay fiestas en los pueblos —añadió Jeff.
Tomó la palabra el profesor de la Escuela de Perio­dismo que había estado tocando el piano.
—Yo elijo el mismo que Marilyn Monroe. El per­fume de Chanel N° 5. En serio, me encanta.
Hubo risas en la mesa. Jeff volvió a inclinarse ha­cia mí.
—Sabía que haría un chiste.
La conversación se desvió hacia Marilyn Monroe. El profesor de la Escuela de Periodismo explicó que la actriz se había referido en su última entrevista a un libro de Rilke, Cartas a un joven poeta, y que no era descabellado pensar en ella precisamente como poeta. De haber vivido más, quizás lo habría sido de verdad, no podía saberse. Pasó a hablar, acto seguido, de las letras de las canciones de Bob Dylan. En su opinión, era merecedor del Premio Nobel.
Jeff sufrió un acceso de risa que le sacudió todo el cuerpo.
—Esta gente de la Universidad es un castigo —me susurró al oído.

(Días de Nevada.- Bernardo Atxaga.- Barcelona: Punto de lectura, 2015.- Traducción de Asun Garikano y Bernardo Atxaga)