20 de noviembre, día de Acción de Gracias
Al marido de Mary Lore habían empezado a llamarle Mannix por su
parecido con el detective de una serie televisiva, y treinta años más tarde
aún conservaba el apodo a pesar de que su poblado bigote y su robustez le
hacían parecerse más a un luchador de catch que a un detective de
pantalla. Todos los años, según dijo Mary Lore cuando nos invitó a la celebración, era él quien se encargaba
de asar el pavo del día de Acción de Gracias.
Earle, Ángela y yo estábamos sentados en la galería acristalada de la
casa, bebiendo una copa de vino y a la espera
de que nos llamaran para sentarnos a la mesa. Mannix se unió a nosotros y nos
explicó su receta para preparar el pavo, o, como lo llamaba él, the
bird, «el pájaro».
—Agua, sal, zumo de manzana, ajo, cáscara de naranja, mantequilla...
Alargaba un dedo por cada ingrediente. Le hicieron falta los de las
dos manos.
—La receta es la de siempre. Solo que yo le voy a añadir pimientos
rojos antes de servirlo. En casa de Mary Lore lo preparan así, como el pollo en
el País Vasco. Los pimientos rojos caramelizados quedan deliciosos.
El olor de los pimientos caramelizados llegaba claramente hasta la galería.
—¿Cuánto ha pesado nuestro pájaro? —le preguntó Earle.
—Siete kilos. Pero tranquilo. Se hará bien. Lleva cinco horas y media
en el horno.
Un profesor de la
Escuela de Periodismo tocaba el piano en la sala, y Dennis, la sobrina de Mary Lore —cuando se
presentó nos dijo que se llamaba Natalie, «como las francesas»— y un amigo suyo
con gafas redondas de intelectual estaban de pie alrededor del instrumento. De
pronto, se pusieron a cantar: «Let it
be, let it be...». Las niñas,
que veían la televisión en un rincón de la sala,
pidieron silencio. Izaskun y Sara con más vehemencia que las tres hijas de
Mannix y Mary Lore.
—Empiezan los fuegos artificiales —dijo Earle mirando hacia el cielo
de Reno.
Mary Lore abrió la puerta del jardín. El frío aire
de noviembre entró en la galería.
—¡Los que quieran ver los fuegos que salgan fuera!
Ángela me pidió que cogiera los abrigos de las niñas, y fui al
colgador de la entrada a por ellos. Dentro de la casa dominaba el olor de la
carne asada, por encima del de los
pimientos rojos caramelizados. También me llegó el olor a naranja, una
pizca.
Al volver, vi a Dennis en la cocina, agachado frente
al horno iluminado. Entré a
mirar yo también. El pájaro de siete
kilos tenía la piel dorada. Los pimientos, los pimientos rojos, rojo oscuro en aquel momento, llenaban dos
sartenes enormes. Sobre una pequeña
mesa, en la que casi no cabían, había tres tartas, dos de calabaza y la tercera
de chocolate, y diez o doce botellas
de vino de marcas diferentes.
—¡Perfecto! -—exclamó Dennis.
Angela se asomó a la cocina.
—Hace mucho frío fuera —dijo.
Le di los abrigos de Izaskun y Sara y nos dirigimos al jardín.
Los cohetes los disparaban desde la azotea del casino de mayor altura, el Silver Legacy. Las
detonaciones eran muy fuertes, pero las
luces, los destellos, apenas destacaban. Había demasiada luminosidad en el ambiente, y demasiado color: el fucsia, el rojo y el verde de los propios
casinos.
—Tenían que haber dejado la ciudad a oscuras. De esta forma los fuegos no lucen nada —dijo a mi lado un hombre en el
que no me había fijado hasta entonces.
Tenía el físico de un asceta. Estaba muy delgado, y su coronilla parecía tonsurada. Alargó la mano y se presentó:
—Jeff. Soy hermano de Dennis. Tipógrafo. Hasta ahora he estado en la
cama, descansando.
Dennis nunca me había hablado de él, y mostré sorpresa.
—Vivo en San Francisco. Además, la verdadera familia de Dennis son los aparatos electrónicos. Es normal que nunca
hable de mí —dijo. No bromeaba.
Pensé que, de estar presente, Earle no habría dejado
de mencionar las arañas como los otros parientes de
Dennis. Pero estaba con Mannix, Mary Lore y
el propio Dennis en el otro extremo del jardín.
Ahora disparaban los cohetes con más potencia. En el cielo, en la
semioscuridad, se formaban cascadas de luz y flores que se expandían y
transformaban como las de los caleidoscopios. Las cascadas de luz eran más bonitas
que las flores.
—El término «tipógrafo» es confuso —dijo Jeff—. La mayoría de la gente
da ese nombre al encargado de los tipos de letra en una imprenta. Pero también
se denomina así al especialista en tipos. Yo pertenezco al segundo grupo.
—Parece interesante —dije.
Jeff no prestaba atención a los fuegos artificiales.
—¿Qué tipo de letra utilizas para escribir en el ordenador? —me
preguntó.
—Garamond, Times, Lucida...
—Lucida es una buena letra.
De pronto fue como si dispararan los cohetes con ametralladora. Era la
traca final. Dos minutos después, Reno volvía a ser la de siempre: una ciudad
de luces blancas en la que Silver Legacy,
Harrah's y los otros casinos se elevaban como catedrales. Las niñas
empezaron a protestar. Consideraban que los fuegos habían durado poco.
—Yo pensaba que iban a ser más bonitos —insistió Sara al entrar en
casa. Iba con Izaskun y con las tres hijas de Mary Lore y Mannix, en grupo. En
medio de la sala, la mesa estaba ya preparada, con entremeses y bebidas.
Jeff se sentó a mi lado, Angela enfrente. En una diagonal, hacia la
izquierda, tenía a Dennis; en la otra, hacia
la derecha, al profesor de la
Escuela de Periodismo que había estado tocando el
piano. Cerraban la mesa por aquel lado Natalie, la sobrina de Mary Lore, y su
amigo de aspecto intelectual.
Mannix, de pie en la cabecera de la mesa, fue señalando y nombrando uno a uno los entremeses:
—Atún con aguacate, arroz con tomates deshidratados, ensalada de
endibias con gorgonzola, jamón español, chorizo español, un poco de hummus...
Señaló las botellas.
—Vino californiano, vino chileno, vino español, francés...
—¿El agua sigue estando prohibida en esta casa, Mannix? —preguntó
Earle. Estaba sentado a su izquierda, y a la derecha de Dennis.
—El que quiera agua, limonada o Coca-Cola que se siente a la mesa de las niñas. Y el que quiera pizza, también
—declaró Mannix cruzando los brazos y enderezando el cuerpo de forma
exagerada, como un luchador de catch de comedia.
—No pretendía ofenderte. Si hay que beber vino, se beberá —dijo Earle.
Las niñas se habían sentado a la mesa que había enfrente del aparato de televisión. Mary Lore les
estaba repartiendo la pizza. Era de supermercado, calentada en el
microondas.
—El pájaro está cogiendo un color precioso —dijo Mannix tras darse una
vuelta por la cocina. Su olor llegaba con nitidez a la sala. El de los
pimientos rojos, más débilmente.
—¿Qué es lo que te gusta de la letra Lucida? —me preguntó Jeff en
cuanto nos pusimos a comer. Yo tenía en el plato una mezcla de atún con
aguacate. El, un poco de jamón.
—La Garamond
también me gusta mucho —contesté.
Jeff sacó una libreta del bolsillo de la camisa y dibujó varias
letras en una hoja en blanco. Tenía una pluma bonita, negra y con la punta
dorada.
—La Garamond
y la Lucida
parecen idénticas, ¿verdad? —dijo, mostrándome la hoja de la libreta. Había escrito dos veces, en mayúscula y en líneas
paralelas, las letras F, H y T del alfabeto—. Pero no lo son —continuó—.
Las letras del tipo Garamond son algo más anchas,
como se ve claramente en la hache. ¿Lo ves? La hache del tipo Lucida es
más erguida. Compara ahora estas dos tes. Las dos pestañas de la barra
horizontal de la Gara mond
son diferentes, una baja en línea recta y la otra se inclina hacia la derecha. En cambio, las pestañas de la Lu cida son iguales,
ambas descienden en línea recta...
—Jeff, escucha un momento. Escuchad todos, por favor. Tengo una idea —interrumpió Mannix. Volvía a estar de
pie en la cabecera de la mesa, con las manos en la cintura.
Jeff cogió la libreta y la guardó en el bolsillo de la camisa. Angela,
Dennis, Earle, todos los de la mesa dejamos
de hablar y prestamos atención. En la sala solo se oía, débilmente, el sonido
de la película que estaban viendo las niñas. Me pareció que se trataba de Ratatouille,
la favorita de Izaskun y Sara aquella temporada.
Mannix expuso su idea.
—Sería una lástima que un día como hoy, en un banquete como este, las conversaciones se dispersaran, así que
voy a proponeros algo. Hablemos todos de un mismo tema, de uno en uno. Habla
uno y los otros escuchan.
—¿Has pensado el tema? —preguntó Dennis.
—Sí. Se ha pasado toda la tarde dándole vueltas, y al final le ha
llegado la inspiración —dijo Mary Lore. Se había sentado ya, a la derecha de
Mannix y a la izquierda de Jeff.
Mannix respiró hondo, de forma exagerada, imitando de nuevo las
maneras de un luchador de catch.
—¡Los olores! —exclamó—. Mientras estaba en la cocina se me han ocurrido otros temas, el amor, el dinero y cosas
parecidas, pero cuando el pájaro se ha empezado a tostar en el horno ya no he
tenido dudas: ¡los olores! Tenéis que decidir cuál es vuestro olor favorito y
exponerlo ante todos. Empezaremos por mi izquierda. Tú serás el primero, Bob.
—A tus órdenes —dijo Earle.
Mannix nos sirvió vino. Levantó la copa.
—Vamos a esperar hasta servir el pájaro. Mientras, podéis hablar de lo que os dé la gana. ¡Feliz cena
de Acción de Gracias! ¡Salud!
Le acompañamos en el brindis y seguimos comiendo.
—Nosotros tendremos tiempo para pensar —dijo Jeff.
Empezando por Earle, y siguiendo el orden marcado
por Mannix, yo sería el séptimo en escoger el olor. Jeff, el octavo. Angela, la tercera.
Los primeros platos del banquete, los tomates deshidratados y el aguacate, el hummus y el queso gorgonzola, apenas
tuvieron efecto en mi memoria y solo despertaron vivencias recientes, fragmentos de mi vida guardados en la primera
o segunda capa de recuerdos. En cambio, el atún, el arroz, el jamón y el chorizo —mejor dicho, su olor— penetraron
más hondo, y los cuatro, en especial el pimentón picante del chorizo, me
recordaron las cenas compartidas con otros soldados en el cuartel de Hoyo de
Manzanares treinta años atrás, vivencias
enterradas en la séptima u octava capa de mi memoria. Pero llegaron, de
mano de Mary Lore y Mannix, el pavo asado en el horno y los pimientos rojos caramelizados a fuego lento en la sartén, y
los hilos de la cabeza me transportaron directamente a escenas de la duodécima o decimotercera capa, a los años en que
mi madre leía el Reader's Digest.
En aquella época, década de los sesenta,
toda mi familia se juntaba en el restaurante de mis tíos para celebrar
la comida del día de San Juan. A veces, como
en el relato Abuztuaren 15eko bazkalondoa («La sobremesa del 15 de agosto») de Joxe Austin Arrieta, la
conversación giraba en torno al pasado de la familia, con alusiones más
o menos veladas a la guerra; otras veces, como en La boda de los pequeños burgueses de Bertolt Brecht, la mezcla de
humores y de alcohol provocaba discusiones según avanzaba la comida. En cualquier caso, el banquete
nunca era lo que Mannix —o, muchos siglos antes, Agatón— deseaba: la
excusa para una buena conversación.
Earle alabó la comida. La carne del «pájaro» estaba deliciosa, y la cáscara de naranja le daba un
sabor exqui
sito. Todos estuvimos de
acuerdo y, empezando por Dennis, aplaudimos al cocinero.
—Dejaos de bobadas y empezad con los olores —dijo Mannix.
—Me gustaría ser original, pero he escogido el olor que escogería
cualquier habitante de Nevada, el de la artemisa del desierto —dijo Earle.
Recordó a continuación lo que cuenta Monique Urza Laxalt en The
Deep Blue Memory. El olor a artemisa le
había hecho sentirse en casa al volver a Nevada después de una larga
estancia en Francia.
—Invitamos a Monique —dijo Mannix—, pero no ha podido venir. Dice que la enfermedad de su hermano es ahora el fuego del hogar, lo que los reúne y
mantiene en casa.
—¿De qué hermano habláis? ¿De Bruce Laxalt? ¿El autor del libro de
poemas? —pregunté.
—Sí. Está muy enfermo —dijo Mary Lore.
—Compramos su libro en Borders —dijo Angela.
Mannix hizo un gesto, extendiendo los brazos y poniéndolos en forma de
aspa. La conversación no debía seguir aquel rumbo. Miró a Dennis.
—Es tu turno. ¿Qué olor has escogido?
—El que se siente al entrar en un coche recién comprado —contestó
Dennis.
Jeff se inclinó hacia mí.
—Sabía que escogería una máquina. Siempre ha sido así. Su afición a
los insectos es más circunstancial. Si viviera en San Francisco no la tendría.
Dennis explicó el recuerdo que asociaba al olor. Su madre había comprado un Packard cuando él tenía seis o siete años y, sin aparcarlo siquiera delante de
casa, le llevó a dar una vuelta. Había sido un gran momento para él. Un
momento de felicidad.
Jeff siguió con aire distraído la explicación. Antes de que su hermano
acabara de hablar, sacó la libreta del bolsillo de la camisa y anotó algo.
Era el turno de Ángela.
—Me gusta mucho el olor que deja la lluvia al levantar el polvo de la
tierra seca —dijo.
Se refirió a un pequeño pueblo del País Vasco donde pasaba los veranos de niña. Siempre estallaba una tormenta y caía
un aguacero durante las fiestas de agosto, cuando
más seco estaba el suelo de la plaza. Su preferencia tenía que ver con
aquella época de su infancia.
—En Nevada sería un olor raro —dijo Mary Lore—. Aquí no llueve.
—Tampoco hay fiestas en los pueblos —añadió Jeff.
Tomó la palabra el profesor de la Escuela de Periodismo que había estado tocando el piano.
—Yo elijo el mismo que Marilyn Monroe. El perfume de Chanel N° 5. En
serio, me encanta.
Hubo risas en la mesa. Jeff volvió a inclinarse hacia mí.
—Sabía que haría un chiste.
La conversación se desvió hacia Marilyn Monroe. El profesor de la Escuela de Periodismo
explicó que la actriz se había
referido en su última entrevista a un libro de Rilke, Cartas a un joven poeta, y que no era descabellado pensar en ella precisamente como poeta. De haber vivido más,
quizás lo habría sido de verdad, no podía saberse. Pasó a hablar, acto
seguido, de las letras de las canciones de Bob Dylan. En su opinión, era
merecedor del Premio Nobel.
Jeff sufrió un acceso de risa que le sacudió todo el cuerpo.
—Esta gente de la
Universidad es un castigo —me susurró al oído.

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