20 [de agosto de 1914]
Hay
que dejar que nos convenzan, a pesar de todo, y aceptar que la utilidad no está
solo en la línea de fuego; lo importante es que cada uno esté en su puesto. […]
[…]
Anoche, abrumado, exasperado contra esta militarización del espíritu, antes de
dormirme, saqué de la biblioteca de Élisabeth Sesame and Lilies del que leí casi todo el prefacio (nueva edición);115
tenía la sensación de estarme zambullendo en un agua clara, lavándome de todo
el polvo y el calor de una excursión demasiado larga por un camino árido.
Sin
duda, para los que han sido movilizados, la indumentaria militar autoriza una
mayor libertad de pensamiento. Nosotros, que no podemos vestir uniforme, lo que
movilizamos es el espíritu. […]
[…]
Jean Cocteau me había citado para un “té inglés” en la esquina de la calle
Ponthieu y la avenida de Antin. No me ha agradado volver a verle, a pesar de su
extrema simpatía; pero es incapaz de gravedad y todos sus pensamientos, sus
frases ingeniosas, sus sensaciones, todo ese extraordinario brío de su charla
habitual me resulta chocante, como un artículo de lujo exhibido en tiempo de
hambruna y de luto. Va vestido casi de soldado, y el latigazo de los
acontecimientos le da muy buena cara; no renuncia a nada, y simplemente da un
toque marcial a su petulancia. Encuentra, para hablar de las carnicerías de
Mulhouse, epítetos divertidos, mímicas; imita el sonido de la corneta, el
sonido de los shrapnels [proyectiles]. Luego, cambiando de tema, pues ve que no
divierte, dice estar triste; quiere estar triste con la misma clase de tristeza
que uno, y de pronto se adapta al pensamiento de uno y se lo explica, luego
habla de Blanche, después imita a madame Mühlfeld, después habla de esa señora,
en la Cruz Roja ,
que gritaba por la escalera: “Me prometieron cincuenta heridos para esta
mañana; quiero mis cincuenta heridos”. Mientras tanto aplasta un pedazo de
tarta en su plato y lo degusta a bocaditos; su voz tiene brillos, inflexiones;
ríe, se encorva y se inclina hacia uno y le toca. Lo extraño es que creo que
sería un buen soldado. Él lo afirma; y que sería valiente. Tiene la
despreocupación del golfillo; con él, más que con nadie, me siento torpe,
pesado, apático.
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