Él había estado aquí
cuando esa puerta se abrió de nuevo. Se le podía ver en esas imágenes otra vez
eufórico, disfrazado de multitud, alguien que, igual que el material visual
circundante, podía pensar, pensaba algo y percibía, alguien que había absorbido
la euforia y sentía cómo era arrastrado a este lado y al de más allá. Había
vuelto a subir a la elevada plataforma y había observado el mundo prohibido
hasta entonces, había visto cómo los jóvenes bailaban sobre el muro que todavía
estaba allí. Era de noche, la pri mera noche, a los bailarines les enchufaban
con cañones de agua, pero no les afectaba en absoluto, y luego los reflectores
iluminaron las blancas pantallas de agua. Él había observado las trepidantes
figuras de esos bailarines, su alegría, que nada podía amargar, y por un
momento había tenido la sensación, quizá por
primera vez en su vida, de que formaba parte del pueblo; no, parte del pueblo
no, él era pueblo. No sólo sobre ese muro, también se bailaba debajo, al pie de
la plataforma, justo detrás del Reichstag, y una mujer rubia le había cogido de
la mano y le había introducido en ese baile. Él había ido con ella, primero a
un café y más tarde a su casa en algún lugar de Kreuzberg, y luego había
recorrido las largas, larguísimas calles de vuelta a casa y ya nunca la había
vuelto a ver. Lo recordaba como un momento de felicidad porque se había visto
liberado de cualquier otro pensamiento. Su radiante mirada, su festividad,
habían borrado por una sola vez todos los demás recuerdos. No había quedado
ninguna vivienda, ningún mueble, ningún nombre, sólo esa radiación y un
susurro por despedida, un pequeño acontecimiento como parte de la alegría
general, algo consubstancial a tu naturaleza si eras pueblo, casi como si estuviera
obedeciendo a una ley natural, como cincuenta años antes, en esa misma ciudad,
habían sido consubstanciales a ella el pillaje, los incendios provocados y las
violaciones.
(El día de todas las almas.- Cees Nooteboom.- Debolsillo: Barcelona, 2010. Traducción de Julio Grande)