sábado, 1 de noviembre de 2014

Larguísimas calles de vuelta a casa

Él había estado aquí cuando esa puerta se abrió de nue­vo. Se le podía ver en esas imágenes otra vez eufórico, disfrazado de multitud, alguien que, igual que el material vi­sual circundante, podía pensar, pensaba algo y percibía, alguien que había absorbido la euforia y sentía cómo era arrastrado a este lado y al de más allá. Había vuelto a subir a la elevada plataforma y había observado el mundo prohibido hasta entonces, había visto cómo los jóvenes bailaban sobre el muro que todavía estaba allí. Era de noche, la pri mera noche, a los bailarines les enchufaban con cañones de agua, pero no les afectaba en absoluto, y luego los reflectores iluminaron las blancas pantallas de agua. Él había observado las trepidantes figuras de esos bailarines, su alegría, que nada podía amargar, y por un momento había tenido la sensación, quizá por primera vez en su vida, de que formaba parte del pueblo; no, parte del pueblo no, él era pueblo. No sólo sobre ese muro, también se bailaba debajo, al pie de la plataforma, justo detrás del Reichstag, y una mujer rubia le había cogido de la mano y le había introducido en ese baile. Él había ido con ella, primero a un café y más tarde a su casa en algún lugar de Kreuzberg, y luego había recorrido las largas, larguísimas calles de vuelta a casa y ya nunca la había vuelto a ver. Lo recordaba como un momento de felici­dad porque se había visto liberado de cualquier otro pensa­miento. Su radiante mirada, su festividad, habían borrado por una sola vez todos los demás recuerdos. No había que­dado ninguna vivienda, ningún mueble, ningún nombre, só­lo esa radiación y un susurro por despedida, un pequeño acontecimiento como parte de la alegría general, algo con­substancial a tu naturaleza si eras pueblo, casi como si estu­viera obedeciendo a una ley natural, como cincuenta años antes, en esa misma ciudad, habían sido consubstanciales a ella el pillaje, los incendios provocados y las violaciones.
(El día de todas las almas.- Cees Nooteboom.- Debolsillo: Barcelona, 2010. Traducción de Julio Grande)

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