Capítulo IV
Refiere la
enfermedad y bautismo de un amigo suyo, a quien él había pervertido, cuya
muerte sintió y lloró amargamente
En aquellos años, y al mismo
tiempo que había comenzado a enseñar en la ciudad en que nací, había adquirido
un amigo, que por que estudiamos juntos, por ser de mi edad, y estar ambos en
la flor y lozanía de la juventud, llegó a serme muy amado. Desde niños habíamos
crecido juntos, habíamos ido juntos a la Escuela y juntos habíamos jugado. Pero entonces
no era tran estrecha nuestra amistad; aunque ni tampoco después cuando digo que
le amé tanto, era nuestra amistad tan verdadera como debe ser; porque solo es
verdadera amistad la que Vos formáis entre los que están unidos a Vos por la
caridad que ha derramado en nuestros corazones el Espíritu Santo, que nos fue
enviado y dado.
Pero no obstante era para mí
aquella amistad dulcísima y sazonada con el fervor de ser iguales nuestros
cuidados y estudios. Porque también le había desviado yo de la verdadera Fe,
que siendo joven seguía, aunque no entera y entrañablemente; y le había
inclinado a aquellas falsedades supersticiosas y perjudiciales que hicieron a
mi madre llorar tanto por mí. De modo que aún en el error que seguíamos
interiormente, eramos iguales y no podía mi alma hacer nada sin él. Pero he
aquí que Vos, yendo a los alcances a vuestros siervos fugitivos, como Dios de
las venganzas, y al mismo tiempo fuente inagotable de las misericordias,
convirtiéndonos a Vos por caminos y modos admirables, sacásteis de esta vida
aquel mancebo, cuando apenas se había cumplido un año de nuestra amistad, que
me era más deliciosa que todas las delicias que en aquel tiempo gozaba.
¿Quién hay que sea él solo
suficiente a contar los motivos que tiene para alabaros, por lo que ha
experimentado solamente en sí mismo? ¿Qué es lo que entonces ejecutasteis, Dios
mío? Oh, ¡cuán insondable es la profundidad de vuestros juicios! Porque estando
aquel amigo mío enfermo de calentura, le dio una vez un síncope que le duró
mucho tiempo, juntamente con un sudor mortal. Y viéndole ya sin esperanzas de
vida se le dio el Bautismo, sin que él lo supiese ni pudiese conocerlo: lo cuál
a mí me dio poco cuidado, persuadiéndome que su alma conservaría mejor lo que
yo le había enseñado, que lo que se ejecutaba en su cuerpo, sin saberlo él ni
advertirlo. Pero muy al contrario sucedía; porque él volvió en sí y con salud
en el alma.
Luego, al punto que pude
hablarle (y pude luego que él pudo, pues no me apartaba de él y mutuamente
pendíamos uno del otro), intenté burlarme del Bautismo que le habían dado,
estando él muy lejos de tener conocimiento ni sentido: creyendo yo que él
también se burlaría conmigo de aquel hecho, pues para entonces ya sabía él que
le habían bautizado. Mas luego que oyó mi burla, me mostró tanto horror como si
fuera yo su peor enemigo y me amonestó con una admirable y repentina libertad,
que si quería ser su amigo no volviese a hablar de aquello por aquel estilo. Yo
entonces espantado todo y turbado, reprimí lo que se me ofrecía responderle,
dejándolo para cuando hubiese convalecido y estuviese capaz con las fuerzas de
su cabal salud, para poderle yo decir entonces todo cuanto quisiese. Pero pocos
días después, estando yo ausente, le acometieron otra vez las calenturas y se
murió: siendo como arrebatado de entre las manos de mi locura, para estar bien
guardado junto a Vos para mi consuelo.
Sentí tanto su pérdida, que se llenó mi corazón de
tinieblas, y en todo cuanto miraba no veía otra cosa sino la muerte. Mi Patria
me servía de suplicio, y la casa de mis padres me parecía la morada más infeliz
e insufrible: y todo cuanto había tratado y comunicado con él, se me movía en
cruelísimo tormento, viéndome sin mi amigo. Por todas partes le buscaban mis
ojos y en ninguna le veían: y aborrecía todas las cosas porque en ninguna de
ellas le encontraba, ni podían ya decirme (como antes cuando vivía y estaba
fuera de casa o ausente) espera, que ya vendrá. Estaba yo trocado en un confuso
enigma sin entenderme a mí mismo, y preguntaba a mi alma “Por qué estaba tan triste
y por qué me afligía tanto”; y no tenía qué responderme. Y si la decía “Espera
en Dios”, con razón me desobedecía, porque más verdadero ser tenía y mucho
mejor era aquel amadísimo hombre que había perdido, que aquel Fantasma que yo
entonces creía dios y en quien la mandaba que esperase. Solo el llanto me era
dulce y gustoso y el sucesor de mi amigo en causar las delicias de mi alma.
Capítulo V
Por qué los
afligidos e infelices tienen gusto en llorar
Mas ahora, Señor, que pasaron
todas aquellas cosas y con el tiempo se me ha mitigado el dolor de aquella
herida, ¿podré escuchar de Vos que sois la Verdad eterna y aplicar los oídos de mi alma a
vuestra boca, para que me digáis por qué el llanto es gustoso a los
desventurados y afligidos?
Por ventura, Señor, no obstante
que estáis presente en todas partes, ¿será posible que estén muy lejos de Vos
nuestras necesidades y miserias? Vos Señor inalterablemente permanecéis en Vos
mismo; pero nosotros nos mudamos continuamente, experimentando siempre diversos acaecimientos y novedades: y no nos
quedara siquiera el consuelo de la esperanza, si no llegaran a vuestros oídos
nuestras lágrimas.
Pues ¿en qué consiste que el
gemir, el llorar, el suspirar, el quejarse, se tiene como un fruto suave y
dulce, que se coge de la amargura de esta vida? Acaso lo que hay de dulce y
gustoso en el llanto es la esperanza que tenemos de que Vos oigáis nuestros
suspiros y lágrimas? Pero esto era bueno para que lo dijéramos de los ruegos y
súplicas que os hacemos, porque siempre van acompañadas del deseo de llegar a
conseguir algo. Mas en el dolor y sentimiento de una cosa ya perdida y en el
triste llanto de que entonces estaba yo cubierto ¿podremos por ventura decir lo
mismo? Porque yo no esperaba que mi amigo resucitase, ni con mis lágrimas
pretendía tal cosa; sino solamente era mi fin sentir su muerte y llorarla,
porque me hallaba infeliz y miserable y había perdido lo que causaba toda mi
alegría. O es acaso que, siendo amargo el llorar, nos causa deleite cuando
llegamos a tener disgusto y aborrecimiento de las cosas que gozábamos antes con
placer y alegría
Capítulo VI
De lo mucho que
sintió la muerte de su amigo
Mas, ¿para qué hablo de esto? Pues no es ahora
ocasión de haceros preguntas sino de confesaros mis miserias. Yo era miserable,
como lo es cualquier alma aprisionada con el amor de las cosas perecederas, y
cuando las pierde la despedaza el sentimiento: y entonces es cuando conoce lo
miserable que es, aún antes de perderlas.
Así me hallaba yo en aquel tiempo y lloraba
amarguísimamente y descansaba en mi amargura. Tal como esta era mi miseria, y
más que a aquel amigo mío, amaba yo la vida miserable que tenía: pues aunque
quisiera trocarla, con todo eso no quisiera antes perderla que perderle a él; y
no sé si quisiera perderla por él, como se refiere de Orestes y Pilades (si es
que no es fingido), que querían morir el uno por el otro o entrambos al mismo
tiempo, porque tenían por mayor daño vivir el uno sien el otro. Pero no sé qué
afecto muy contrario a este había nacido en mí: pues tenía grandísimo tedio de
la vida y miedo de la muerte. Yo creo que cuanto mayor era el amor que le
tenía, tanto más aborrecía y temía a la muerte, como a enemiga cruelísima que
me la había quitado: y juzgaba que ella había de acabar de repente con todos
los hombres, una vez que había podido acabar con aquel.
Así cabalmente me hallaba yo, que bien presente lo
tengo. Ved aquí mi corazón, Dios mío; he aquí todo mi interior, ved que no lo
tengo olvidado, esperanza mía, que me limpiáis de la inmundicia de semejantes
afectos, dirigiendo a Vos los ojos de mi alma y librando a mis pies de los
lazos que me tenían enredado. Me admiraba de que los demás mortales viviesen,
pues había muerto aquel a quien yo amaba
como si no hubiera de morir: y más me maravillaba de que habiendo muerto él,
viviera yo, que era otro él. Bien dijo uno, hablando de un amigo suyo, que era
la mitad de su alma: porque yo creí que mi alma y la suya habían sido una sola
alma en dos cuerpos. Y por eso me causaba horror la vida, porque no quería
vivir a medias y como dividido, y por eso quizás temería el morirme, porque no muriese de todo punto aquel a quien
había amado tanto.
Capítulo VII
Cómo se salió de
su Patria, por no poder aguantar este dolor
¡Oh,
qué locura no saber amar a los hombres humanamente! ¡Oh, qué necio hombre era
yo, pues las cosas humanas las padecía sin moderación! Y así me acongojaba,
suspiraba, lloraba, andaba turbado, incapaz de descanso ni consejo. Traía mi
alma como despedazada, ensangrentada, impaciente de estar conmigo, y yo no
hallaba dónde ponerla. No hallaba descanso alguno ni en los bosques amenos, ni
en los juegos y músicas, ni en los jardines olorosos, ni en los banquetes
espléndidos ni en los deleites del lecho, y finalmente ni lo hallaba en los
libros ni en los versos. Todo me causaba horror y hasta la misma luz: y todo
cuanto no era mi amigo me era insufrible y odioso, sino el gemir y llorar: pues
solamente en esto tenía algún corto descanso. Pero luego que se le quitaba o
estorbaba a mi alma este triste alivio, me brumaba la pesada carga de mi
miseria.
Bien sabía yo que debía levantar
mi alma hacia Vos, Señor, para que me la curareis; pero ni quería ni podía: y
tanto más incapaz me hallaba para esto, cuanto lo que yo pensaba de Vos, era
menos sólido y estable. Porque lo que yo imaginaba no erais Vos; sino que solo
un vago fantasma y el error mío, eso era lo que tenía por mi dios. Y si me
esforzaba por poner mi alma en aquello que yo imaginaba ser mi dios, para que
allí descansase; se resbalaba por no hallar solidez y volvía a caerse sobre mí,
quedando yo hecho una infeliz morada de mí mismo, donde ni pudiese estar ni la
pudiese dejar. Porque ¿adónde podría huir mi corazón que se alejara de sí mismo
¿adónde huiría yo de mí? ¿Adónde dejaría de ir tras de mí? No obstante, me salí
de mi Patria, y desde Thagaste me fui a Carthago, porque allí buscaban menos
mis ojos a mi amigo, donde no tenían costumbre de verlo.
(Las
confesiones de N. G. Padre San Augustin : enteramente conformes à
la edicion de San Mauro / nuevamente traducidas del latin al castellano, é
ilustradas con varias notas ... por el R. P. Fr. Eugenio Zeballos.- San Agustín,
Obispo de Hipona.- Madrid: imprenta de la Viuda e Hijo de Marín, 1793)
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