lunes, 20 de octubre de 2014

Santuario

A unos cien kilómetros al norte de Narin, cerca de la pequeña ciudad de Kochkora, una familia me alquiló una habitación en una casa rodeada de huertos. Su puerta doble daba a un patio encalado donde había pa­vos chillando entre las hortalizas y en un soto próximo una oveja saca­ba paja de una caja y había manzanas rojas y doradas caídas al pie de los frutales. Volví a sentirme en paz. En sus pasillos y habitaciones, alfom­brillas de fieltro mullían el suelo de madera soviético pintado de ma­rrón y alfombras uzbekas tapizaban las paredes.
Yo ya me había familiarizado con estos hogares  —con el retrete encontrado a tientas entre la maleza a la luz de las estrellas; con las ventanas dobles herméticamente cerradas contra el frío; con las fotografías de parientes mayores difuntos en las paredes: mujeres sufridas con pañuelos en la cabeza, hombres con medallas de guerra.
Yo tenía otras razones para venir aquí. Había oído hablar de un curioso mazar situado al sur entre las colinas. La familia no sabía nada de él, pero uno de los hijos tenía un viejo taxi, y con la curiosidad de un devoto, me llevó allí con su hija adolescente. Atravesamos una región sembrada de túmulos donde reposaban antiguos guerreros—«¡Ese fue nuestro orgullo, combatir!»—, y cuando atardecía nos internamos, por una larga pista, en un erosionado macizo montañoso. En su valle, a la luz menguante del crepúsculo, dos raídas colinas anaranjadas se alzaban aisladas.
Mucho antes de llegar a la sala de oración que había debajo, oímos un exaltado canto entrecortado. Cuatro mujeres estaban balanceando el cuerpo bajo su muro, con los pañuelos enrollados en la cabeza como si fueran turbantes. Una de ellas parecía desquiciada, y después de que un imán saliera y las otras se quedaran calladas, ella estuvo varios minutos emitiendo agudos gritos involuntarios y arañándose los hombros.
—Quieren un milagro—dijo el taxista. Era alto y educado, con en­tradas y la frente ancha—. Este es su lugar sagrado.
El imán nos condujo al pie de las colinas unidas. Era robusto como un tonel y rubicundo. Bajo el casquete de terciopelo, tenía una expresión entusiasta, cándidamente orgullosa. El taxista, vestido con chándal y zapatillas de deporte, nos seguía a cierta distancia. Su hija le cogió la mano. Llevaba una gorra de béisbol donde ponía «Fashion Maker» y sandalias con calcetines de lentejuelas.
Era casi de noche. Las colinas se alzaban sobre nosotros como dedos de roca coagulada. Las rodeaba un llano salpicado de maleza, pero, por todos los costados, el horizonte estaba ocupado por altos picos nevados donde aún se reflejaban las últimas briznas de luz. Nos acuclillamos al pie de la colina, junto a un semicírculo de piedras calcinadas donde se sacrificaban ovejas, y rezamos.
—¿Es usted cristiano?—El imán abrió las palmas de las manos—. Ellos también vienen aquí. Todo el mundo viene.
Salió una media luna y las luces de un pueblo lejano—aún se llamaba Lenin—titilaron en la oscuridad. Las edificaciones blancas de una granja colectiva soviética estaban abandonadas cerca de aquí. Seguimos un sendero bordeado de guijarros, rodeando las colinas en sentido contrario al de las agujas del reloj según dicta la costumbre musul­mana. Había otras personas por delante de nosotros, enfocando las rocas con sus linternas, rezando en grupos dispersos. Todos los enclaves eran sagrados. Desde una cueva que había por encima de nosotros, dijo el imán, un ermitaño había ascendido al cielo y quienes se tendieran en ella curarían su epilepsia y su locura.
Una familia se había puesto cautelosamente en fila debajo de ella. Los oímos rezar. Uno de ellos, una muchacha, estaba vagando entre las rocas. Luego, oímos un chillido y vimos que su hermano mayor, asien­do un látigo, le gritaba enfadado que volviera a la fila. Ella regresó a su sitio, desconcertada, y la familia volvió a rezar al unísono.
—Tiene un trastorno nervioso—dijo el imán—, en la cabeza.
Era una muchacha de unos dieciséis años quizá, con los ojos muy separados y la tez pálida. El imán rezó sobre ella sin variar el tono, con dureza y rapidez, mientras la muchacha lo miraba angustiada, sin com­prender. Cuando la cogió del brazo, ella se soltó. Su madre se disculpó ante el imán, mientras su hermano le daba suavemente en la pierna con el látigo. Luego, la muchacha se alejó de ellos, me miró asombrada, y cuando yo le sonreí, intentó hablar.
—Es de Inglaterra—dijo su madre.
La muchacha vino tiernamente hacia mí y se apoyó en mi hombro, quizá porque yo era el único que no le chillaba. De pronto, dijo en in­glés:
—¿Cómo está?
—Está aprendiendo inglés—dijo su madre—. Hace sexto.
—¿Dónde es usted? ¿Quién es su nombre?—Luego repitió—: Colin...—Su voz apenas era un susurro.
—¿Y quién eres tú?
—Soy Nurana.—Lo pronunció como si fuera su única dignidad.
La arrastraron cuesta arriba de camino a la cueva, mientras ella mi­raba hacia atrás, con los ojos congelados.
Desde nuestro camino, una multitud de senderos bordeados de pie­dras ascendía por la colina hacia cualquier enclave que fuera extraño —una repisa inesperada, una pared de roca curiosa—y allí podía obrarse el milagro. Por debajo de nosotros, peregrinos que habían tenido visiones habían señalado el lugar con piedras. Plantas que curaban mágicamente tapizaban la ladera—el adrashmun de verdes flores, dijo el imán, se quemaba como un incienso oloroso para repeler todas las enfermedades—y matorrales con olor a lavanda se mecían al viento. El imán caminaba lentamente por delante de nosotros como si fuera un mago, con un rosario colgando entre los dedos. Los ojos le brillaban, ardientes de devoción. Estábamos caminando por una colina milagrosa, llena del fervor de la oración y alas de ángel. Aquí había resucitado gente. En pocos minutos, se había ido al cielo o a Bishkek.
—¡Venían todos! ¡Tamerlán estuvo aquí! ¡Alejandro Magno estuvo aquí! ¡Hasta gente del municipio de Bishkek!—Bajó involuntariamente la voz hasta estar hablando en un susurro—. Incluso con los soviéticos, la gente venía a escondidas, por la noche. Mucha.
Por toda la ladera, los peregrinos habían dejado constancia de su paso con guijarros amontonados en piedras o insertados en hendiduras. Había enclaves para curar la migraña y el dolor de oído, el cáncer intestinal y la ceguera. Todos los senderos ascendían a la esperanza. Los tartamudos hallaban paz dando la vuelta a un arbusto que crecía aislado de los demás. Una roca con forma de nariz limpiaba los senos nasa­les. Los que no sabían leer o rezar se curaban al arrodillarse bajo un peñasco y las mujeres estériles seguían un sendero hasta una pared rocosa de color verde liquen donde se frotaban contra la roca. Y Dios las escu­chaba.
En un lugar, habían dibujado con piedras un corazón en el suelo -una intrusión occidental—y aquí uno podía superar su amor no co­rrespondido o invocar espíritus para atraer al amado a sus brazos. Y en una superficie de roca viva, los creyentes encendían una cerilla para atraer a un arcángel. Allí uno conocía su futuro: cuántos hijos iba a te­ner, cuánto dinero, cuándo iba a morir.
Los ángeles estaban por doquier. Había lugares especiales donde eran más abundantes, y cantaban. El imán alzaba la voz maravillado cada vez que nos revelaba uno de sus enclaves favoritos. Y bajo nuestros pies repo­saban los cuarenta guerreros de Manas, dijo, enterrados en secreto para protegerlos, nadie sabía el sitio exacto, mientras su mausoleo oficial per­manecía vacío muy lejos de aquí. Ahora ya era de noche y las luces de Lenin titilaban observadas por Venus, que brillaba más que nada de lo que había debajo. Oímos los débiles cantos de los peregrinos por detrás de nosotros. En una ocasión, nuestro sendero torció por un peñasco cuya base estaba sembrada de rocas ígneas. Aquí, los mulás que venían de visi­ta entraban en trance, dijo el imán—con los ojos brillándole de admira­ción—, y luego las piedras ardían a todo su alrededor, y se ponían a rezar.
—Sí. Brillan y hablan. Yo lo he visto...
A esta luz sobrenatural, bajo las estrellas, las laderas volcánicas se tornaron tortuosas e impenetrables. Imaginé todas las plegarias dichas elevándose desde las cimas de las colinas en una explosión de esperan­za y dolor. Detrás de mí, el taxista andaba en silencio. Yo esperaba que diera alguna muestra de ironía o incredulidad, pero solo hizo una o dos preguntas y en una ocasión eligió una piedra para colocarla entre las rocas, mientras su hija iba andando a su lado, con una sonrisa ausente, como un niño que se aburre en misa.
En una ocasión el imán nos puso en fila delante de una repisa de piedra negra cuyo calor, nos advirtió, podía quemarnos las venas.
—Pongan las palmas ahí, dijo, y el fuego les subirá por los brazos y el cuerpo y volverá a la piedra.
Nosotros colocamos las manos cerca de la superficie plutónica. To­das temblaron un poco.
—¿Lo notan?
—Un poco—dije, esperanzado.
—Es solo el principio.
Pero yo no noté nada. Y la muchacha murmuró:
—Nada.—Este sitio le daba miedo, susurró. Había entendido mal a su padre y creído que íbamos a visitar un bazar, no un mazar. Ella había querido ir de compras.
Ahora ya casi habíamos terminado de rodear las colinas. La sala de oración estaba perdida en la oscuridad, al igual que la blanca granja co-lectiva, en ruinas desde hacía diez años. El imán aguzó el oído, alzó la mano. Luego movió los dedos.
—¡Serpientes!
Pero eran sagradas. Emergían por puertas desde su paraíso situado en las profundidades de la tierra. Su mordedura era una bendición, o si no, se negaban a morder, dijo. Si venían serpientes foráneas, ellas las repelían. A mis ojos, no había nada aquí salvo un sendero que deambulaba por un terreno de piedras y matojos. Yo lo seguí con cautela, notándome los pies pesados al pisar la tierra, el paraíso de las serpientes, los huesos y venas de guerreros. En algún lugar de la colina, una cigarra cantó en la oscuridad.
—¡Esa es una de las serpientes!—gritó el imán—. ¡Así es como cantan!—Alzó triunfalmente sus cortos brazos hacia el cielo estrellado ¡Dios creó todas las cosas! ¡Incluso Kirguizistán e Inglaterra! ¡Y Nueva York y Albion y Moscú!
Pero la hija del taxista estaba temblando, quería ir a casa. Al despedirme, di al imán algún dinero para este lugar. Apenas eran dos dólares, pero su rostro se contrajo de alegría cuando se lo metió en el bolsillo.
—¡Que tenga usted salud! ¡Que sus hijos tengan hijos! ¡Que le den dinero en su vejez!—Me cogió del brazo.
Fuimos solos a un último sitio. Era una piedra alisada, pálida a la luz de la luna.
—Este es el trono del emperador de las serpientes. ¡Shah Maran! Se aparece aquí, sí, como un presidente. Yo lo he visto.—Dibujó con las manos una corona en la cabeza de una serpiente erguida. La piedra vacía se tornó  siniestra a la luz de la luna—. A veces, habla.—Luego, el imán volvió a alzar la mirada a las estrellas y se puso a rezar por mí. El nombre de Colin  sonó extrañamente entre su torrente de palabras en árabe y kirguiz. Hasta el árabe parecía joven en este lugar primitivo, y el mismo islám, mientras la luna brillaba delante de nosotros sobre la colina, alzándose con indiferencia sobre el polvo de los guerreros de Manas, sobre la soledad de Nurana y el estridente canto de las cigarras.
(La sombra de la ruta de la seda.- Colin Thubron.- Barcelona: Península, 2007.- Traducción de Rosa Pérez) 


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