A
unos cien kilómetros al norte de Narin, cerca de la pequeña ciudad de Kochkora,
una familia me alquiló una habitación en una casa rodeada de huertos. Su puerta
doble daba a un patio encalado donde había pavos chillando entre las
hortalizas y en un soto próximo una oveja sacaba paja de una caja y había
manzanas rojas y doradas caídas al pie de los frutales. Volví a sentirme en
paz. En sus pasillos y habitaciones, alfombrillas de fieltro mullían el suelo
de madera soviético pintado de marrón y alfombras uzbekas tapizaban las
paredes.
Yo ya me había
familiarizado con estos hogares —con el retrete encontrado a
tientas entre la maleza a la luz de las estrellas; con las ventanas dobles
herméticamente cerradas contra el frío; con las fotografías de parientes
mayores difuntos en las paredes: mujeres sufridas con pañuelos en la cabeza,
hombres con medallas de guerra.
Yo tenía otras
razones para venir aquí. Había oído hablar de un curioso mazar situado al sur entre
las colinas. La familia no sabía nada de él, pero uno de los hijos tenía un viejo taxi, y con
la curiosidad de un devoto,
me llevó allí con su hija adolescente. Atravesamos una región sembrada de
túmulos donde reposaban antiguos guerreros—«¡Ese fue nuestro orgullo, combatir!»—, y cuando
atardecía nos internamos, por
una larga pista, en un erosionado macizo montañoso. En su valle, a la luz menguante
del crepúsculo, dos raídas colinas anaranjadas se alzaban aisladas.
Mucho antes de
llegar a la sala de oración que había debajo, oímos un exaltado canto entrecortado.
Cuatro mujeres estaban balanceando el cuerpo bajo su muro, con los pañuelos
enrollados en la cabeza como si fueran turbantes. Una de ellas parecía
desquiciada, y después de que un imán saliera y las otras se quedaran calladas,
ella estuvo varios minutos emitiendo agudos gritos involuntarios y arañándose
los hombros.
—Quieren un
milagro—dijo el taxista. Era alto y educado, con entradas y la frente ancha—.
Este es su lugar sagrado.
El imán nos
condujo al pie de las colinas unidas. Era robusto como un tonel y rubicundo.
Bajo el casquete de terciopelo, tenía una expresión entusiasta, cándidamente
orgullosa. El taxista, vestido con chándal y zapatillas de deporte, nos seguía
a cierta distancia. Su hija le cogió la mano. Llevaba una gorra de béisbol donde ponía
«Fashion Maker» y sandalias con calcetines de lentejuelas.
Era
casi de noche. Las colinas se alzaban sobre nosotros como dedos de roca
coagulada. Las rodeaba un llano salpicado de maleza, pero, por todos los
costados, el horizonte estaba ocupado por altos picos nevados donde aún se
reflejaban las últimas briznas de luz. Nos acuclillamos al pie de la colina,
junto a un semicírculo de piedras calcinadas donde se sacrificaban ovejas, y
rezamos.
—¿Es usted
cristiano?—El imán abrió las palmas de las manos—. Ellos también vienen aquí.
Todo el mundo viene.
Salió una media
luna y las luces de un pueblo lejano—aún se llamaba Lenin—titilaron en la
oscuridad. Las edificaciones blancas de una granja colectiva soviética estaban
abandonadas cerca de aquí. Seguimos un sendero bordeado de guijarros, rodeando
las colinas en sentido contrario al de las agujas del reloj según dicta la
costumbre musulmana. Había otras personas por delante de nosotros, enfocando
las rocas con sus linternas, rezando en grupos dispersos. Todos los enclaves
eran sagrados. Desde una cueva que
había por encima de nosotros, dijo el imán, un ermitaño había ascendido al
cielo y quienes se tendieran en ella curarían su epilepsia y su locura.
Una familia se
había puesto cautelosamente en fila debajo de ella. Los oímos rezar. Uno de
ellos, una muchacha, estaba vagando entre las rocas. Luego, oímos un chillido y
vimos que su hermano mayor, asiendo un látigo, le gritaba enfadado que
volviera a la fila. Ella regresó a su sitio, desconcertada, y la familia volvió
a rezar al unísono.
—Tiene un
trastorno nervioso—dijo el imán—, en la cabeza.
Era una muchacha
de unos dieciséis años quizá, con los ojos muy separados y la tez pálida. El
imán rezó sobre ella sin variar el tono, con dureza y rapidez, mientras la
muchacha lo miraba angustiada, sin comprender. Cuando la cogió del brazo, ella
se soltó. Su madre se disculpó ante el imán, mientras su hermano le daba
suavemente en la pierna con el látigo. Luego, la muchacha se alejó de ellos, me
miró asombrada, y cuando yo le sonreí, intentó hablar.
—Es de
Inglaterra—dijo su madre.
La muchacha vino
tiernamente hacia mí y se apoyó en mi hombro, quizá porque yo era el único que
no le chillaba. De pronto, dijo en inglés:
—¿Cómo está?
—Está
aprendiendo inglés—dijo su madre—. Hace sexto.
—¿Dónde es
usted? ¿Quién es su nombre?—Luego repitió—: Colin...—Su voz apenas era un
susurro.
—¿Y quién eres
tú?
—Soy Nurana.—Lo
pronunció como si fuera su única dignidad.
La arrastraron
cuesta arriba de camino a la cueva, mientras ella miraba hacia atrás, con los
ojos congelados.
Desde nuestro
camino, una multitud de senderos bordeados de piedras ascendía por la colina
hacia cualquier enclave que fuera extraño —una repisa inesperada, una pared de roca
curiosa—y allí podía obrarse el milagro. Por debajo de nosotros, peregrinos que
habían tenido visiones habían señalado el lugar con piedras. Plantas que
curaban mágicamente tapizaban la ladera—el adrashmun de verdes flores,
dijo el imán, se quemaba como un incienso oloroso para repeler todas las enfermedades—y
matorrales con olor a lavanda se mecían al viento. El imán caminaba
lentamente por delante de nosotros como si fuera un mago, con un rosario
colgando entre los dedos. Los ojos le brillaban, ardientes de devoción.
Estábamos caminando por una colina milagrosa, llena del fervor de la oración y
alas de ángel. Aquí había resucitado gente. En pocos minutos, se había ido al
cielo o a Bishkek.
—¡Venían todos!
¡Tamerlán estuvo aquí! ¡Alejandro Magno estuvo aquí! ¡Hasta gente del municipio
de Bishkek!—Bajó involuntariamente la voz hasta estar hablando en un susurro—.
Incluso con los soviéticos, la gente venía a escondidas, por la noche. Mucha.
Por
toda la ladera, los peregrinos habían dejado constancia de su paso con
guijarros amontonados en piedras o insertados en hendiduras. Había enclaves
para curar la migraña y el dolor de oído, el cáncer intestinal y la ceguera.
Todos los senderos ascendían a la esperanza. Los tartamudos hallaban paz dando
la vuelta a un arbusto que crecía aislado de los demás. Una roca con forma de
nariz limpiaba los senos nasales. Los que no sabían leer o rezar se curaban al
arrodillarse bajo un peñasco y las mujeres estériles seguían un sendero hasta
una pared rocosa de color verde liquen donde se frotaban contra la roca. Y Dios
las escuchaba.
En un lugar,
habían dibujado con piedras un corazón en el suelo -una intrusión occidental—y
aquí uno podía superar su amor no correspondido o invocar espíritus para
atraer al amado a sus brazos. Y en una superficie de roca viva, los creyentes
encendían una cerilla para atraer a un arcángel. Allí uno conocía su futuro:
cuántos hijos iba a tener, cuánto dinero, cuándo iba a morir.
Los ángeles
estaban por doquier. Había lugares especiales donde eran más abundantes, y
cantaban. El imán alzaba la voz maravillado cada vez que nos revelaba uno de
sus enclaves favoritos. Y bajo nuestros pies reposaban los cuarenta guerreros
de Manas, dijo, enterrados en secreto para protegerlos, nadie sabía el sitio
exacto, mientras su mausoleo oficial permanecía vacío muy lejos de aquí. Ahora
ya era de noche y las luces de Lenin titilaban observadas por Venus, que
brillaba más que nada de lo que había debajo. Oímos los débiles cantos de los
peregrinos por detrás de nosotros. En una ocasión, nuestro sendero torció por
un peñasco cuya base estaba sembrada de rocas ígneas. Aquí, los mulás que
venían de visita entraban en trance, dijo el imán—con los ojos brillándole de
admiración—, y luego las piedras ardían a todo su alrededor, y se ponían a
rezar.
—Sí. Brillan y
hablan. Yo lo he visto...
A esta luz
sobrenatural, bajo las estrellas, las laderas volcánicas se tornaron tortuosas
e impenetrables. Imaginé todas las plegarias dichas elevándose desde las cimas
de las colinas en una explosión de esperanza y dolor. Detrás de mí, el taxista
andaba en silencio. Yo esperaba que diera alguna muestra de ironía o
incredulidad, pero solo hizo una o dos preguntas y en una ocasión eligió una
piedra para colocarla entre las rocas, mientras su hija iba andando a su lado,
con una sonrisa ausente, como un niño que se aburre en misa.
En una ocasión
el imán nos puso en fila delante de una repisa de piedra negra cuyo calor, nos
advirtió, podía quemarnos las venas.
—Pongan las
palmas ahí, dijo, y el fuego les subirá por los brazos y el cuerpo y volverá a
la piedra.
Nosotros
colocamos las manos cerca de la superficie plutónica. Todas temblaron un poco.
—¿Lo notan?
—Un poco—dije,
esperanzado.
—Es solo el
principio.
Pero yo no noté
nada. Y la muchacha murmuró:
—Nada.—Este
sitio le daba miedo, susurró. Había entendido mal a su padre y creído que
íbamos a visitar un bazar, no un mazar. Ella había querido ir de
compras.
Ahora ya casi
habíamos terminado de rodear las colinas. La sala de oración estaba perdida en
la oscuridad, al igual que la blanca granja co-lectiva, en ruinas desde hacía diez años. El imán
aguzó el oído, alzó la mano. Luego movió los dedos.
—¡Serpientes!
Pero eran
sagradas. Emergían por puertas desde su paraíso situado en las profundidades de
la tierra. Su mordedura era una bendición, o si no, se negaban a morder, dijo.
Si venían serpientes foráneas, ellas las repelían. A mis ojos, no había nada
aquí salvo un sendero que deambulaba por un terreno de piedras y matojos. Yo lo
seguí con cautela, notándome los pies pesados al pisar la tierra, el paraíso de
las serpientes, los huesos y venas de guerreros. En algún lugar de la colina,
una cigarra cantó en la oscuridad.
—¡Esa es una de
las serpientes!—gritó el imán—. ¡Así es como cantan!—Alzó triunfalmente sus
cortos brazos hacia el cielo estrellado ¡Dios creó todas las cosas! ¡Incluso
Kirguizistán e Inglaterra! ¡Y Nueva York y Albion y Moscú!
Pero la hija del
taxista estaba temblando, quería ir a casa. Al despedirme, di al imán algún
dinero para este lugar. Apenas eran dos dólares, pero su rostro se contrajo de
alegría cuando se lo metió en el bolsillo.
—¡Que tenga
usted salud! ¡Que sus hijos tengan hijos! ¡Que le den dinero en su vejez!—Me
cogió del brazo.
Fuimos solos a
un último sitio. Era una piedra alisada, pálida a la luz de la luna.
—Este es el
trono del emperador de las serpientes. ¡Shah Maran! Se aparece aquí, sí, como
un presidente. Yo lo he visto.—Dibujó con las manos una corona en la
cabeza de una serpiente erguida. La piedra vacía se tornó siniestra a la luz de la luna—. A veces,
habla.—Luego, el imán volvió a alzar la
mirada a las estrellas y se puso a rezar por mí. El nombre de Colin sonó extrañamente entre su torrente de
palabras en árabe y kirguiz.
Hasta el árabe parecía joven en este lugar primitivo, y el mismo islám,
mientras la luna brillaba delante de nosotros sobre la colina, alzándose con
indiferencia sobre el polvo de los guerreros de Manas, sobre la soledad de
Nurana y el estridente canto de las cigarras.
(La sombra de la ruta de la seda.- Colin Thubron.- Barcelona: Península, 2007.- Traducción de Rosa Pérez)
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