Una noche me fue siguiendo un perro desde el puente de
L'Alma hasta la explanada de Le Trocadéro. Era del mismo color negro y de la
misma raza que aquel al que atropellaron en mi infancia. Yo iba avenida arriba
por la acera de la derecha. Al principio, el perro se quedaba a unos diez
metros detrás de mí y se fue acercando poco a poco. A la altura de las verjas
de los jardines Galliera ya íbamos
juntos. Había leído no sé dónde -a lo mejor era una nota a pie de página de Las
maravillas celestes— que a algunas horas de la noche puede uno meterse en
un mundo paralelo: un piso vacío en donde se ha quedado la luz encendida e
incluso una callejuela sin salida. Nos encontramos allí con objetos extraviados
hace mucho: un talismán de la suerte, una carta, un paraguas, una llave, y los gatos, los perros o los caballos que perdimos según pasaba la vida.
Pensé que ese perro era el de la calle del Docteur-Kurzenne.
Llevaba un
collar de cuero rojo con una medalla y, al inclinarme, vi que llevaba grabado
un número de teléfono. Por eso no se decidirían a llevarlo a la perrera. Y yo
en el bolsillo interior de la cazadora seguía llevando el pasaporte viejo y
caducado en donde había manipulado la fecha de nacimiento para tener más años,
los veintiuno de la mayoría de edad. Pero desde hacía varias noches no les
tenía miedo a los controles de la policía. Leer Las maravillas celestes me
había dado ánimos, desde luego. A partir de ahora miraba las cosas desde muy
arriba.
El perro iba
delante de mí. Al principio, había vuelto la cabeza para comprobar si
efectivamente lo seguía y ahora andaba con paso regular. Estaba seguro de mi
presencia. Yo andaba al mismo ritmo que él, despacio. Nada turbaba el silencio.
Me parecía que crecía la hierba entre los adoquines. El tiempo había dejado de
existir. Esto era seguramente lo que Bou-viere llamaba «el eterno retorno». Las
fachadas de los edificios, los árboles, el titilar de los faroles adquirían una
hondura que nunca les había visto.
El perro
titubeó un momento cuando me metí en la explanada de Le Trocadéro. Parecía como
si quisiera seguir recto. Pero acabó por ir detrás de mí. Me quedé bastante
rato mirando los jardines del nivel inferior, el estanque grande cuya agua me
parecía fosforescente y, pasado el Sena, los edificios que bordeaban los muelles
y rodeaban Le Champ-de-Mars. Pensé en mi padre. Me lo imaginé allá, en un sitio
cualquiera, en una habitación o incluso en un café a punto de cerrar, sentado
solo bajo los tubos de neón y mirando unas carpetas. A lo mejor tenía aún una
oportunidad de volver a dar con él. Bien pensado, el tiempo estaba abolido ya
que el perro aquel procedía de las honduras del pasado, de la calle del
Docteur-Kurzenne. Lo vi alejarse de mí, como si no pudiera seguir más tiempo
conmigo y fuera a llegar tarde a una cita. Entonces me fui detrás. Iba siguiendo
la fachada del Museo del Hombre y se metió por la calle Vineuse. Yo nunca había
pasado por esa calle. Si aquel perro me llevaba por allí no sería por casualidad.
Tuve la sensación de que estaba llegando a la meta y regresaba a terreno
conocido. Sin embargo, las ventanas seguían oscuras y avanzaba en una
semipenumbra. Me había acercado al perro por temor a perderlo de vista. En
torno, el silencio. Oía el ruido de mis pasos. La calle torcía casi en ángulo
recto y me dije que debía de ir a dar a La Closerie de Passy donde, a estas horas, el loro,
en su jaula amarilla, debía de estar repitiendo: «Fiat de color verde agua.
Fiat de color verde agua», sin venir a cuento, mientras la dueña y sus amigos
jugaban a las cartas. Pasado el ángulo que hacía la calle, un rótulo apagado.
Un restaurante, o más bien un bar, cerrado. Era domingo. Qué sitio tan raro
para un bar cuya fachada de madera clara y
cuyo rótulo habrían estado más en su lugar en Les Champs-Élysées o en
Pigalle...
Me había parado un momento e
intentaba leer trabajosamente qué ponía en el rótulo de encima de la puerta de
entrada: Vol de Nuit. Luego busqué al perro, que iba más adelantado que yo. Ya
no lo veía. Apreté el paso para alcanzarlo. Pero ya no había ni rastro de él.
Eché a correr y fui a salir al cruce del bulevar Delessert. Los faroles
brillaban con un resplandor que me hizo guiñar los ojos. Ningún perro a la
vista, ni en la acera en cuesta del bulevar, ni en la otra acera, ni frente a
mí, donde estaba esa estación de metro pequeña, ni en las escaleras que bajan
hacia el Sena. La luz era blanca, una luz de noche boreal, y habría visto de
lejos al perro negro. Pero se había esfumado. Noté una sensación de vacío que
me resultaba familiar y tenía olvidada desde hacía unos días gracias a la
lectura apaciguadora de Las maravillas celestes. Lamentaba que no se me
hubiera quedado en la memoria el número de teléfono que llevaba en el collar.
(Accidente nocturno.- Patrick Modiano.-
Anagrama: Barcelona, 2014.- Traducción de María Teresa Gallego Urrutia)