viernes, 8 de mayo de 2015

Compañía

Una noche me fue siguiendo un perro desde el puen­te de L'Alma hasta la explanada de Le Trocadéro. Era del mismo color negro y de la misma raza que aquel al que atropellaron en mi infancia. Yo iba avenida arriba por la acera de la derecha. Al principio, el pe­rro se quedaba a unos diez metros detrás de mí y se fue acercando poco a poco. A la altura de las verjas de los jardines Galliera ya íbamos juntos. Había leído no sé dónde -a lo mejor era una nota a pie de página de Las maravillas celestes— que a algunas horas de la noche puede uno meterse en un mundo paralelo: un piso vacío en donde se ha quedado la luz encendida e incluso una callejuela sin salida. Nos encontramos allí con objetos extraviados hace mucho: un talismán de la suerte, una carta, un paraguas, una llave, y los gatos, los perros o los caballos que perdimos según pasaba la vida. Pensé que ese perro era el de la calle del Docteur-Kurzenne.
Llevaba un collar de cuero rojo con una medalla y, al inclinarme, vi que llevaba grabado un número de teléfono. Por eso no se decidirían a llevarlo a la perrera. Y yo en el bolsillo interior de la cazadora seguía llevando el pasaporte viejo y caducado en donde había manipulado la fecha de nacimiento para tener más años, los veintiuno de la mayoría de edad. Pero desde hacía varias noches no les tenía miedo a los controles de la policía. Leer Las maravillas celestes me había dado ánimos, desde luego. A partir de aho­ra miraba las cosas desde muy arriba.
El perro iba delante de mí. Al principio, había vuelto la cabeza para comprobar si efectivamente lo seguía y ahora andaba con paso regular. Estaba segu­ro de mi presencia. Yo andaba al mismo ritmo que él, despacio. Nada turbaba el silencio. Me parecía que crecía la hierba entre los adoquines. El tiempo había dejado de existir. Esto era seguramente lo que Bou-viere llamaba «el eterno retorno». Las fachadas de los edificios, los árboles, el titilar de los faroles adquirían una hondura que nunca les había visto.
El perro titubeó un momento cuando me metí en la explanada de Le Trocadéro. Parecía como si quisiera seguir recto. Pero acabó por ir detrás de mí. Me quedé bastante rato mirando los jardines del nivel inferior, el estanque grande cuya agua me parecía fosforescente y, pasado el Sena, los edificios que bordeaban los muelles y rodeaban Le Champ-de-Mars. Pensé en mi padre. Me lo imaginé allá, en un sitio cualquiera, en una habitación o incluso en un café a punto de cerrar, sentado solo bajo los tubos de neón y mirando unas carpetas. A lo mejor tenía aún una oportunidad de volver a dar con él. Bien pensa­do, el tiempo estaba abolido ya que el perro aquel procedía de las honduras del pasado, de la calle del Docteur-Kurzenne. Lo vi alejarse de mí, como si no pudiera seguir más tiempo conmigo y fuera a llegar tarde a una cita. Entonces me fui detrás. Iba siguien­do la fachada del Museo del Hombre y se metió por la calle Vineuse. Yo nunca había pasado por esa calle. Si aquel perro me llevaba por allí no sería por casua­lidad. Tuve la sensación de que estaba llegando a la meta y regresaba a terreno conocido. Sin embargo, las ventanas seguían oscuras y avanzaba en una semipenumbra. Me había acercado al perro por temor a perderlo de vista. En torno, el silencio. Oía el ruido de mis pasos. La calle torcía casi en ángulo recto y me dije que debía de ir a dar a La Closerie de Passy donde, a estas horas, el loro, en su jaula amarilla, debía de estar repitiendo: «Fiat de color verde agua. Fiat de color verde agua», sin venir a cuento, mientras la dueña y sus amigos jugaban a las cartas. Pasado el ángulo que hacía la calle, un rótulo apagado. Un restaurante, o más bien un bar, cerrado. Era domin­go. Qué sitio tan raro para un bar cuya fachada de madera clara y cuyo rótulo habrían estado más en su lugar en Les Champs-Élysées o en Pigalle...
Me había parado un momento e intentaba leer trabajosamente qué ponía en el rótulo de encima de la puerta de entrada: Vol de Nuit. Luego busqué al perro, que iba más adelantado que yo. Ya no lo veía. Apreté el paso para alcanzarlo. Pero ya no había ni rastro de él. Eché a correr y fui a salir al cruce del bulevar Delessert. Los faroles brillaban con un res­plandor que me hizo guiñar los ojos. Ningún perro a la vista, ni en la acera en cuesta del bulevar, ni en la otra acera, ni frente a mí, donde estaba esa estación de metro pequeña, ni en las escaleras que bajan hacia el Sena. La luz era blanca, una luz de noche boreal, y habría visto de lejos al perro negro. Pero se había esfumado. Noté una sensación de vacío que me re­sultaba familiar y tenía olvidada desde hacía unos días gracias a la lectura apaciguadora de Las maravillas celestes. Lamentaba que no se me hubiera quedado en la memoria el número de teléfono que llevaba en el collar.
 (Accidente nocturno.- Patrick Modiano.- Anagrama: Barcelona, 2014.- Traducción de María Teresa Gallego Urrutia)

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