miércoles, 22 de julio de 2015

Crisis

  Italia es quizá el país del mundo capitalista europeo más afectado y amenazado por el trastorno económico actual. Los últimos acontecimientos (devaluación del dó­lar, dificultades en el aprovisionamiento de materias pri­mas y alimentarias con la elevación de su precio, crisis del petróleo) han hecho precipitarse, hasta la quiebra, un modelo de desarrollo que ha figurado entre los más frá­giles y deformes de todo el mundo capitalista, después de que en los últimos años se derrumbasen algunos de los pilares sobre los que semejante desarrollo estaba ba­sado (el régimen de bajos salarios, el drenaje desconsi­derado de recursos del Mezzogiorno). Son ya evidentes a todos los crímenes verdaderos y propiamente dichos que los comunistas tantas veces hemos denunciado:
— El abandono de la defensa del suelo y de millones de hectáreas de tierra, que han llevado a la agricultura y a la gente de los campos a las condiciones que nadie ya se atreve a negar, y que obligan hoy a gastar miles de millones para el aprovisionamiento de bienes de ali­mentación y de productos agrícolas.
   Haber hecho de la producción de automóviles pri­vados el elemento piloto, fundamental, del desarrollo industrial y del gasto público en infraestructura viaria (miles de millones invertidos en autopistas) y en ciertos tipos de consumo como indicadores del bienestar, en detrimento de los transportes públicos, de las escuelas, de las estructuras sanitarias, etc.
   La devastación de las ciudades, provocada tanto por la expansión del transporte privado como por la feroz especulación inmobiliaria.
   Una política de la energía que ha llevado a los siguientes absurdos: por una parte, la proliferación de refinerías mucho más allá de las necesidades del país y, por añadidura, en medida preponderante en manos de compañías petrolíferas privadas en un país que tenía en el E.N.I. de Mattei un poderoso instrumento de control y de iniciativa al servicio de intereses públicos y nacio­nales; por otra, una insuficiencia de centrales eléctricas y de electroductos que afecta en modo particular al des­arrollo económico del Mezzogiorno y que corre el riesgo de hacer irrealizables las mismas iniciativas, tanto públi­cas como privadas, de que con tanto clamor hablan pro­gramas y proyectos.
   Una política exterior que no ha sabido beneficiar­se a tiempo de todas las posibilidades de colaboración económica ofrecidas por el desarrollo de economías a me­nudo complementarias, como las de los países socialistas y las de los países de África y del vecino Oriente Medio. Esta misma política exterior, en lo que concierne a las relaciones con los países de la C.E.E., ha visto a los re­presentantes de Italia renunciar, con demasiada frecuen­cia, a la defensa de los intereses nacionales (de modo particular en materia agrícola) para perderse en actitudes de mediación —asumidas en ocasiones por pura vanidad y autopropaganda— entre los intereses concurrentes de otros países.
No olvidamos, entre otras cosas, que Italia figura en­tre los países con mayor escasez de materias primas y de recursos energéticos propios. He aquí, pues, el conjunto de razones —en parte objetivas, pero también y espe­cialmente derivadas de la responsabilidad de los grupos dominantes— que hacen de Italia el país más expuesto a los vaivenes económicos que agitan al mundo capi­talista.
Los peligros que amenazan a la economía italiana, las condiciones de trabajo y de vida del pueblo, las propias perspectivas de desarrollo nacional, son graves y, por consiguiente, están más que justificados el malestar, el disgusto y las preocupaciones populares por las incomo­didades que ya se soportan (aumento del coste de la vida, penuria de géneros alimenticios) y por los demás que podrían añadirse de no conseguirse bloquear la ten­dencia a una recesión en la producción, que es la ame­naza más seria.
(...) Pero si hace falta saber y considerar posible con realismo que puedan tener lugar ulteriores empeoramien­tos de la situación, el verdadero problema, que nos plan­teamos a nosotros mismos y al país, es justamente el de evitar dicha posibilidad y considerar, por el contrario, a la propia crisis actual como una gran ocasión para po­ner en marcha un proceso de transformación y de reno­vación de nuestra sociedad. En una situación cargada de tantos elementos negativos y de tantos riesgos hay, en efecto, un dato positivo esencial: este dato viene cons­tituido por el hecho de que la transformación profunda en los modos del desarrollo económico, social y civil del país y en la estructura misma de la producción y del consumo, en una dirección y según formas cada vez más sociales, se presenta como una vía obligada, y esto no sólo por razones de justicia, sino por un estado de ne­cesidad económica, esto es, por la necesidad de asegurar la continuidad y el crecimiento del desarrollo productivo.
Esta necesidad, hoy, se ha vuelto de absoluta urgencia, en el momento en que entran en crisis, tanto a nivel internacional como a nivel interior, los supuestos y las perspectivas del viejo modelo de desarrollo.Desaparecen los supuestos, esto es, la posibilidad de continuar disfrutando de los bajos precios de las mate­rias primas, en detrimento de los países más atrasados, y de proseguir la rapiña de recursos de la misma Italia, en perjuicio del Mezzogiorno y de la agricultura; des­aparecen las perspectivas, esto es, la posibilidad de dila­tar indefinidamente el tipo de consumo individual que ha arrastrado hasta ahora el desarrollo económico. Esto significa que el país necesita en la actualidad —so pena de su decadencia— efectuar un salto adelante y que esto sólo puede hacerlo introduciendo en su estructura eco­nómica y social, y en los modos de vida de los ciudada­nos, por lo menos algunos «elementos» que no dudamos en definir de socialismo. La conciencia de esta necesidad y de esta posibilidad se encuentra hoy muy difundida, no sólo entre los obreros, sino también en estratos de trabajadores, intelectuales, capas medias y en ciudadanos de otras inspiraciones ideales, de quienes no se pensaba que pudiesen aproximarse al reconocimiento de la nece­sidad de transformaciones en la dirección del socialismo.
Pero hay más. También en algunos grupos de la bur­guesía y en amplios sectores de los partidos guberna­mentales (aparte del P.S.I., naturalmente) se reconoce —por decirlo con las frases que hoy leemos en los ór­ganos de prensa de los partidos de Gobierno— que hace falta un nuevo modelo de desarrollo, una política de planificación y de reforma que caiga sobre los parasi­tismos y los privilegios, que promueva el consumo so­cial en lugar del privado, que modifique radicalmente la política del Mezzogiorno.
(...) Es evidente, por otra parte, que el paso a un tipo nuevo de desarrollo económico y de organización social no puede tener lugar de golpe si no se quiere pro­vocar trastornos en sectores enteros del sistema produc­tivo y de la vida civil, que afectarían, ante todo, a la clase obrera y a los trabajadores en sus niveles salariales y en el empleo. Los poderes públicos (Gobierno, Parla­mento, Regiones, Ayuntamientos) deben señalar con la máxima claridad a dónde se va y dónde se debe ir, y deben tomarse inmediatamente las iniciativas adecuadas, capaces de transmitir a todos la claridad del programa y del camino elegido, de modo que nadie piense que todo pueda volver a ser como antes, a la desastrosa po­lítica que nos ha llevado a la crisis actual. Hacen falta, pues, una línea y una dirección políticas capaces de pla­nificar las intervenciones en el desarrollo, de modo que se dé una rigurosa continuidad entre las medidas a corto plazo y las previstas a medio y a largo.
Una vez establecida esta línea clara, es preciso de­terminar con previsión los tiempos, los ritmos y los mo­dos según los cuales han de perseguirse y alcanzarse los objetivos fijados.
Por ejemplo, es urgente la necesidad del desarrollo de los transportes públicos, realizar un nuevo ordenamiento en cuanto a urbanismo y construcción, así como de toda la estructura de la vida ciudadana, de los horarios de trabajo, del comercio y de la administración pública, con el fin de realizar un modo de vida más civil, lo que se define como «una dimensión más humana de la ciudad».
Para alcanzar todo esto hace falta una reconversión en profundidad de amplios sectores del sistema industrial, organizado hasta ahora en función de objetivos del todo opuestos. Esta reconversión, que supone, por ejemplo, la producción masiva de medios de transporte público, de prefabricados ligeros, etc., es ordenada inmediatamen­te, pero está claro que la misma se pone en práctica de modo que se salvaguarden el empleo y las conquistas sindicales y de modo que se respeten los tiempos téc­nicamente necesarios para la misma reconversión. Tene­mos bien presentes estas exigencias objetivas de tiempos y de técnicas, pero no menos presente tenemos el riesgo de que los discursos sobre el nuevo modelo acaben en la nada, que se vaya a medidas contradictorias, a las viejas inercias y a sutiles aplazamientos, mientras por el contrario crece la urgencia objetiva del cambio y de medidas concretas en dirección del mismo.
De especial urgencia es la definición y la elaboración de planes precisos en tres direcciones al mismo tiempo: primero, un plan para el desarrollo de la producción masiva de medios de transporte colectivo públicos y para la reorganización del tráfico urbano, vinculado a un nue­vo planteamiento de la vida ciudadana; segundo, un plan para asegurar la cobertura de las necesidades energéticas del país para usos económicos y civiles (y al respecto existe ya en la Cámara una propuesta del P.C.I.); ter­cero, un plan para la agricultura, que se proponga el objetivo de la recuperación de tierras abandonadas, la defensa del suelo, un incremento fuerte y rentable de la ganadería y otras obras y transformación y desarrollo de los cultivos. La primera condición para realizar este ob­jetivo es que se garantice a los campesinos, a los culti­vadores, a los agricultores, a los ganaderos, una remu­neración adecuada de su trabajo y de su capital, bien a través de reformas en el régimen jurídico (comenzando por la transformación de la aparcería y el colonato en arrendamiento), bien a través de una más amplia inter­vención pública, concentrada ahora en las Regiones.
(...) La situación de conjunto del país, tanto por la gravedad que la caracteriza y por los riesgos que sobre ella recaen como por el alcance de la obra de renovación necesaria y posible, demuestra los fundamentos reales que tiene la perspectiva que hemos señalado al país al proponer la dirección de un giro democrático que se base en la colaboración de todas las fuerzas populares y antifascistas, al hablar de la necesidad de llegar a un nuevo «compromiso histórico».
(Roma, 17-18 de diciembre de 1973: de la intervención en la sesión del Comité Central y de la Comisión Cen­tral de Control del P.C.I.)

(Gobierno de unidad democrática y compromiso histórico. Discursos 1969-1976.- Enrico Berlinguer.- Traducción de Antonio Elorza; Colección dirigida por Juan J. Trías Vejarano, Antonio Elorza y Manuel Pérez Ledesma; Cubierta: César Bobis.- Madrid: editorial Ayuso, 1977)







jueves, 9 de julio de 2015

Por el derecho de negociación colectiva


(Huelga de todos en las administraciones públicas. 26 noviembre. Octavilla publicada por CC.OO durante las movilizaciones contra los Presupuestos Generales del Estado para 1993. Madrid, 1992)