Italia es quizá el país del
mundo capitalista europeo más afectado y amenazado por el
trastorno económico actual. Los últimos acontecimientos (devaluación del dólar,
dificultades en el aprovisionamiento de materias primas y alimentarias con la
elevación de su precio, crisis del petróleo) han hecho precipitarse, hasta la
quiebra, un modelo de desarrollo que ha figurado entre los más frágiles y
deformes de todo el mundo capitalista, después de que en los últimos años se
derrumbasen algunos de los pilares sobre los que semejante desarrollo estaba basado
(el régimen de bajos salarios, el drenaje desconsiderado de recursos del
Mezzogiorno). Son ya evidentes a todos los crímenes verdaderos y propiamente
dichos que los comunistas tantas veces hemos denunciado:
— El abandono de la defensa del suelo y de millones
de hectáreas de tierra, que han llevado a la agricultura y a la gente de los
campos a las condiciones que nadie ya se atreve a negar, y que obligan hoy a
gastar miles de millones para el aprovisionamiento de bienes de
alimentación y de productos agrícolas.
—
Haber hecho de la producción de
automóviles privados el elemento piloto, fundamental, del desarrollo industrial
y del gasto público en infraestructura viaria (miles de millones invertidos en
autopistas) y en ciertos tipos de consumo como indicadores del bienestar, en
detrimento de los transportes públicos, de las escuelas, de las estructuras
sanitarias, etc.
—
La devastación de las ciudades,
provocada tanto por la expansión del transporte privado como por la feroz
especulación inmobiliaria.
—
Una política de la energía que
ha llevado a los siguientes absurdos: por una parte, la proliferación de
refinerías mucho más allá de las necesidades del país y, por añadidura, en
medida preponderante en manos de compañías petrolíferas privadas en un país que
tenía en el E.N.I. de Mattei un poderoso instrumento de control y de iniciativa
al servicio de intereses públicos y nacionales; por otra, una insuficiencia de
centrales eléctricas y de electroductos que afecta en modo particular al desarrollo
económico del Mezzogiorno y que corre el riesgo de hacer irrealizables las
mismas iniciativas, tanto públicas como privadas, de que con tanto clamor
hablan programas y proyectos.
—
Una política exterior que no ha
sabido beneficiarse a tiempo de todas las posibilidades de colaboración
económica ofrecidas por el desarrollo de economías a menudo complementarias,
como las de los países socialistas y las de los países de África y del vecino
Oriente Medio. Esta misma política exterior, en lo que concierne a las
relaciones con los países de la
C.E .E., ha visto a los representantes de Italia renunciar,
con demasiada frecuencia, a la defensa de los intereses nacionales (de modo
particular en materia agrícola) para perderse en actitudes de mediación
—asumidas en ocasiones por pura vanidad y autopropaganda— entre los intereses
concurrentes de otros países.
No olvidamos, entre otras cosas, que Italia
figura entre los países con mayor escasez de materias primas y de recursos
energéticos propios. He aquí, pues, el conjunto de razones —en parte objetivas,
pero también y especialmente derivadas de la responsabilidad de los grupos
dominantes— que hacen de Italia el país más expuesto a los vaivenes económicos
que agitan al mundo capitalista.
Los peligros que amenazan a la economía italiana,
las condiciones de trabajo y de vida del pueblo, las propias perspectivas de
desarrollo nacional, son graves y, por consiguiente, están más que justificados
el malestar, el disgusto y las preocupaciones populares por las incomodidades
que ya se soportan (aumento del coste de la vida, penuria de géneros
alimenticios) y por los demás que podrían añadirse de no conseguirse bloquear
la tendencia a una recesión en la producción, que es la amenaza más seria.
(...) Pero si hace falta saber y considerar posible
con realismo que puedan tener lugar ulteriores empeoramientos de la situación,
el verdadero problema, que nos planteamos a nosotros mismos y al país, es
justamente el de evitar dicha posibilidad y considerar, por el contrario, a la
propia crisis actual como una gran ocasión para poner en marcha un proceso de
transformación y de renovación de nuestra sociedad. En una situación cargada
de tantos elementos negativos y de tantos riesgos hay, en efecto, un dato
positivo esencial: este dato viene constituido por el hecho de que la
transformación profunda en los modos del desarrollo económico, social y civil
del país y en la estructura misma de la producción y del consumo, en una
dirección y según formas cada vez más sociales, se presenta como una vía
obligada, y esto no sólo por razones de justicia, sino por un estado de necesidad
económica, esto es, por la necesidad de asegurar la continuidad y el
crecimiento del desarrollo productivo.
Esta necesidad, hoy, se ha
vuelto de absoluta urgencia, en el momento en que entran en crisis, tanto a
nivel internacional como a nivel interior, los supuestos y las perspectivas del
viejo modelo de desarrollo.Desaparecen los supuestos, esto es, la posibilidad
de continuar disfrutando de los bajos precios de las materias primas, en
detrimento de los países más atrasados, y de proseguir la rapiña de recursos de
la misma Italia, en perjuicio del Mezzogiorno y de la agricultura; desaparecen
las perspectivas, esto es, la posibilidad de dilatar indefinidamente el tipo
de consumo individual que ha arrastrado hasta ahora el desarrollo económico.
Esto significa que el país necesita en la actualidad —so pena de su decadencia—
efectuar un salto adelante y que esto sólo puede hacerlo introduciendo en su
estructura económica y social, y en los modos de vida de los ciudadanos, por
lo menos algunos «elementos» que no dudamos en definir de socialismo. La
conciencia de esta necesidad y de esta posibilidad se encuentra hoy muy
difundida, no sólo entre los obreros, sino también en estratos de trabajadores,
intelectuales, capas medias y en ciudadanos de otras inspiraciones ideales, de
quienes no se pensaba que pudiesen aproximarse al reconocimiento de la necesidad
de transformaciones en la dirección del socialismo.
Pero hay más. También en algunos grupos de la burguesía
y en amplios sectores de los partidos gubernamentales (aparte del P.S.I., naturalmente)
se reconoce —por decirlo con las frases que hoy leemos en los órganos de
prensa de los partidos de Gobierno— que hace falta un nuevo modelo de
desarrollo, una política de planificación y de reforma que caiga sobre los
parasitismos y los privilegios, que promueva el consumo social en lugar del
privado, que modifique radicalmente la política del Mezzogiorno.
(...) Es evidente, por otra parte, que el paso a un
tipo nuevo de desarrollo económico y de organización social no puede tener
lugar de golpe si no se quiere provocar trastornos en sectores enteros del
sistema productivo y de la vida civil, que afectarían, ante todo, a la clase obrera y a los trabajadores en sus niveles
salariales y en el empleo. Los poderes públicos (Gobierno, Parlamento,
Regiones, Ayuntamientos) deben señalar con la máxima claridad a dónde se va y
dónde se debe ir, y deben tomarse inmediatamente las iniciativas adecuadas,
capaces de transmitir a todos la claridad del programa y del camino elegido, de
modo que nadie piense que todo pueda volver a ser como antes, a la desastrosa
política que nos ha llevado a la crisis actual. Hacen falta, pues, una línea y
una dirección políticas capaces de planificar las intervenciones en el
desarrollo, de modo que se dé una rigurosa continuidad entre las medidas a
corto plazo y las previstas a medio y a largo.
Una vez establecida esta línea clara, es preciso determinar
con previsión los tiempos, los ritmos y los modos según los cuales han de
perseguirse y alcanzarse los objetivos fijados.
Por ejemplo, es urgente la necesidad del desarrollo
de los transportes públicos, realizar un nuevo ordenamiento en cuanto a
urbanismo y construcción, así como de toda la estructura de la vida ciudadana,
de los horarios de trabajo, del comercio y de la administración pública, con el
fin de realizar un modo de vida más civil, lo que se define como «una dimensión
más humana de la ciudad».
Para alcanzar todo esto hace falta una reconversión
en profundidad de amplios sectores del sistema industrial, organizado hasta
ahora en función de objetivos del todo opuestos. Esta reconversión, que supone,
por ejemplo, la producción masiva de medios de transporte público, de
prefabricados ligeros, etc., es ordenada inmediatamente, pero está claro que
la misma se pone en práctica de modo que se salvaguarden el empleo y las
conquistas sindicales y de modo que se respeten los tiempos técnicamente
necesarios para la misma reconversión. Tenemos bien presentes estas exigencias
objetivas de tiempos y de técnicas, pero no menos presente tenemos el riesgo de
que los discursos sobre el nuevo modelo acaben en la nada, que se vaya a
medidas contradictorias, a las viejas inercias y a sutiles aplazamientos, mientras por el contrario
crece la urgencia objetiva del cambio y de medidas concretas en dirección del
mismo.
De especial urgencia es la definición y la
elaboración de planes precisos en tres direcciones al mismo tiempo: primero, un
plan para el desarrollo de la producción masiva de medios de transporte
colectivo públicos y para la reorganización del tráfico urbano, vinculado a un
nuevo planteamiento de la vida ciudadana; segundo, un plan para asegurar la
cobertura de las necesidades energéticas del país para usos económicos y
civiles (y al respecto existe ya en la Cámara una propuesta del P.C.I.); tercero, un
plan para la agricultura, que se proponga el objetivo de la recuperación de
tierras abandonadas, la defensa del suelo, un incremento fuerte y rentable de
la ganadería y otras obras y transformación y desarrollo de los cultivos. La
primera condición para realizar este objetivo es que se garantice a los
campesinos, a los cultivadores, a los agricultores, a los ganaderos, una remuneración
adecuada de su trabajo y de su capital, bien a través de reformas en el régimen
jurídico (comenzando por la transformación de la aparcería y el colonato en
arrendamiento), bien a través de una más amplia intervención pública,
concentrada ahora en las Regiones.
(...) La situación de conjunto del país,
tanto por la gravedad que la caracteriza y por los riesgos que sobre ella
recaen como por el alcance de la obra de renovación necesaria y posible,
demuestra los fundamentos reales que tiene la perspectiva que hemos señalado al
país al proponer la dirección de un giro democrático que se base en la
colaboración de todas las fuerzas populares y antifascistas, al hablar de la
necesidad de llegar a un nuevo «compromiso histórico».
(Roma, 17-18 de
diciembre de 1973: de la intervención en la sesión del Comité Central y de la
Comisión Cen tral de Control del P.C.I.)
(Gobierno de unidad democrática y compromiso histórico.
Discursos 1969-1976.- Enrico Berlinguer.- Traducción de Antonio Elorza; Colección dirigida por Juan
J. Trías Vejarano, Antonio Elorza y Manuel Pérez Ledesma; Cubierta: César
Bobis.- Madrid: editorial Ayuso, 1977)

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