jueves, 22 de diciembre de 2016

Desvalimiento

Finalmente, tras varios días recorriendo las zonas desalmadas que había entre mi hotel y Ferguson, bajo un calor sofocante y empapado en humedad, sentí la necesidad de protegerme en la cáscara de acero de un automóvil. Fui al aeropuerto y elegí uno de los nuevos escarabajos con GPS de Volks­wagen. Lo alquilé en Álamo, que ya pertenecía a National, al igual que Budget pertenecía a Avis, Chipotle pertenecía a McDonald's y Taco Bell a Kentucky Fried Chicken. Decidí cenar en un restaurante mexicano, Pueblo Nuevo, el único «corazón que late» en la larga franja comercial, según me había aconsejado mi nuevo amigo André McFarlane. Esta vez, en lugar de cruzar la interestatal 70 a pie, como el día anterior, esperando veinte minutos antes del angustioso pitido que permitía cruzar durante sólo diez segundos —y con riesgo de ser detenido por «deambular», como Michael Brown—, fui en coche, utilizando el GPS para recorrer los poco más de doscientos metros. Así no me perdería en el laberíntico nudo de carreteras.
Al salir del restaurante, subiendo la rampa para entrar en la autopista, vi a una mujer que cruzaba sorteando el trá­fico. La miré fugazmente, durante una fracción de segun­do, y ella me devolvió la mirada, quizás viendo un clavo al que agarrarse en una noche oscura sólo iluminada por las luces parpadeantes rojas y azules de los coches policiales. Vi sus ojos atemorizados y, tras el cruce de miradas, ya no pude seguir como si mi pasado reciente de peatón desamparado jamás hubiese existido. Bajé la ventanilla. «¿Sabe dónde está Cape?», me preguntó, «creo que debo ir en dirección sur». Le dije que lo sentía mucho pero que no era de San Luis, y arranqué, siguiendo las instrucciones de la voz del GPS para llegar al Holiday Inn Express, visible a doscientos metros de distancia pero inalcanzable sin la ayuda del satélite que orbitaba el planeta. Pero la mirada de pavor y desesperanza de la mujer negra y enjuta, de unos cuarenta años, que quizás habría pasado desapercibida en la noche de no ser por su vestido de colores vivos, había penetrado, aunque fuera sólo unos milíme­tros, en mi conciencia. Volví a detenerme. «Puedo llevarla al otro lado de la carretera, si quiere.» Subió al coche. «Acabo de salir de la cárcel y trato de llegar a Cape; vine ayer con unas amigas de California y acabé peleándome con una de ellas; es­taba borracha, me detuvieron y me metieron en el calabozo», me explicó. Puse el GPS. Cape Girardeau, 190 kilómetros. Le expliqué que era imposible llevarla tan lejos. «Claro. Ten­go que encontrar una estación de servicio.» Seguimos las ins­trucciones del GPS dirección a Cape, pasando por calles que la asustaron a ella y que me asustaron a mí. Aún no se había inventado un GPS que seleccionara sólo las calles opulentas de la ciudad dividida.
La dejé en una gasolinera en una de las franjas comer­ciales de la carretera, igual que el resto de franjas comercia­les, con las mismas franquicias —QuikTrip, Burger King, Subway— que había visto en el cuartel general de las fuerzas de ocupación policial y mediática. Pero por lo menos esta­ba en la autopista dirección a Cape y había algún camión aparcado que, con un poco de suerte, podría acercarla a su destino. A eso, al menos, nos agarramos yo y mi conciencia. «¿Por qué a Cape?», le pregunté dándole un billete de veinte dólares, antes de que bajase. «Porque es adonde me dijeron que fuera», respondió.
(Off the Road. Miedo, asco y esperanza en América.- Andy Robinson.- Madrid: Ariel, 2016)

domingo, 20 de noviembre de 2016

Nobel

20 de noviembre, día de Acción de Gracias
Al marido de Mary Lore habían empezado a lla­marle Mannix por su parecido con el detective de una se­rie televisiva, y treinta años más tarde aún conservaba el apodo a pesar de que su poblado bigote y su robustez le hacían parecerse más a un luchador de catch que a un de­tective de pantalla. Todos los años, según dijo Mary Lore cuando nos invitó a la celebración, era él quien se encarga­ba de asar el pavo del día de Acción de Gracias.
Earle, Ángela y yo estábamos sentados en la gale­ría acristalada de la casa, bebiendo una copa de vino y a la espera de que nos llamaran para sentarnos a la mesa. Man­nix se unió a nosotros y nos explicó su receta para preparar el pavo, o, como lo llamaba él, the bird, «el pájaro».
—Agua, sal, zumo de manzana, ajo, cáscara de naranja, mantequilla...
Alargaba un dedo por cada ingrediente. Le hicie­ron falta los de las dos manos.
—La receta es la de siempre. Solo que yo le voy a añadir pimientos rojos antes de servirlo. En casa de Mary Lore lo preparan así, como el pollo en el País Vasco. Los pimientos rojos caramelizados quedan deliciosos.
El olor de los pimientos caramelizados llegaba cla­ramente hasta la galería.
—¿Cuánto ha pesado nuestro pájaro? —le pregun­tó Earle.
—Siete kilos. Pero tranquilo. Se hará bien. Lleva cinco horas y media en el horno.
Un profesor de la Escuela de Periodismo tocaba el piano en la sala, y Dennis, la sobrina de Mary Lore —cuan­do se presentó nos dijo que se llamaba Natalie, «como las francesas»— y un amigo suyo con gafas redondas de inte­lectual estaban de pie alrededor del instrumento. De pron­to, se pusieron a cantar: «Let it be, let it be...». Las niñas, que veían la televisión en un rincón de la sala, pidieron silen­cio. Izaskun y Sara con más vehemencia que las tres hijas de Mannix y Mary Lore.
—Empiezan los fuegos artificiales —dijo Earle mirando hacia el cielo de Reno.
Mary Lore abrió la puerta del jardín. El frío aire de noviembre entró en la galería.
—¡Los que quieran ver los fuegos que salgan fuera!
Ángela me pidió que cogiera los abrigos de las ni­ñas, y fui al colgador de la entrada a por ellos. Dentro de la casa dominaba el olor de la carne asada, por encima del de los pimientos rojos caramelizados. También me llegó el olor a naranja, una pizca.
Al volver, vi a Dennis en la cocina, agachado frente al horno iluminado. Entré a mirar yo también. El pájaro de siete kilos tenía la piel dorada. Los pimientos, los pimientos rojos, rojo oscuro en aquel momento, llenaban dos sartenes enormes. Sobre una pequeña mesa, en la que casi no cabían, había tres tartas, dos de calabaza y la tercera de chocolate, y diez o doce botellas de vino de marcas diferentes.
—¡Perfecto! -—exclamó Dennis.
Angela se asomó a la cocina.
—Hace mucho frío fuera —dijo.
Le di los abrigos de Izaskun y Sara y nos dirigimos al jardín.
Los cohetes los disparaban desde la azotea del casi­no de mayor altura, el Silver Legacy. Las detonaciones eran muy fuertes, pero las luces, los destellos, apenas destacaban. Había demasiada luminosidad en el ambiente, y demasiado color: el fucsia, el rojo y el verde de los propios casinos.
—Tenían que haber dejado la ciudad a oscuras. De esta forma los fuegos no lucen nada —dijo a mi lado un hombre en el que no me había fijado hasta entonces.
Tenía el físico de un asceta. Estaba muy delgado, y su coronilla parecía tonsurada. Alargó la mano y se pre­sentó:
—Jeff. Soy hermano de Dennis. Tipógrafo. Hasta ahora he estado en la cama, descansando.
Dennis nunca me había hablado de él, y mostré sorpresa.
—Vivo en San Francisco. Además, la verdadera fa­milia de Dennis son los aparatos electrónicos. Es normal que nunca hable de mí —dijo. No bromeaba.
Pensé que, de estar presente, Earle no habría dejado de mencionar las arañas como los otros parientes de Den­nis. Pero estaba con Mannix, Mary Lore y el propio Dennis en el otro extremo del jardín.
Ahora disparaban los cohetes con más potencia. En el cielo, en la semioscuridad, se formaban cascadas de luz y flores que se expandían y transformaban como las de los caleidoscopios. Las cascadas de luz eran más boni­tas que las flores.
—El término «tipógrafo» es confuso —dijo Jeff—. La mayoría de la gente da ese nombre al encarga­do de los tipos de letra en una imprenta. Pero también se denomina así al especialista en tipos. Yo pertenezco al se­gundo grupo.
—Parece interesante —dije.
Jeff no prestaba atención a los fuegos artificiales.
—¿Qué tipo de letra utilizas para escribir en el or­denador? —me preguntó.
—Garamond, Times, Lucida...
—Lucida es una buena letra.
De pronto fue como si dispararan los cohetes con ametralladora. Era la traca final. Dos minutos después, Reno volvía a ser la de siempre: una ciudad de luces blan­cas en la que Silver Legacy, Harrah's y los otros casinos se elevaban como catedrales. Las niñas empezaron a protes­tar. Consideraban que los fuegos habían durado poco.
—Yo pensaba que iban a ser más bonitos —insis­tió Sara al entrar en casa. Iba con Izaskun y con las tres hijas de Mary Lore y Mannix, en grupo. En medio de la sala, la mesa estaba ya preparada, con entremeses y be­bidas.
Jeff se sentó a mi lado, Angela enfrente. En una diagonal, hacia la izquierda, tenía a Dennis; en la otra, ha­cia la derecha, al profesor de la Escuela de Periodismo que había estado tocando el piano. Cerraban la mesa por aquel lado Natalie, la sobrina de Mary Lore, y su amigo de as­pecto intelectual.
Mannix, de pie en la cabecera de la mesa, fue seña­lando y nombrando uno a uno los entremeses:
—Atún con aguacate, arroz con tomates deshidra­tados, ensalada de endibias con gorgonzola, jamón espa­ñol, chorizo español, un poco de hummus...
Señaló las botellas.
—Vino californiano, vino chileno, vino español, francés...
—¿El agua sigue estando prohibida en esta casa, Mannix? —preguntó Earle. Estaba sentado a su izquierda, y a la derecha de Dennis.
—El que quiera agua, limonada o Coca-Cola que se siente a la mesa de las niñas. Y el que quiera pizza, tam­bién —declaró Mannix cruzando los brazos y enderezan­do el cuerpo de forma exagerada, como un luchador de catch de comedia.
—No pretendía ofenderte. Si hay que beber vino, se beberá —dijo Earle.
Las niñas se habían sentado a la mesa que había enfrente del aparato de televisión. Mary Lore les estaba re­partiendo la pizza. Era de supermercado, calentada en el microondas.
—El pájaro está cogiendo un color precioso —dijo Mannix tras darse una vuelta por la cocina. Su olor llega­ba con nitidez a la sala. El de los pimientos rojos, más dé­bilmente.
—¿Qué es lo que te gusta de la letra Lucida? —me preguntó Jeff en cuanto nos pusimos a comer. Yo tenía en el plato una mezcla de atún con aguacate. El, un poco de jamón.
La Garamond también me gusta mucho —con­testé.
Jeff sacó una libreta del bolsillo de la camisa y di­bujó varias letras en una hoja en blanco. Tenía una pluma bonita, negra y con la punta dorada.
La Garamond y la Lucida parecen idénticas, ¿verdad? —dijo, mostrándome la hoja de la libreta. Había escrito dos veces, en mayúscula y en líneas paralelas, las le­tras F, H y T del alfabeto—. Pero no lo son —conti­nuó—. Las letras del tipo Garamond son algo más an­chas, como se ve claramente en la hache. ¿Lo ves? La hache del tipo Lucida es más erguida. Compara ahora estas dos tes. Las dos pestañas de la barra horizontal de la Gara­mond son diferentes, una baja en línea recta y la otra se inclina hacia la derecha. En cambio, las pestañas de la Lu­cida son iguales, ambas descienden en línea recta...
—Jeff, escucha un momento. Escuchad todos, por favor. Tengo una idea —interrumpió Mannix. Volvía a es­tar de pie en la cabecera de la mesa, con las manos en la cintura.
Jeff cogió la libreta y la guardó en el bolsillo de la camisa. Angela, Dennis, Earle, todos los de la mesa deja­mos de hablar y prestamos atención. En la sala solo se oía, débilmente, el sonido de la película que estaban viendo las niñas. Me pareció que se trataba de Ratatouille, la favorita de Izaskun y Sara aquella temporada.
Mannix expuso su idea.
—Sería una lástima que un día como hoy, en un banquete como este, las conversaciones se dispersaran, así que voy a proponeros algo. Hablemos todos de un mismo tema, de uno en uno. Habla uno y los otros escuchan.
—¿Has pensado el tema? —preguntó Dennis.
—Sí. Se ha pasado toda la tarde dándole vueltas, y al final le ha llegado la inspiración —dijo Mary Lore. Se había sentado ya, a la derecha de Mannix y a la izquierda de Jeff.
Mannix respiró hondo, de forma exagerada, imi­tando de nuevo las maneras de un luchador de catch.
—¡Los olores! —exclamó—. Mientras estaba en la cocina se me han ocurrido otros temas, el amor, el dinero y cosas parecidas, pero cuando el pájaro se ha empezado a tostar en el horno ya no he tenido dudas: ¡los olores! Te­néis que decidir cuál es vuestro olor favorito y exponerlo ante todos. Empezaremos por mi izquierda. Tú serás el primero, Bob.
—A tus órdenes —dijo Earle.
Mannix nos sirvió vino. Levantó la copa.
—Vamos a esperar hasta servir el pájaro. Mientras, podéis hablar de lo que os dé la gana. ¡Feliz cena de Acción de Gracias! ¡Salud!
Le acompañamos en el brindis y seguimos co­miendo.
—Nosotros tendremos tiempo para pensar —dijo Jeff.
Empezando por Earle, y siguiendo el orden marca­do por Mannix, yo sería el séptimo en escoger el olor. Jeff, el octavo. Angela, la tercera.
Los primeros platos del banquete, los tomates deshi­dratados y el aguacate, el hummus y el queso gorgonzola, apenas tuvieron efecto en mi memoria y solo despertaron vivencias recientes, fragmentos de mi vida guardados en la primera o segunda capa de recuerdos. En cambio, el atún, el arroz, el jamón y el chorizo —mejor dicho, su olor— pe­netraron más hondo, y los cuatro, en especial el pimentón picante del chorizo, me recordaron las cenas compartidas con otros soldados en el cuartel de Hoyo de Manzanares treinta años atrás, vivencias enterradas en la séptima u octa­va capa de mi memoria. Pero llegaron, de mano de Mary Lore y Mannix, el pavo asado en el horno y los pimientos rojos caramelizados a fuego lento en la sartén, y los hilos de la cabeza me transportaron directamente a escenas de la duodécima o decimotercera capa, a los años en que mi ma­dre leía el Reader's Digest. En aquella época, década de los sesenta, toda mi familia se juntaba en el restaurante de mis tíos para celebrar la comida del día de San Juan. A veces, como en el relato Abuztuaren 15eko bazkalondoa («La sobre­mesa del 15 de agosto») de Joxe Austin Arrieta, la conversa­ción giraba en torno al pasado de la familia, con alusiones más o menos veladas a la guerra; otras veces, como en La boda de los pequeños burgueses de Bertolt Brecht, la mezcla de humores y de alcohol provocaba discusiones según avan­zaba la comida. En cualquier caso, el banquete nunca era lo que Mannix —o, muchos siglos antes, Agatón— deseaba: la excusa para una buena conversación.
Earle alabó la comida. La carne del «pájaro» esta­ba deliciosa, y la cáscara de naranja le daba un sabor exquisito. Todos estuvimos de acuerdo y, empezando por Dennis, aplaudimos al cocinero.
—Dejaos de bobadas y empezad con los olores —dijo Mannix.
—Me gustaría ser original, pero he escogido el olor que escogería cualquier habitante de Nevada, el de la artemisa del desierto —dijo Earle.
Recordó a continuación lo que cuenta Monique Urza Laxalt en The Deep Blue Memory. El olor a artemisa le había hecho sentirse en casa al volver a Nevada después de una larga estancia en Francia.
—Invitamos a Monique —dijo Mannix—, pero no ha podido venir. Dice que la enfermedad de su hermano es ahora el fuego del hogar, lo que los reúne y mantiene en casa.
—¿De qué hermano habláis? ¿De Bruce Laxalt? ¿El autor del libro de poemas? —pregunté.
—Sí. Está muy enfermo —dijo Mary Lore.
—Compramos su libro en Borders —dijo Angela.
Mannix hizo un gesto, extendiendo los brazos y poniéndolos en forma de aspa. La conversación no debía seguir aquel rumbo. Miró a Dennis.
—Es tu turno. ¿Qué olor has escogido?
—El que se siente al entrar en un coche recién comprado —contestó Dennis.
Jeff se inclinó hacia mí.
—Sabía que escogería una máquina. Siempre ha sido así. Su afición a los insectos es más circunstancial. Si viviera en San Francisco no la tendría.
Dennis explicó el recuerdo que asociaba al olor. Su madre había comprado un Packard cuando él tenía seis o siete años y, sin aparcarlo siquiera delante de casa, le llevó a dar una vuelta. Había sido un gran momento para él. Un momento de felicidad.
Jeff siguió con aire distraído la explicación. Antes de que su hermano acabara de hablar, sacó la libreta del bolsillo de la camisa y anotó algo.
Era el turno de Ángela.
—Me gusta mucho el olor que deja la lluvia al le­vantar el polvo de la tierra seca —dijo.
Se refirió a un pequeño pueblo del País Vasco don­de pasaba los veranos de niña. Siempre estallaba una tor­menta y caía un aguacero durante las fiestas de agosto, cuando más seco estaba el suelo de la plaza. Su preferencia tenía que ver con aquella época de su infancia.
—En Nevada sería un olor raro —dijo Mary Lore—. Aquí no llueve.
—Tampoco hay fiestas en los pueblos —añadió Jeff.
Tomó la palabra el profesor de la Escuela de Perio­dismo que había estado tocando el piano.
—Yo elijo el mismo que Marilyn Monroe. El per­fume de Chanel N° 5. En serio, me encanta.
Hubo risas en la mesa. Jeff volvió a inclinarse ha­cia mí.
—Sabía que haría un chiste.
La conversación se desvió hacia Marilyn Monroe. El profesor de la Escuela de Periodismo explicó que la actriz se había referido en su última entrevista a un libro de Rilke, Cartas a un joven poeta, y que no era descabellado pensar en ella precisamente como poeta. De haber vivido más, quizás lo habría sido de verdad, no podía saberse. Pasó a hablar, acto seguido, de las letras de las canciones de Bob Dylan. En su opinión, era merecedor del Premio Nobel.
Jeff sufrió un acceso de risa que le sacudió todo el cuerpo.
—Esta gente de la Universidad es un castigo —me susurró al oído.

(Días de Nevada.- Bernardo Atxaga.- Barcelona: Punto de lectura, 2015.- Traducción de Asun Garikano y Bernardo Atxaga)



martes, 30 de agosto de 2016

Propósito

En este momento, usted pensó arreglar todo por car­ta y aguardar el próximo viaje mensual para verse con Cécile, en la reunión general de fin de año de los directo­res de las sucursales extranjeras de la casa Scabelli, y sólo el miércoles se precipitaron las cosas, sin duda por­que era trece de noviembre y por consiguiente su aniver­sario, el cuadragésimo quinto, porque Henriette, que daba siempre importancia a esas irrisorias ceremonias familia­res, le había concedido ese año una importancia particu­lar, a causa de sus sospechas aún más justificadas de lo que ella misma cree, esperando retenerlo, envolverlo en esa red de pequeños ritos, no por amor, hace ya mucho tiempo que todo eso había terminado entre ustedes dos (y si hubo alguna vez una pasión juvenil, no tenía nada que ver con ese sentimiento de liberación y encanta­miento que le procuraba Cécile), sino por el temor cada día mayor (ah, cómo envejecía) de que se alterara en algo el orden al que estaba habituada, no por celos verdadera­mente, sino por la obsesión de que una imprudencia de parte de usted o una rencilla violenta disminuyeran su tren de vida o el de los niños, cuando en realidad no ten­dría nada que temer a ese respecto, porque jamás había confiado en usted, o por lo menos desde hacía mucho tiempo, cosa que fue sin duda la causa de esa separa­ción que no hacía más que aumentar con el curso de los años, y que sus éxitos en los negocios, ese triunfo indis­cutible al cual tenía ella que agradecer su hermoso de­partamento que tanto le gustaba, no la habían convenci­do jamás, y aún antes de que tuviera verdaderos motivos de queja, usted sentía cada vez más cómo ella le hacía reproches mudos, lo vigilaba.
Cuando el miércoles entró usted en el comedor para almorzar (a través de la ventana brillaba el admirable follaje del friso del Panteón iluminado por un rayo del sol blanco de noviembre que se apagó rápidamente), cuando vio usted a sus cuatro hijos de pie detrás de sus sillas, tie­sos, burlones, cuando distinguió sobre su rostro, sobre sus labios en sombra, esa sonrisa triunfante, usted tuvo la impresión de que todos se habían puesto de acuerdo para tenderle una trampa, que esos regalos sobre su pla­to eran un cebo, que esa comida había sido cuidadosa­mente elegida para seducirlo (cómo no iba a conocer sus gustos después de casi veinte años de vida en común), todo bien combinado para demostrarle que de ahora en adelante usted era un hombre de edad, ordenado, doma­do, cuando hacía tan poco tiempo que se le había abierto esa vida tan distinta, esa vida que sólo podía vivir todavía algunos días en Roma, esa vida de la cual ésta, la del de­partamento de París, no era más que la sombra, por eso, aferrándose a la prudencia, a pesar de la irritación que sentía, usted se dedicó a seguir el juego, logró mostrarse casi alegre, felicitándolos por la elección, soplando a con­ciencia las cuarenta y cinco velitas, pero completamente decidido a terminar lo antes posible con esa impostura que se había hecho permanente, ese equívoco tan bien instalado. ¡Ya era hora!
Ahora Cécile iba a venir a París y ustedes vivirían juntos. No habría divorcio, nada de escándalos, de eso estaba bien seguro; todo sucedería muy tranquilamente, la pobre Henriette se callaría, usted iría a ver a los niños una vez por semana más o menos; y estaba seguro tam­bién no sólo del asentimiento de Cécile, sino de su triun­fante alegría, ella, que tantas bromas le había gastado so­bre su hipocresía burguesa.

(La modificación.- Michel Butor.- Barcelona : Seix Barral, 1969.- Traducción, Compañía General Fabril Editora.- Cubierta de Núria Pompeia)
Michel Butor murió el pasado miércoles 24 de agosto, en Contamine-sur-Arve, Alta Saboya, a los 89 años de edad; en este enlace, el INA (Institut National de l'audiovisual), ofrece una entrevista con Butor, grabada en 1957, a propósito de esta novela.
Núria Pompeia, autora de la cubierta de esta edición, murió en Barcelona cuatro meses después, el 25 de diciembre pasado, a los 85 años de edad. En este enlace y en este otro, personas que la conocieron reseñan su personalidad y su trabajo.





lunes, 15 de agosto de 2016

Memoria histórica






(Placa conmemorativa colocada en la Escuela Maternal de la Place des Vosges, de Paris. 20 de mayo de 2016)

jueves, 11 de agosto de 2016

Implicación total



(Anuncios publicados en la sección de Servicios del diario El País, el día 24 de julio de 2016. Madrid)