domingo, 31 de octubre de 2010

Violencia

Violencia  f. Calidad de violento. Acción y efecto de violentar o violentarse. Sociol. La violencia está generalmente considerada como una agresión física. Pero ésta no es la única forma de violencia, es sólo una forma de violencia. También se puede hablar de violencia psicológica, de violencia sexual, de violencia económica o de violencia espiritual. Todos estos tipos de violencia tienen en común el que las personas que la reciben sufren una agresión en cualquiera de los niveles en que ésta se expresa. Les puede afectar en su cuerpo, en su identidad personal, en sus creencias o en sus posibilidades materiales. Pero, en todos los casos, no desean la violencia y al recibirla han de soportar un grave perjuicio.
    La violencia puede tener un origen individual o social. La de origen individual es la que en un momento determinado ejerce directamente una persona sobre otra. La violencia de origen social se produce cuando ciertos grupos sufren algún tipo de violencia por su pertenencia a un determinado colectivo, independientemente de lo que sean como personas. En algunos casos, el origen social es circunstancial; en otros, en cambio, es estructural, es decir, la propia organización de la sociedad permite que ciertos grupos estén en condiciones de inferioridad y deban aceptar alguna forma de violencia.
(La enciclopedia [obra realizada por Salvat Editores; dirección editorial, Francesc Navarro] .- Barcelona: Salvat Editores, 2003)

domingo, 24 de octubre de 2010

Lentitud desoladora

    Considerados desde el punto de vista de su existencia terrestre, es decir, no ficticia, sino real, la masa de los hombres presenta un espectáculo de tal modo degradante, tan melancólicamente pobre de iniciativa , de voluntad y de espíritu, que es preciso estar dotado verdaderamente de una gran capacidad de ilusionarse para encontrar en ellos un alma inmortal y la sombra de un libre arbitrio cualquiera. Se presentan a nosotros como seres absoluta y fatalmente determinados: determinados ante todo por la naturaleza exterior, por la configuración del suelo y por todas  las condiciones materiales de su existencia; determinados por las innumerables relaciones políticas, religiosas y sociales, por los hábitos, las costumbres, las leyes, por todo un mundo de prejuicios o de pensamientos elaborados lentamente por los siglos pasados, y que se encuentran  al nacer a la vida en sociedad, de la cual ellos no fueron jamás los creadores, sino los productos, primero, y más tarde los instrumentos.
    Sobre mil hombres apenas se encontrará uno del que se pueda decir, desde un punto de vista no absoluto, sino solamente relativo, que quiere y que piensa por sí mismo. La inmensa mayoría de los individuos humanos, no solamente en las masas ignorantes, sino también en las clases privilegiadas, no quieren y no piensan más que lo que todo el mundo quiere y piensa a su alrededor; creen sin duda querer y pensar por sí mismos, pero no hacen más que reproducir servilmente, rutinariamente, con modificaciones por completo imperceptibles y nulas, los pensamientos y las voluntades ajenas. Esa servilidad, esa rutina, fuentes inagotables de la trivialidad, esa ausencia de rebelión en la voluntad de iniciativa, en el pensamiento de los individuos  son las causas principales de la lentitud desoladora del desenvolvimiento histórico de la humanidad.
  (Dios y el Estado / Mijaíl Bakunin ; traducción de Diego Abad de Santillán
 Barcelona : El Viejo Topo, [1997])

miércoles, 20 de octubre de 2010

El artista y su tiempo

Nadie le pide [al escritor] que escriba sobre las cooperativas ni que, a la inversa, anestesie en sí los sufrimientos padecidos por los otros en la historia. Y ya que me ha pedido que hable en primera persona, lo haré lo más sencillamente posible. Como artistas quizá no necesitemos intervenir en los asuntos del siglo. Pero como hombres sí. El minero a quien explotan o fusilan, los esclavos de los campos de concentración, los de las colonias, las legiones de perseguidos que cubren el mundo necesitan que cuantos puedan hablar suplan su silencio y no se aparten de ellos. No escribí, día tras día, artículos y textos de combate, no participé en las luchas comunes porque me apeteciera sembrar el mundo de estatuas griegas y de obras maestras. Existe en mí el hombre con esa apetencia. Simplemente, tiene algo mejor que hacer intentando dar vida a las criaturas de su imaginación. Pero desde mis primeros artículos a mi último libro solo he escrito tanto, quizá demasiado, porque me es imposible dejar de verme arrastrado al lado de lo cotidiano, al lado de los humillados y rebajados, sean quienes sean. Estos necesitan tener esperanza, y si todos callan, o si les dan a elegir entre dos tipos de humillación, se desesperarán para siempre, y nosotros con ellos. Esa idea me parece imposible de soportar, y quien no puede soportarla no puede tampoco dormirse en su torre. No por virtud, está claro, sino por una especie de intolerancia casi orgánica, que se siente o no se siente. Veo, por mi parte, a muchos que no la sienten, pero no les envidio su sueño.
Albert Camus.– Crónicas (1944-1953).– Madrid: Alianza Editorial, 2002.
Traducción de Esther Benítez

lunes, 11 de octubre de 2010

La duración pide insistentemente un poema

El poema de la duración es un poema de amor.
Trata de un flechazo,
al que siguieron luego muchos flechazos como éste.
Y este amor
no tiene la duración en ningún acto concreto,
más bien en un antes y un después
en el que, por el nuevo sentido del tiempo que depara el amor,
el antes era el después
y el después el antes.
Nos habíamos unido
antes de unirnos;
seguimos uniéndonos
después de habernos unido,
y de este modo, años y años, estuvimos
cadera con cadera, aliento con aliento,
uno al lado del otro.
Tus cabellos castaños tomaron una coloración roja
y se volvieron rubios.
Tus cicatrices se multiplicaron
y se hicieron inencontrables.
Tu voz tembló,
o se volvió firme, susurró, se estremeció,
acabó convirtiéndose en una cantilena,
fue el único sonido en la inmensidad de la noche,
calló, a mi lado.
Tus cabellos lacios se ondularon;
tus ojos claros se oscurecieron;
tus grandes dientes se volvieron pequeños;
en la tersa piel de tus labios
se vio una fina muestra, suavemente dibujada;
en tu barbilla, siempre lisa,
toqué un hoyo que no había estado allí nunca;
y nuestros cuerpos, en vez de hacerse daño el uno al otro,
se ensamblaron, jugando, en una sola cosa,
mientras que, en la pared de la habitación,
a la luz que llegaba del farol de la calle,
se movían los matorrales de los jardines de Europa,
las sombras de los árboles de América,
las sombras de los pájaros nocturnos de todas partes.


(Poema de la duración.- Peter Handke.- Barcelona: Lumen, 1991. Traducción de Eustaquio Barjau)

viernes, 8 de octubre de 2010

La búsqueda de interlocutor

    Se recogen en este volumen una serie de artículos que he venido publicando en diversas revistas a lo largo de diez años. La selección creo que tiene cierta unidad; en todos ellos se roza profunda o lateralmente un asunto al que he comprobado que, más tarde o más temprano, acaba remitiendo cualquier posible reflexión sobre los conflictos humanos: el de la necesidad de espejo y de interlocución, se sepan o no buscar. Necesidad enmascarada por un cúmulo de circunstancias adversas y de interpretaciones falaces, pocas veces confesada y menos satisfecha, pero que nunca, aún cuando se reniegue agresivamente de ella, deja de condicionar, como último móvil, nuestros actos y nuestras omisiones.
    Hay un artículo que podría parecer extraño al conjunto: el que escribí en noviembre de 1969, recién muerto mi amigo Ignacio Aldecoa, con quien en los últimos años había hablado muy poco. Pero el hecho de escribirlo respondía a una necesidad concreta y personal de interlocución con el amigo muerto, era como un desagravio desesperado a aquellas conversaciones diferidas, a aquellos recuerdos que siempre pensaba que habría tiempo para revisar placenteramente en común frente a un vaso de vino. Fue escrito bajo la penosa constatación - evidencia brutal que solamente la muerte aporta- de la ruptura inexorable de nuestras relaciones pasadas y posibles. Por eso, aunque no se hagan en él menciones explícitas a las dificultades e inercias que el mundo opone a la comunicación con los demás, lo he querido incluir; porque la cuestión operaba en mí de fondo.
    La selección se cierra con un cuento que escribí en 1970. El quiebro que introduce este cambio de género, aunque algunos lo puedan tener por anacrónico, a mí no me parece obstaculizar la armonía del conjunto, sino que, por el contrario, lo veo como un remate muy adecuado a las consideraciones acerca de la desazón femenina que sirven de tema a los escritos que le preceden.
    Como se verá, los artículos no están agrupados por orden cronológico; me he limitado a poner al pie de cada uno la fecha de su publicación y el nombre de la revista en la cual aparecieron. El libro lleva el título de uno de ellos, que es también el más ilustrativo de cuanto vengo diciendo: toda búsqueda de aprecio, de identidad, de afirmación o de confrontación con el mundo se reducen, en definitiva, a una búsqueda de interlocutor.
Madrid, diciembre de 1972. 
    
(Prólogo de La búsqueda de interlocutor y otras búsquedas.- Carmen Martín Gaite.- Madrid: Nostromo, 1973)