El poema de la duración es un poema de amor.
Trata de un flechazo,
al que siguieron luego muchos flechazos como éste.
Y este amor
no tiene la duración en ningún acto concreto,
más bien en un antes y un después
en el que, por el nuevo sentido del tiempo que depara el amor,
el antes era el después
y el después el antes.
Nos habíamos unido
antes de unirnos;
seguimos uniéndonos
después de habernos unido,
y de este modo, años y años, estuvimos
cadera con cadera, aliento con aliento,
uno al lado del otro.
Tus cabellos castaños tomaron una coloración roja
y se volvieron rubios.
Tus cicatrices se multiplicaron
y se hicieron inencontrables.
Tu voz tembló,
o se volvió firme, susurró, se estremeció,
acabó convirtiéndose en una cantilena,
fue el único sonido en la inmensidad de la noche,
calló, a mi lado.
Tus cabellos lacios se ondularon;
tus ojos claros se oscurecieron;
tus grandes dientes se volvieron pequeños;
en la tersa piel de tus labios
se vio una fina muestra, suavemente dibujada;
en tu barbilla, siempre lisa,
toqué un hoyo que no había estado allí nunca;
y nuestros cuerpos, en vez de hacerse daño el uno al otro,
se ensamblaron, jugando, en una sola cosa,
mientras que, en la pared de la habitación,
a la luz que llegaba del farol de la calle,
se movían los matorrales de los jardines de Europa,
las sombras de los árboles de América,
las sombras de los pájaros nocturnos de todas partes.
(Poema de la duración.- Peter Handke.- Barcelona: Lumen, 1991. Traducción de Eustaquio Barjau)
Trata de un flechazo,
al que siguieron luego muchos flechazos como éste.
Y este amor
no tiene la duración en ningún acto concreto,
más bien en un antes y un después
en el que, por el nuevo sentido del tiempo que depara el amor,
el antes era el después
y el después el antes.
Nos habíamos unido
antes de unirnos;
seguimos uniéndonos
después de habernos unido,
y de este modo, años y años, estuvimos
cadera con cadera, aliento con aliento,
uno al lado del otro.
Tus cabellos castaños tomaron una coloración roja
y se volvieron rubios.
Tus cicatrices se multiplicaron
y se hicieron inencontrables.
Tu voz tembló,
o se volvió firme, susurró, se estremeció,
acabó convirtiéndose en una cantilena,
fue el único sonido en la inmensidad de la noche,
calló, a mi lado.
Tus cabellos lacios se ondularon;
tus ojos claros se oscurecieron;
tus grandes dientes se volvieron pequeños;
en la tersa piel de tus labios
se vio una fina muestra, suavemente dibujada;
en tu barbilla, siempre lisa,
toqué un hoyo que no había estado allí nunca;
y nuestros cuerpos, en vez de hacerse daño el uno al otro,
se ensamblaron, jugando, en una sola cosa,
mientras que, en la pared de la habitación,
a la luz que llegaba del farol de la calle,
se movían los matorrales de los jardines de Europa,
las sombras de los árboles de América,
las sombras de los pájaros nocturnos de todas partes.
(Poema de la duración.- Peter Handke.- Barcelona: Lumen, 1991. Traducción de Eustaquio Barjau)
No hay comentarios :
Publicar un comentario