Nadie le pide [al escritor] que escriba sobre las cooperativas ni que, a la inversa, anestesie en sí los sufrimientos padecidos por los otros en la historia. Y ya que me ha pedido que hable en primera persona, lo haré lo más sencillamente posible. Como artistas quizá no necesitemos intervenir en los asuntos del siglo. Pero como hombres sí. El minero a quien explotan o fusilan, los esclavos de los campos de concentración, los de las colonias, las legiones de perseguidos que cubren el mundo necesitan que cuantos puedan hablar suplan su silencio y no se aparten de ellos. No escribí, día tras día, artículos y textos de combate, no participé en las luchas comunes porque me apeteciera sembrar el mundo de estatuas griegas y de obras maestras. Existe en mí el hombre con esa apetencia. Simplemente, tiene algo mejor que hacer intentando dar vida a las criaturas de su imaginación. Pero desde mis primeros artículos a mi último libro solo he escrito tanto, quizá demasiado, porque me es imposible dejar de verme arrastrado al lado de lo cotidiano, al lado de los humillados y rebajados, sean quienes sean. Estos necesitan tener esperanza, y si todos callan, o si les dan a elegir entre dos tipos de humillación, se desesperarán para siempre, y nosotros con ellos. Esa idea me parece imposible de soportar, y quien no puede soportarla no puede tampoco dormirse en su torre. No por virtud, está claro, sino por una especie de intolerancia casi orgánica, que se siente o no se siente. Veo, por mi parte, a muchos que no la sienten, pero no les envidio su sueño.
Albert Camus.– Crónicas (1944-1953).– Madrid: Alianza Editorial, 2002.
Traducción de Esther Benítez
Traducción de Esther Benítez
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