sábado, 8 de diciembre de 2012

Soledad en un mar atestado

En las artes, en la música, en el momento filosófico y en casi toda la literatura seria, la soledad y la singularidad son esenciales. El movimiento creador es también individual, atrincherado en la fortaleza del yo, como lo está su propia muerte, jamás en colaboración, jamás intercambiable. Tendremos ocasión de ver que esta íntima relación de la poiesis y la muerte, de la individuación del acto estético y metafísico y de la soledad de la extinción personal, es una cuestión central. Creamos o nos aproximamos a la creación igual que morimos en un aislamiento ontológico, en "soledad". Este término, asociado a la poesía de Góngora, concentra perfectamente estos valores fundamentales. Implica la solitudo latina, que es su origen, comporta aislamiento, exilio en la tierra baldía del yo, un apartarse de otras presencias humanas comparable al de un anacoreta. Connota la "noche del alma", otra distinción barroca bien conocida por el místico, el metafísico y el poeta. A partir de ella, el nacimiento de la obra produce luz o una oscuridad más densa si cabe. La "soledad" del creador es, como dice Góngora, "confusa". Es a la vez vacío, desierto del espíritu y plenitud en potencia, preñada de impulsos creadores. El poeta, el pensador están indeciblemente solos, aunque sometidos a la presión de múltiples posibilidades. En el umbral de su silencio interior se halla la turbulencia de la forma incipiente, de la voluntad de articulación. El "Marinero" de Coleridge, que puede servir como ejemplo del viaje hacia una expresión ineluctable, está solo, solo hasta la locura, sobre un mar atestado.
(Gramáticas de la creación.- George Steiner.- Barcelona: Debolsillo, 2011. Traducción de Andoni Alonso y Carmen Galán Rodríguez)

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