El sábado 27 de diciembre de
2008 se lanzó el más reciente de los ataques estadounidense-israelíes sobre
palestinos indefensos. Según la prensa israelí, llevaba seis meses siendo
planeado meticulosamente. La planificación se articuló en torno a dos
elementos, el ejército y la propaganda, y tuvo muy en cuenta las lecciones
aprendidas en la invasión del Líbano por parte de Israel de 2006,
deficientemente organizada y publicitada. Así pues, podemos estar bastante
seguros de que la mayor parte de las cosas que se han hecho y dicho han sido
fruto de la premeditación.
Entre ellas debemos incluir el
momento del ataque: poco antes de mediodía, cuando los niños vuelven de la
escuela y las multitudes abarrotan las calles de la densamente poblada ciudad
de Gaza. Matar a más de doscientas personas y herir a otras setecientas no
llevó más de unos pocos minutos, ominosa inauguración de lo que sería una
masacre de civiles desarmados y atrapados en una jaula diminuta, sin
escapatoria posible(1).
El ataque estaba dirigido contra
la ceremonia de clausura de una academia de policía. En él murieron, así pues,
decenas de agentes. El departamento jurídico de las Fuerzas de Defensa de
Israel llevaba meses criticando el plan, pero su directora, la coronel Pnina
Sharvit-Baruch se vio obligada a dar su aprobación debido a las presiones del
ejército. Según el diario Haaretz, «Sharvit-Baruch y el departamento
también legitimaron bajo presión el ataque contra los edificios gubernamentales
de Hamás y la laxitud en las reglas de combate, lo que resultó en numerosas
bajas palestinas». El departamento jurídico adopta «posturas permisivas» con el
fin de «mantener su relevancia e influencia», continúa el artículo.
Sharvit-Baruch entró a formar parte del profesorado de la facultad de Derecho
de la Universidad de
Tel Aviv, haciendo caso omiso a las protestas del Centro de Derechos Humanos de
la universidad y de otros profesores.
La decisión del departamento
jurídico se debió al hecho de que el ejército consideraba a la policía como
«una fuerza de resistencia en la eventualidad de que se produjera una incursión
israelí en la franja de Gaza», observó Yuval Shany, profesor de Derecho de la Universidad Hebrea ,
añadiendo que ese principio «no los hace diferentes de los reservistas
[israelíes], y tampoco de los adolescentes de dieciséis años que serán llamados
a filas en dos años». Según ese razonamiento, gran parte de la población
israelí puede ser considerada legítimo objetivo terrorista (2). Por esa regla de
tres, las Fuerzas de Defensa de Israel justificarían también el ataque
terrorista contra la policía ocurrido en Lahore en marzo de 2009, en el que
murieron al menos ocho cadetes, y que fue justamente tachado de «bárbaro». En
aquella ocasión las fuerzas de élite paquistaníes tuvieron, no obstante, la
posibilidad de contraatacar, matando o capturando a los terroristas, algo
impensable para los gazatíes. La estrechez de miras de las FDI y su
concepto de «civil protegido» fueron explicados más adelante por un alto cargo
de su departamento jurídico: «Las personas que entran en una casa aunque se les
haya advertido que no deben hacerlo no pueden ser consideradas civiles ni se
les tendrá en cuenta a la hora de minimizar daños, pues están voluntariamente
desempeñando la función de escudos humanos. Desde el punto de vista legal, no
tenemos por qué mostrar consideración hacia ellas. Cuando se trata de personas
que están regresando a sus casas para protegerlas, se considera que están
participando en los combates» (3)
En un análisis retrospectivo
titulado «Parsing Gains of Gaza War» [Balance de las ganancias de la guerra de
Gaza], Ethan Bronner, corresponsal de The New York Times, incluía los
logros de ese primer día entre los más significativos de la guerra. Israel
predijo que simular el «haberse vuelto locos», provocando un terror enormemente
desproporcionado, les proporcionaría una gran ventaja. Es ésta una táctica que
data de la década de 1950. «Los palestinos de Gaza captaron el mensaje el
primer día, cuando los aviones israelíes empezaron a bombardear numerosos
objetivos simultáneamente, a media mañana del sábado. Doscientas personas
murieron al instante. Hamás y toda Gaza quedaron conmocionados», escribió
Bronner. Parece que la táctica del «volverse locos» tuvo éxito, concluía
Bronner. «Hay ciertos indicios que llevan a pensar que el sufrimiento de los
gazatíes en esta guerra los empuje a sofrenar a Hamás, el gobierno electo» (4).
Causar dolor a la población civil con fines políticos es otra antigua táctica
del terrorismo de Estado; su estandarte, de hecho. No recuerdo, por
cierto, que el diario neoyorquino publicara ninguna retrospectiva titulada «Balance
de las ganancias de la guerra de Chechenia», si bien éstas no fueron
precisamente pequeñas.
Al parecer, la meticulosa
planificación tuvo también en cuenta cuándo debía terminar el asalto: justo
antes de la investidura, minimizándose el riesgo (remoto) de que el presidente
Obama pudiera criticar los sanguinarios crímenes, cometidos con el respaldo de
Estados Unidos.
Dos semanas después del sábado en
que dio inicio el ataque, con gran parte de Gaza reducida a escombros y cerca
de un millar de muertos, la
Agencia de Obras Públicas y Socorro de las Naciones
Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (United Nations
Relief and Works Agency for Palestine Refugees in the Near East, UNRWA), de la
que depende la supervivencia de la mayoría de gazatíes, anunció que el ejército
israelí estaba impidiendo la entrada de ayudas en Gaza, argumentando el cierre
de los pasos fronterizos por la fiesta del sabbat (5). Por guardar el día santo,
los palestinos, al borde de la muerte, no podrían recibir alimentos ni
medicinas, si bien varios cientos de ellos habían sido masacrados por
bombarderos y helicópteros estadounidense dos semanas antes, también en un
sábado.
Ese doble rasero en la
observancia del sabbat no llamó apenas la atención, lo cual tiene mucho sentido.
En los anales del crimen israelo-estadounidense, tales muestras de cinismo y
crueldad no merecen apenas una nota al pie, pues están a la orden del día. Por
citar un paralelismo relevante: en junio de 1982, Israel invadió el Líbano con
el apoyo de Estados Unidos; dicha invasión se inició con el bombardeo del
campo de refugiados de Sabra y Shatila, popularizados más adelante por ser el
escenario de terribles masacres que supervisaron las FDI. El bombardeo afectó
al hospital local de Gaza y mató a más de doscientas personas, según el
testimonio directo de un profesor universitario estadounidense, especialista en
Oriente Próximo. La masacre fue el primer acto de una invasión en la que
murieron entre quince y veinte mil personas y que destruyó gran parte del sur
del Líbano y Beirut gracias en parte al respaldo militar y diplomático del
ejército de Estados Unidos. Dicho respaldo se concretó en el veto a
resoluciones del Consejo de Seguridad encaminadas a detener tal agresión
criminal; veto apenas disimulado y que tenía el fin de defender a Israel de la
amenaza de un acuerdo político pacífico. Lo cual contrastaba con las útiles
mentiras —fantasías de apologeta— acerca de los israelíes y los duros ataques
con cohetes de que eran víctimas (6).
Hasta aquí todo es normal. Son
cuestiones que forman parte de los temas que con total transparencia debaten
los altos cargos de Israel. Hace treinta años, el comandante en jefe Gur
señalaba que «llevaban luchando desde 1948 contra una población que habita
pueblos y ciudades» (7). Tal y como observó Ze'ev Schiff, el analista militar más
prominente de Israel, «el ejército israelí siempre ha atacado a poblaciones
civiles, conscientemente y a propósito. [...] El ejército nunca ha hecho
distingos entre objetivos civiles y militares... [sino que] ha atacado
deliberadamente objetivos civiles» (8).
El distinguido estadista Abba Eban explicaba los motivos: «La razón nos
indicaba que existía la posibilidad, en última instancia hecha realidad, de que
las poblaciones afectadas presionaran por el fin de las hostilidades». Eban
había comprendido que, en consecuencia, Israel podría aplicar con total tranquilidad
sus programas de expansión ilegal y represión sin paliativos. Eban más adelante
comentó la valoración que el primer ministro Begin había hecho sobre los
ataques contra civiles del Gobierno laborista, en la que éste presentaba la
imagen, según el estadista, «de un Israel que deliberadamente aplica todas las
medidas posibles que provoquen muerte y desesperación entre la población civil,
reminiscentes de un régimen que ni el señor Begin ni yo seríamos capaces de
nombrar» (9). Eban no rebatía los hechos valorados por Begin, sino que criticaba
a éste por hablar de ellos en público. Ni a Eban ni a sus partidarios les
preocupaba que la defensa que éste hacía de un terrorismo de Estado a gran
escala fuera igualmente reminiscente de regímenes que ni él mismo se atrevería
a nombrar.
La justificación que Eban hacía del terrorismo de Estado tuvo un
efecto persuasivo entre las autoridades más respetadas. Mientras se recrudecía
el ataque israelo-estadounidense, Thomas Friedman, columnista de The New
York Times, explicaba que la estrategia aplicada por Israel en dicho
ataque se fundamentaba —como en la invasión del Líbano de 2006— en un principio
sólido: «[...] intentar "educar" a Hamás, provocando un elevado
número de muertes entre sus militantes y gran dolor entre la población de
Gaza». Este planteamiento tiene sentido a nivel práctico, como ya lo tuvo en el
Líbano, donde «la única fuente de disuasión a largo plazo era infligir dolor a
los civiles —las familias y empleadores de los militantes—, lo cual inhibiría
a Hezbolá de sus actividades en el futuro» (10). Según este razonamiento, también
serían loables los esfuerzos de Bin Laden por «educar» a los estadounidenses
el 11-S, los de los nazis al atacar Lidice u Oradour, la destrucción de Grozni
por orden de Putin y otros notables ejercicios de vocación pedagógica.
Steven
Erlanger, corresponsal de The New York Times, informa de que los
grupos israelíes pro derechos humanos se manifiestan «indignados por los
ataques de Israel contra edificios que, a su parecer, deberían haber sido
clasificados como civiles, como el parlamento, las comisarías de policía o el
palacio presidencial». A ellos deben añadirse pueblos, viviendas, campos de
refugiados densamente poblados, alcantarillados e instalaciones de suministro
de agua, hospitales, colegios y universidades, mezquitas, dependencias de las
Naciones Unidas, ambulancias y cualquier otro elemento que pudiera servir
para aliviar el dolor de unas víctimas indignas. Un alto cargo de la
inteligencia israelí explicó que las FDI atacaban «ambas vertientes de Hamás:
la resistencia, que es ala militar, y al Daua, que es el ala social»,
afirmación en la que al Daua actúa como eufemismo de «sociedad civil». «Ese
mismo alto cargo argumenta que Hamás es un bloque monolítico y que, en
situación de guerra, sus herramientas del control sociopolítico son un objetivo
tan legítimo como sus depósitos de cohetes», continúa Erlanger. Este y sus redactores
no añaden comentario alguno sobre cómo se defiende y practica abiertamente el
terrorismo de masas contra civiles, aunque, como se ha indicado, tanto
corresponsales como columnistas dan a entender su tolerante posición, que llega
a defender de forma explícita tales crímenes. Ciñéndose a la norma, Erlanger
no deja de hacer hincapié en que, a diferencia de las acciones
israelo-estadounidenses, el lanzamiento de cohetes por parte de Hamás es «una
evidente violación del principio de discriminación entre objetivos de guerra y
encaja perfectamente en la definición clásica de terrorismo» (11).
Como otros
conocedores de la región, Fawaz Gerges, especialista en Oriente Próximo,
señala: «Los oficiales israelíes y sus aliados estadounidenses no se dan
cuenta de que Hamás no es únicamente una milicia armada, sino un movimiento
social con gran base popular, muy enraizado en la sociedad». Por consiguiente,
cuando Israel lleva a cabo sus planes de destruir el «ala social» de Hamás, su
objetivo es destruir la sociedad palestina (12).
Gerges es, no obstante,
demasiado generoso. Es poco probable que los funcionarios israelíes y estadounidenses
—ni tampoco los medios de comunicación y demás creadores de opinión—
desconozcan esa realidad. Lo que hacen es, más bien, adoptar implícitamente
el tradicional punto de vista de quien acapara casi por completo los
instrumentos de la violencia: nuestro puño de hierro aplastará cualquier
oposición, y si nuestro iracundo ataque provoca numerosas bajas civiles, será
por el bien de todos: quizá los que queden con vida aprendan la lección.
(1) Rabbani, Mouin: «Birth
Pangs of a New Palestine»,Míddle East Report Online, 7 de enero de 2009, www.merip.org/mero/mero010709.html
(2) Blau, Uri; Feldman, Yotam: «How IDF Legal ExpertsLegitimized
Strikes Involving Gaza Civilians», Haaretz, 22 de enero de 2009;
Feldman, Yotam; Blau, Uri: «Consent
and Advise», Haaretz, 29 de enero de 2009.
and Advise», Haaretz, 29 de enero de 2009.
(3) Tavernise, Sabrina: «Rampage Shows Reach of Militants in Pakistan », TheNew
York Times, 31 de marzo de 2009; Feldman; Blau: «Consent and Advise».
(4) Bronner, Ethan: «Parsing Gains of Gaza War», The New
York Times, 19 de enero de 2009. Según el concepto de los años
cincuenta, «Nos volveremos locos (nishtagea) si nos enfadamos», véase
Chomsky, Fateful Triangle: The United States, Israel, and the Palestinians. Cambridge , Massachusetts , EEUU: South End Press, 1999, pág.
467 y ss.
(5) Whitlock, Craig; Abdel Kareem, Reyham: «Combat May Escalate
in Gaza , Israel Warns; Operation in
Densely Packed City, Camps Weighed», The Washington Post, 11 de enero
de 2009.
(6) Para fuentes y detalles, véase Fateful Triangle y
Rubenberg, Cheryl: Journal of Palestine Studies, número especial, «The
War in Lebanon »,
vol. 11, n° 4 - vol. 12, n° 1 (verano-otoño de 1982), págs. 62-68.
(7) Entrevista
con el general Mordechai Gur, Al Hamishmar, 10 de mayo de 1978,
citado en Chomsky, Noam: Towards a New Cold War. Nueva York:
Pantheon, 1982, pág. 320.
(8) Schiff,
Ze'ev, Haaretz, 15 de mayo de 1978.
(9) Eban,
citado en Jerusalem Post, de 16 de agosto, 1981. Véanse también Meiron Benvinisti, Sacred
Landscape: TheBuried History of the Holy Land since 1948 (Berkeley : University of California Press , 2000) y Ehud
Sprinzak, The Ascendance of lsrael's Radical Right (Nueva York:
Oxford University Press, 1991).
(10) Friedman, Thomas: «Israel 's Goals in Gaza ?», The New York Times, columna
de opinión, 14 de enero de 2009.
(11) Erlanger, Steven: «Weighing Crimes and
Ethics in the Fog of Urban Warfare», The New York Times, 17 de enero de
2009.
(12) Gerges,
Fawaz: «Gaza Notebook», Nation, 16 de enero de 2009.
(Fragmento de "Exterminar
a todos los salvajes: Gaza, 2009", de Noam Chomsky, uno de los
artículos de Gaza en Crisis, Reflexiones de la guerra de Israel contra los
Palestinos, de Noam Chomsky e Ilan Pappé.- Madrid: Taurus, 2011.-
Traducción de Miguel Marqués Muñoz)