martes, 5 de agosto de 2014

Este es el relato

    El sábado 27 de diciembre de 2008 se lanzó el más reciente de los ataques estadounidense-israelíes sobre palestinos indefensos. Según la prensa israelí, llevaba seis meses siendo planeado meticulosamente. La planificación se articuló en torno a dos elementos, el ejército y la propaganda, y tuvo muy en cuenta las lecciones aprendidas en la invasión del Líbano por parte de Israel de 2006, deficientemente organizada y publicitada. Así pues, podemos estar bastante seguros de que la mayor parte de las cosas que se han hecho y dicho han sido fruto de la premeditación.
    Entre ellas debemos incluir el momento del ataque: poco antes de mediodía, cuando los niños vuelven de la escuela y las multitudes abarrotan las calles de la densamente poblada ciudad de Gaza. Matar a más de doscientas personas y herir a otras setecientas no llevó más de unos pocos minutos, ominosa inauguración de lo que sería una masacre de civiles desarmados y atrapados en una jaula diminuta, sin escapatoria posible(1).
    El ataque estaba dirigido contra la ceremonia de clausura de una academia de policía. En él murieron, así pues, decenas de agentes. El departamento jurídico de las Fuerzas de Defensa de Israel llevaba meses criticando el plan, pero su directora, la coronel Pnina Sharvit-Baruch se vio obligada a dar su aprobación debido a las presiones del ejército. Según el diario Haaretz, «Sharvit-Baruch y el departamento también legitimaron bajo presión el ataque contra los edificios gubernamentales de Hamás y la laxitud en las reglas de combate, lo que resultó en numerosas bajas palestinas». El departamento jurídico adopta «posturas permisivas» con el fin de «mantener su relevancia e influencia», continúa el artículo. Sharvit-Baruch entró a formar parte del profesorado de la facultad de Derecho de la Universidad de Tel Aviv, haciendo caso omiso a las protestas del Centro de Derechos Humanos de la universidad y de otros profesores. 
    La decisión del departamento jurídico se debió al hecho de que el ejército consideraba a la policía como «una fuerza de resistencia en la eventualidad de que se produjera una incursión israelí en la franja de Gaza», observó Yuval Shany, profesor de Derecho de la Universidad Hebrea, añadiendo que ese principio «no los hace diferentes de los reservistas [israelíes], y tampoco de los adolescentes de dieciséis años que serán llamados a filas en dos años». Según ese razonamiento, gran parte de la población israelí puede ser considerada legítimo objetivo terrorista (2). Por esa regla de tres, las Fuerzas de Defensa de Israel justificarían también el ataque terrorista contra la policía ocurrido en Lahore en marzo de 2009, en el que murieron al menos ocho cadetes, y que fue justamente tachado de «bárbaro». En aquella ocasión las fuerzas de élite paquistaníes tuvieron, no obstante, la posibilidad de contraatacar, matando o capturando a los terroristas, algo impensable para los gazatíes. La estrechez de miras de las FDI y su concepto de «civil protegido» fueron explicados más adelante por un alto cargo de su departamento jurídico: «Las personas que entran en una casa aunque se les haya advertido que no deben hacerlo no pueden ser consideradas civiles ni se les tendrá en cuenta a la hora de minimizar daños, pues están voluntariamente desempeñando la función de escudos humanos. Desde el punto de vista legal, no tenemos por qué mostrar consideración hacia ellas. Cuando se trata de personas que están regresando a sus casas para protegerlas, se considera que están participando en los com­bates» (3)
    En un análisis retrospectivo titulado «Parsing Gains of Gaza War» [Balance de las ganancias de la guerra de Gaza], Ethan Bronner, corresponsal de The New York Times, incluía los logros de ese primer día entre los más significativos de la guerra. Israel predijo que simular el «haberse vuelto locos», provocando un terror enormemente desproporcionado, les proporcionaría una gran ventaja. Es ésta una táctica que data de la década de 1950. «Los palestinos de Gaza captaron el mensaje el primer día, cuando los aviones israelíes empezaron a bombardear numerosos objetivos simultáneamente, a media mañana del sábado. Doscientas personas murieron al instante. Hamás y toda Gaza quedaron conmocionados», escribió Bronner. Parece que la táctica del «volverse locos» tuvo éxito, concluía Bronner. «Hay ciertos indicios que llevan a pensar que el sufrimiento de los gazatíes en esta guerra los empuje a sofrenar a Hamás, el gobierno electo» (4). Causar dolor a la población civil con fines políticos es otra antigua táctica del terrorismo de Estado; su estandarte, de hecho. No recuerdo, por cierto, que el diario neo­yorquino publicara ninguna retrospectiva titulada «Balance de las ganancias de la guerra de Chechenia», si bien éstas no fueron precisamente pequeñas.
    Al parecer, la meticulosa planificación tuvo también en cuenta cuándo debía terminar el asalto: justo antes de la investidura, minimizándose el riesgo (remoto) de que el presidente Obama pudiera criticar los sanguinarios crímenes, cometidos con el respaldo de Estados Unidos.
    Dos semanas después del sábado en que dio inicio el ataque, con gran parte de Gaza reducida a escombros y cerca de un millar de muertos, la Agencia de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (United Nations Relief and Works Agency for Palestine Refugees in the Near East, UNRWA), de la que depende la supervivencia de la mayoría de gazatíes, anunció que el ejército israelí estaba impidiendo la entrada de ayudas en Gaza, argumentando el cierre de los pasos fronterizos por la fiesta del sabbat (5). Por guardar el día santo, los palestinos, al borde de la muerte, no podrían recibir alimentos ni medicinas, si bien varios cientos de ellos habían sido masacrados por bombarderos y helicópteros estadounidense dos semanas an­tes, también en un sábado.
    Ese doble rasero en la observancia del sabbat no llamó apenas la atención, lo cual tiene mucho sentido. En los anales del crimen israelo-estadounidense, tales muestras de cinismo y crueldad no merecen apenas una nota al pie, pues están a la orden del día. Por citar un paralelismo relevante: en junio de 1982, Israel invadió el Líbano con el apoyo de Estados Unidos; dicha invasión se inició con el bombardeo del campo de refugiados de Sabra y Shatila, popularizados más adelante por ser el escenario de terribles masacres que supervisaron las FDI. El bombardeo afectó al hospital local de Gaza y mató a más de doscientas personas, según el testimonio directo de un profesor universitario estadounidense, especialista en Oriente Próximo. La masacre fue el primer acto de una invasión en la que murieron entre quince y veinte mil per­sonas y que destruyó gran parte del sur del Líbano y Beirut gracias en parte al respaldo militar y diplomático del ejército de Estados Unidos. Dicho respaldo se concretó en el veto a resoluciones del Consejo de Seguridad encaminadas a detener tal agresión criminal; veto apenas disimulado y que tenía el fin de defender a Israel de la amenaza de un acuerdo político pacífi­co. Lo cual contrastaba con las útiles mentiras —fantasías de apologeta— acerca de los israelíes y los duros ataques con cohetes de que eran víctimas (6). 
    Hasta aquí todo es normal. Son cuestiones que forman parte de los temas que con total transparencia debaten los altos cargos de Israel. Hace treinta años, el comandante en jefe Gur señalaba que «llevaban luchando desde 1948 contra una población que habita pueblos y ciudades» (7). Tal y como observó Ze'ev Schiff, el analista militar más prominente de Israel, «el ejército israelí siempre ha atacado a pobla­ciones civiles, conscientemente y a propósito. [...] El ejército nunca ha hecho distingos entre objetivos civiles y militares... [sino que] ha atacado deliberadamente objetivos civiles» (8). El distinguido estadista Abba Eban explicaba los motivos: «La razón nos indicaba que existía la posibilidad, en última instancia hecha realidad, de que las poblaciones afectadas presiona­ran por el fin de las hostilidades». Eban había com­prendido que, en consecuencia, Israel podría aplicar con total tranquilidad sus programas de expansión ilegal y represión sin paliativos. Eban más adelante co­mentó la valoración que el primer ministro Begin había hecho sobre los ataques contra civiles del Gobierno laborista, en la que éste presentaba la imagen, según el estadista, «de un Israel que deliberadamente aplica todas las medidas posibles que provoquen muerte y desesperación entre la población civil, reminiscentes de un régimen que ni el señor Begin ni yo seríamos capa­ces de nombrar» (9). Eban no rebatía los hechos valo­rados por Begin, sino que criticaba a éste por hablar de ellos en público. Ni a Eban ni a sus partidarios les preocupaba que la defensa que éste hacía de un terro­rismo de Estado a gran escala fuera igualmente reminiscente de regímenes que ni él mismo se atrevería a nombrar. 
    La justificación que Eban hacía del terrorismo de Estado tuvo un efecto persuasivo entre las autoridades más respetadas. Mientras se recrudecía el ataque israelo-estadounidense, Thomas Friedman, columnista de The New York Times, explicaba que la estrategia aplicada por Israel en dicho ataque se fundamentaba —como en la invasión del Líbano de 2006— en un principio sóli­do: «[...] intentar "educar" a Hamás, provocando un elevado número de muertes entre sus militantes y gran dolor entre la población de Gaza». Este planteamiento tiene sentido a nivel práctico, como ya lo tuvo en el Líbano, donde «la única fuente de disuasión a largo pla­zo era infligir dolor a los civiles —las familias y emplea­dores de los militantes—, lo cual inhibiría a Hezbolá de sus actividades en el futuro» (10). Según este razona­miento, también serían loables los esfuerzos de Bin Laden por «educar» a los estadounidenses el 11-S, los de los nazis al atacar Lidice u Oradour, la destrucción de Grozni por orden de Putin y otros notables ejerci­cios de vocación pedagógica.
    Steven Erlanger, corresponsal de The New York Ti­mes, informa de que los grupos israelíes pro derechos humanos se manifiestan «indignados por los ataques de Israel contra edificios que, a su parecer, deberían haber sido clasificados como civiles, como el parlamen­to, las comisarías de policía o el palacio presidencial». A ellos deben añadirse pueblos, viviendas, campos de refugiados densamente poblados, alcantarillados e ins­talaciones de suministro de agua, hospitales, colegios y universidades, mezquitas, dependencias de las Na­ciones Unidas, ambulancias y cualquier otro elemen­to que pudiera servir para aliviar el dolor de unas víc­timas indignas. Un alto cargo de la inteligencia israelí explicó que las FDI atacaban «ambas vertientes de Hamás: la resistencia, que es ala militar, y al Daua, que es el ala social», afirmación en la que al Daua actúa como eufemismo de «sociedad civil». «Ese mismo alto cargo argumenta que Hamás es un bloque monolítico y que, en situación de guerra, sus herramientas del control sociopolítico son un objetivo tan legítimo como sus de­pósitos de cohetes», continúa Erlanger. Este y sus re­dactores no añaden comentario alguno sobre cómo se defiende y practica abiertamente el terrorismo de ma­sas contra civiles, aunque, como se ha indicado, tanto corresponsales como columnistas dan a entender su tolerante posición, que llega a defender de forma ex­plícita tales crímenes. Ciñéndose a la norma, Erlanger no deja de hacer hincapié en que, a diferencia de las acciones israelo-estadounidenses, el lanzamiento de cohetes por parte de Hamás es «una evidente viola­ción del principio de discriminación entre objetivos de guerra y encaja perfectamente en la definición clá­sica de terrorismo» (11). 
    Como otros conocedores de la región, Fawaz Gerges, especialista en Oriente Próximo, señala: «Los ofi­ciales israelíes y sus aliados estadounidenses no se dan cuenta de que Hamás no es únicamente una milicia armada, sino un movimiento social con gran base po­pular, muy enraizado en la sociedad». Por consiguien­te, cuando Israel lleva a cabo sus planes de destruir el «ala social» de Hamás, su objetivo es destruir la socie­dad palestina (12). 
    Gerges es, no obstante, demasiado generoso. Es poco probable que los funcionarios israelíes y estado­unidenses —ni tampoco los medios de comunicación y demás creadores de opinión— desconozcan esa rea­lidad. Lo que hacen es, más bien, adoptar implícita­mente el tradicional punto de vista de quien acapara casi por completo los instrumentos de la violencia: nuestro puño de hierro aplastará cualquier oposición, y si nuestro iracundo ataque provoca numerosas bajas civiles, será por el bien de todos: quizá los que queden con vida aprendan la lección.
(1)  Rabbani, Mouin: «Birth Pangs of a New Palestine»,Míddle East Report Online, 7 de enero de 2009, www.merip.org/mero/mero010709.html
(2)  Blau, Uri; Feldman, Yotam: «How IDF Legal ExpertsLegitimized Strikes Involving Gaza Civilians», Haaretz, 22 de enero de 2009; Feldman, Yotam; Blau, Uri: «Consent
and Advise», Haaretz, 29 de enero de 2009.
(3)  Tavernise, Sabrina: «Rampage Shows Reach of Militants in Pakistan», TheNew York Times, 31 de marzo de 2009; Feldman; Blau: «Consent and Advise».
(4)  Bronner, Ethan: «Parsing Gains of Gaza War», The New York Times, 19 de enero de 2009. Según el concepto de los años cincuenta, «Nos volveremos locos (nishtagea) si nos enfadamos», véase Chomsky, Fateful Triangle: The United Sta­tes, Israel, and the Palestinians. CambridgeMassachusetts, EEUU: South End Press, 1999, pág. 467 y ss.
(5)  Whitlock, Craig; Abdel Kareem, Reyham: «Combat May Escalate in Gaza, Israel Warns; Operation in Densely Packed City, Camps Weighed», The Washington Post, 11 de enero de 2009.
(6)  Para fuentes y detalles, véase Fateful Triangle y Rubenberg, Cheryl: Journal of Palestine Studies, número especial, «The War in Lebanon», vol. 11, n° 4 - vol. 12, n° 1 (verano-otoño de 1982), págs. 62-68.
(7)   Entrevista con el general Mordechai Gur, Al Hamishmar, 10 de mayo de 1978, citado en Chomsky, Noam: Towards a New Cold War. Nueva York: Pantheon, 1982, pág. 320.
(8)   Schiff, Ze'ev, Haaretz, 15 de mayo de 1978.
(9)   Eban, citado en Jerusalem Post, de 16 de agosto, 1981. Véanse también Meiron Benvinisti, Sacred Landscape: TheBuried History of the Holy Land since 1948 (BerkeleyUniversity of Cali­fornia Press, 2000) y Ehud Sprinzak, The Ascendance of lsrael's Radical Right (Nueva York: Oxford University Press, 1991).
(10)  Friedman, Thomas: «Israel's Goals in Gaza?», The New York Times, columna de opinión, 14 de enero de 2009.
(11) Erlanger, Steven: «Weighing Crimes and Ethics in the Fog of Urban Warfare», The New York Times, 17 de enero de 2009.
(12)  Gerges, Fawaz: «Gaza Notebook», Nation, 16 de ene­ro de 2009.

(Fragmento de "Exterminar a todos los salvajes: Gaza, 2009", de Noam Chomsky, uno de los artículos de Gaza en Crisis, Reflexiones de la guerra de Israel contra los Palestinos, de Noam Chomsky e Ilan Pappé.- Madrid: Taurus, 2011.- Traducción de Miguel Marqués Muñoz)

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