sábado, 14 de noviembre de 2015

El siglo del miedo*

            El XVII fue el siglo de las matemáticas, el XVIII el de las ciencias físicas y el XIX el de la biología. Nuestro siglo XX es el siglo del miedo. Me dirán que eso no es una ciencia. Pero la ciencia tiene algo que ver con el asunto, puesto que sus últimos progresos teóricos la llevaron a negarse a sí misma y puesto que sus perfeccionamientos prácticos amenazan con destruir a la tierra entera. Por lo demás, y aunque el miedo no pueda ser considerado ciencia, no cabe duda de que, sin embargo, es una técnica.
            Lo que más llama la atención, en efecto, en el mundo donde vivimos, es ante todo, y en general, que la mayoría de los hombres (salvo los creyentes de todo tipo) carecen de futuro. Ninguna vida es válida sin proyección hacia el futuro, sin promesa de maduración y de progreso. Vivir contra un muro es una vida de perros. Pues bien, los hombres de mi generación y de la que hoy entra en los talleres y las universidades han vivido y viven cada vez más como perros.
            Naturalmente, no es la primera vez que los hombres se encuentran ante un futuro materialmente cerrado. Pero solían vencerlo gracias a la palabra y al grito. Apelaban a otros valores que constituían su esperanza. Hoy, nadie habla ya (salvo los que se repiten) porque el mundo nos parece guiado por fuerzas ciegas y sordas que no oirán los gritos de advertencia ni los consejos ni las súplicas. El espectáculo de los años que acabamos de pasar ha destruido algo en nuestro interior. Y ese algo es la eterna confianza del hombre, que le hizo creer en la posibilidad de obtener de otro hombre reacciones humanas hablándole con el lenguaje de la humanidad. Hemos visto mentir, envilecer, matar, deportar, torturar, y nunca fue posible persuadir a quienes lo hacían de que no lo hicieran, porque estaban seguros de sí y porque no se persuade a una abstracción, es decir al representante de una ideología.
            El largo diálogo de los hombres acaba de interrumpirse. Y, por supuesto, un hombre al que no se puede persuadir es un hombre que da miedo. Y así es como, al lado de quienes no hablaban porque lo juzgaban inútil, se extendía y todavía se extiende una inmensa conspiración del silencio, aceptada por quienes tiemblan y se dan buenas razones para ocultarse a sí mismos ese temblor, y suscitada por quienes tienen interés en hacerlo. «No debéis hablar de la depuración de los artistas en Rusia, porque eso beneficiaría a la reacción.» «Debéis callar sobre el apoyo de los anglosajones a Franco, porque eso beneficiaría al comunismo.» Bien decía yo que el miedo es una técnica.
            Entre el miedo muy general a una guerra que todo el mundo prepara y el miedo totalmente particular a las ideologías asesinas, está muy claro que vivimos aterrados. Vivimos aterrados porque la persuasión no es ya posible, porque el hombre ha quedado por entero a merced de la historia y no puede ya volverse hacia esa parte de sí mismo, tan auténtica como la parte histórica, que recupera ante la belleza del mundo y de los rostros; porque vivimos en el mundo de la abstracción, de las oficinas y de las máquinas, de las ideas absolutas y del mesianismo sin matices. Nos ahogamos entre esta gente que se cree en posesión de la razón absoluta, sea con sus máquinas o con sus ideas. Y para todos aquellos que no pueden vivir sino en el diálogo y la amistad de los hombres, este silencio es el fin del mundo.
            Para salir de este terror habría que reflexionar y actuar conforme a esa reflexión. Pero el terror, justamente, no es un clima propicio para la reflexión. Soy de la opinión, empero, de que en lugar de censurar ese miedo habría que considerarlo uno de los principales elementos de la situación y tratar de ponerle remedio. Nada hay más importante. Pues eso concierne a la suerte de gran número de europeos a quienes, hartos de violencias y mentiras, defraudados en sus mayores esperanzas, les repugna la idea de matar a sus semejantes aunque sea para convencerlos, así como la de ser convencidos de la misma manera. Y sin embargo ésa es la alternativa en la que se coloca a esa gran masa de europeos que no pertenecen a ningún partido o que están a disgusto en el que han escogido, que dudan de que el socialismo se haya realizado en Rusia y el liberalismo en los Estados Unidos, y que no obstante reconocen a éstos y aquéllos el derecho a afirmar su verdad, pero les niegan el de imponerla por el homicidio, individual o colectivo. Entre los poderosos de la hora actual, son hombres sin reino. Esos hombres sólo conseguirán que se admita (no digo que triunfe, sólo que se admita) su punto de vista, y sólo recobrarán su patria cuando hayan tomado conciencia de lo que quieren y cuando lo digan con tanta sencillez y fuerza que sus palabras puedan congregar un haz de energías. Y si el miedo no es el mejor clima para una reflexión certera, deberán, en primer lugar, componérselas con el miedo.
            Para componérselas con él, es preciso ver qué significa y qué rechaza. Significa y rechaza el mismo hecho: un mundo que legitima el homicidio y donde la vida humana se considera fútil. Ése es el primordial problema político de hoy. Y antes de ocuparse del resto hay que tomar posición con respecto a él. Hoy es preciso hacerse dos preguntas, previas a toda construcción: «Sí o no, directa o indirectamente, ¿quiere usted que lo maten o lo violenten? Sí o no, directa o indirectamente, ¿quiere usted matar o violentar?». Todos los que contesten no a estas dos preguntas quedan automáticamente embarcados en una serie de consecuencias que deben modificar su manera de plantearse el problema. Tengo el proyecto de precisar sólo dos o tres de esas consecuencias. Mientras tanto, el lector de buena voluntad puede interrogarse y responder.
* Combat, noviembre de 1946.
Crónicas (1944 - 1953).- Albert Camus.-Traducción de Esther Benítez Eiroa. Madrid: Alianza, 2002. págs 83-86)

miércoles, 22 de julio de 2015

Crisis

  Italia es quizá el país del mundo capitalista europeo más afectado y amenazado por el trastorno económico actual. Los últimos acontecimientos (devaluación del dó­lar, dificultades en el aprovisionamiento de materias pri­mas y alimentarias con la elevación de su precio, crisis del petróleo) han hecho precipitarse, hasta la quiebra, un modelo de desarrollo que ha figurado entre los más frá­giles y deformes de todo el mundo capitalista, después de que en los últimos años se derrumbasen algunos de los pilares sobre los que semejante desarrollo estaba ba­sado (el régimen de bajos salarios, el drenaje desconsi­derado de recursos del Mezzogiorno). Son ya evidentes a todos los crímenes verdaderos y propiamente dichos que los comunistas tantas veces hemos denunciado:
— El abandono de la defensa del suelo y de millones de hectáreas de tierra, que han llevado a la agricultura y a la gente de los campos a las condiciones que nadie ya se atreve a negar, y que obligan hoy a gastar miles de millones para el aprovisionamiento de bienes de ali­mentación y de productos agrícolas.
   Haber hecho de la producción de automóviles pri­vados el elemento piloto, fundamental, del desarrollo industrial y del gasto público en infraestructura viaria (miles de millones invertidos en autopistas) y en ciertos tipos de consumo como indicadores del bienestar, en detrimento de los transportes públicos, de las escuelas, de las estructuras sanitarias, etc.
   La devastación de las ciudades, provocada tanto por la expansión del transporte privado como por la feroz especulación inmobiliaria.
   Una política de la energía que ha llevado a los siguientes absurdos: por una parte, la proliferación de refinerías mucho más allá de las necesidades del país y, por añadidura, en medida preponderante en manos de compañías petrolíferas privadas en un país que tenía en el E.N.I. de Mattei un poderoso instrumento de control y de iniciativa al servicio de intereses públicos y nacio­nales; por otra, una insuficiencia de centrales eléctricas y de electroductos que afecta en modo particular al des­arrollo económico del Mezzogiorno y que corre el riesgo de hacer irrealizables las mismas iniciativas, tanto públi­cas como privadas, de que con tanto clamor hablan pro­gramas y proyectos.
   Una política exterior que no ha sabido beneficiar­se a tiempo de todas las posibilidades de colaboración económica ofrecidas por el desarrollo de economías a me­nudo complementarias, como las de los países socialistas y las de los países de África y del vecino Oriente Medio. Esta misma política exterior, en lo que concierne a las relaciones con los países de la C.E.E., ha visto a los re­presentantes de Italia renunciar, con demasiada frecuen­cia, a la defensa de los intereses nacionales (de modo particular en materia agrícola) para perderse en actitudes de mediación —asumidas en ocasiones por pura vanidad y autopropaganda— entre los intereses concurrentes de otros países.
No olvidamos, entre otras cosas, que Italia figura en­tre los países con mayor escasez de materias primas y de recursos energéticos propios. He aquí, pues, el conjunto de razones —en parte objetivas, pero también y espe­cialmente derivadas de la responsabilidad de los grupos dominantes— que hacen de Italia el país más expuesto a los vaivenes económicos que agitan al mundo capi­talista.
Los peligros que amenazan a la economía italiana, las condiciones de trabajo y de vida del pueblo, las propias perspectivas de desarrollo nacional, son graves y, por consiguiente, están más que justificados el malestar, el disgusto y las preocupaciones populares por las incomo­didades que ya se soportan (aumento del coste de la vida, penuria de géneros alimenticios) y por los demás que podrían añadirse de no conseguirse bloquear la ten­dencia a una recesión en la producción, que es la ame­naza más seria.
(...) Pero si hace falta saber y considerar posible con realismo que puedan tener lugar ulteriores empeoramien­tos de la situación, el verdadero problema, que nos plan­teamos a nosotros mismos y al país, es justamente el de evitar dicha posibilidad y considerar, por el contrario, a la propia crisis actual como una gran ocasión para po­ner en marcha un proceso de transformación y de reno­vación de nuestra sociedad. En una situación cargada de tantos elementos negativos y de tantos riesgos hay, en efecto, un dato positivo esencial: este dato viene cons­tituido por el hecho de que la transformación profunda en los modos del desarrollo económico, social y civil del país y en la estructura misma de la producción y del consumo, en una dirección y según formas cada vez más sociales, se presenta como una vía obligada, y esto no sólo por razones de justicia, sino por un estado de ne­cesidad económica, esto es, por la necesidad de asegurar la continuidad y el crecimiento del desarrollo productivo.
Esta necesidad, hoy, se ha vuelto de absoluta urgencia, en el momento en que entran en crisis, tanto a nivel internacional como a nivel interior, los supuestos y las perspectivas del viejo modelo de desarrollo.Desaparecen los supuestos, esto es, la posibilidad de continuar disfrutando de los bajos precios de las mate­rias primas, en detrimento de los países más atrasados, y de proseguir la rapiña de recursos de la misma Italia, en perjuicio del Mezzogiorno y de la agricultura; des­aparecen las perspectivas, esto es, la posibilidad de dila­tar indefinidamente el tipo de consumo individual que ha arrastrado hasta ahora el desarrollo económico. Esto significa que el país necesita en la actualidad —so pena de su decadencia— efectuar un salto adelante y que esto sólo puede hacerlo introduciendo en su estructura eco­nómica y social, y en los modos de vida de los ciudada­nos, por lo menos algunos «elementos» que no dudamos en definir de socialismo. La conciencia de esta necesidad y de esta posibilidad se encuentra hoy muy difundida, no sólo entre los obreros, sino también en estratos de trabajadores, intelectuales, capas medias y en ciudadanos de otras inspiraciones ideales, de quienes no se pensaba que pudiesen aproximarse al reconocimiento de la nece­sidad de transformaciones en la dirección del socialismo.
Pero hay más. También en algunos grupos de la bur­guesía y en amplios sectores de los partidos guberna­mentales (aparte del P.S.I., naturalmente) se reconoce —por decirlo con las frases que hoy leemos en los ór­ganos de prensa de los partidos de Gobierno— que hace falta un nuevo modelo de desarrollo, una política de planificación y de reforma que caiga sobre los parasi­tismos y los privilegios, que promueva el consumo so­cial en lugar del privado, que modifique radicalmente la política del Mezzogiorno.
(...) Es evidente, por otra parte, que el paso a un tipo nuevo de desarrollo económico y de organización social no puede tener lugar de golpe si no se quiere pro­vocar trastornos en sectores enteros del sistema produc­tivo y de la vida civil, que afectarían, ante todo, a la clase obrera y a los trabajadores en sus niveles salariales y en el empleo. Los poderes públicos (Gobierno, Parla­mento, Regiones, Ayuntamientos) deben señalar con la máxima claridad a dónde se va y dónde se debe ir, y deben tomarse inmediatamente las iniciativas adecuadas, capaces de transmitir a todos la claridad del programa y del camino elegido, de modo que nadie piense que todo pueda volver a ser como antes, a la desastrosa po­lítica que nos ha llevado a la crisis actual. Hacen falta, pues, una línea y una dirección políticas capaces de pla­nificar las intervenciones en el desarrollo, de modo que se dé una rigurosa continuidad entre las medidas a corto plazo y las previstas a medio y a largo.
Una vez establecida esta línea clara, es preciso de­terminar con previsión los tiempos, los ritmos y los mo­dos según los cuales han de perseguirse y alcanzarse los objetivos fijados.
Por ejemplo, es urgente la necesidad del desarrollo de los transportes públicos, realizar un nuevo ordenamiento en cuanto a urbanismo y construcción, así como de toda la estructura de la vida ciudadana, de los horarios de trabajo, del comercio y de la administración pública, con el fin de realizar un modo de vida más civil, lo que se define como «una dimensión más humana de la ciudad».
Para alcanzar todo esto hace falta una reconversión en profundidad de amplios sectores del sistema industrial, organizado hasta ahora en función de objetivos del todo opuestos. Esta reconversión, que supone, por ejemplo, la producción masiva de medios de transporte público, de prefabricados ligeros, etc., es ordenada inmediatamen­te, pero está claro que la misma se pone en práctica de modo que se salvaguarden el empleo y las conquistas sindicales y de modo que se respeten los tiempos téc­nicamente necesarios para la misma reconversión. Tene­mos bien presentes estas exigencias objetivas de tiempos y de técnicas, pero no menos presente tenemos el riesgo de que los discursos sobre el nuevo modelo acaben en la nada, que se vaya a medidas contradictorias, a las viejas inercias y a sutiles aplazamientos, mientras por el contrario crece la urgencia objetiva del cambio y de medidas concretas en dirección del mismo.
De especial urgencia es la definición y la elaboración de planes precisos en tres direcciones al mismo tiempo: primero, un plan para el desarrollo de la producción masiva de medios de transporte colectivo públicos y para la reorganización del tráfico urbano, vinculado a un nue­vo planteamiento de la vida ciudadana; segundo, un plan para asegurar la cobertura de las necesidades energéticas del país para usos económicos y civiles (y al respecto existe ya en la Cámara una propuesta del P.C.I.); ter­cero, un plan para la agricultura, que se proponga el objetivo de la recuperación de tierras abandonadas, la defensa del suelo, un incremento fuerte y rentable de la ganadería y otras obras y transformación y desarrollo de los cultivos. La primera condición para realizar este ob­jetivo es que se garantice a los campesinos, a los culti­vadores, a los agricultores, a los ganaderos, una remu­neración adecuada de su trabajo y de su capital, bien a través de reformas en el régimen jurídico (comenzando por la transformación de la aparcería y el colonato en arrendamiento), bien a través de una más amplia inter­vención pública, concentrada ahora en las Regiones.
(...) La situación de conjunto del país, tanto por la gravedad que la caracteriza y por los riesgos que sobre ella recaen como por el alcance de la obra de renovación necesaria y posible, demuestra los fundamentos reales que tiene la perspectiva que hemos señalado al país al proponer la dirección de un giro democrático que se base en la colaboración de todas las fuerzas populares y antifascistas, al hablar de la necesidad de llegar a un nuevo «compromiso histórico».
(Roma, 17-18 de diciembre de 1973: de la intervención en la sesión del Comité Central y de la Comisión Cen­tral de Control del P.C.I.)

(Gobierno de unidad democrática y compromiso histórico. Discursos 1969-1976.- Enrico Berlinguer.- Traducción de Antonio Elorza; Colección dirigida por Juan J. Trías Vejarano, Antonio Elorza y Manuel Pérez Ledesma; Cubierta: César Bobis.- Madrid: editorial Ayuso, 1977)







jueves, 9 de julio de 2015

Por el derecho de negociación colectiva


(Huelga de todos en las administraciones públicas. 26 noviembre. Octavilla publicada por CC.OO durante las movilizaciones contra los Presupuestos Generales del Estado para 1993. Madrid, 1992)

viernes, 8 de mayo de 2015

Compañía

Una noche me fue siguiendo un perro desde el puen­te de L'Alma hasta la explanada de Le Trocadéro. Era del mismo color negro y de la misma raza que aquel al que atropellaron en mi infancia. Yo iba avenida arriba por la acera de la derecha. Al principio, el pe­rro se quedaba a unos diez metros detrás de mí y se fue acercando poco a poco. A la altura de las verjas de los jardines Galliera ya íbamos juntos. Había leído no sé dónde -a lo mejor era una nota a pie de página de Las maravillas celestes— que a algunas horas de la noche puede uno meterse en un mundo paralelo: un piso vacío en donde se ha quedado la luz encendida e incluso una callejuela sin salida. Nos encontramos allí con objetos extraviados hace mucho: un talismán de la suerte, una carta, un paraguas, una llave, y los gatos, los perros o los caballos que perdimos según pasaba la vida. Pensé que ese perro era el de la calle del Docteur-Kurzenne.
Llevaba un collar de cuero rojo con una medalla y, al inclinarme, vi que llevaba grabado un número de teléfono. Por eso no se decidirían a llevarlo a la perrera. Y yo en el bolsillo interior de la cazadora seguía llevando el pasaporte viejo y caducado en donde había manipulado la fecha de nacimiento para tener más años, los veintiuno de la mayoría de edad. Pero desde hacía varias noches no les tenía miedo a los controles de la policía. Leer Las maravillas celestes me había dado ánimos, desde luego. A partir de aho­ra miraba las cosas desde muy arriba.
El perro iba delante de mí. Al principio, había vuelto la cabeza para comprobar si efectivamente lo seguía y ahora andaba con paso regular. Estaba segu­ro de mi presencia. Yo andaba al mismo ritmo que él, despacio. Nada turbaba el silencio. Me parecía que crecía la hierba entre los adoquines. El tiempo había dejado de existir. Esto era seguramente lo que Bou-viere llamaba «el eterno retorno». Las fachadas de los edificios, los árboles, el titilar de los faroles adquirían una hondura que nunca les había visto.
El perro titubeó un momento cuando me metí en la explanada de Le Trocadéro. Parecía como si quisiera seguir recto. Pero acabó por ir detrás de mí. Me quedé bastante rato mirando los jardines del nivel inferior, el estanque grande cuya agua me parecía fosforescente y, pasado el Sena, los edificios que bordeaban los muelles y rodeaban Le Champ-de-Mars. Pensé en mi padre. Me lo imaginé allá, en un sitio cualquiera, en una habitación o incluso en un café a punto de cerrar, sentado solo bajo los tubos de neón y mirando unas carpetas. A lo mejor tenía aún una oportunidad de volver a dar con él. Bien pensa­do, el tiempo estaba abolido ya que el perro aquel procedía de las honduras del pasado, de la calle del Docteur-Kurzenne. Lo vi alejarse de mí, como si no pudiera seguir más tiempo conmigo y fuera a llegar tarde a una cita. Entonces me fui detrás. Iba siguien­do la fachada del Museo del Hombre y se metió por la calle Vineuse. Yo nunca había pasado por esa calle. Si aquel perro me llevaba por allí no sería por casua­lidad. Tuve la sensación de que estaba llegando a la meta y regresaba a terreno conocido. Sin embargo, las ventanas seguían oscuras y avanzaba en una semipenumbra. Me había acercado al perro por temor a perderlo de vista. En torno, el silencio. Oía el ruido de mis pasos. La calle torcía casi en ángulo recto y me dije que debía de ir a dar a La Closerie de Passy donde, a estas horas, el loro, en su jaula amarilla, debía de estar repitiendo: «Fiat de color verde agua. Fiat de color verde agua», sin venir a cuento, mientras la dueña y sus amigos jugaban a las cartas. Pasado el ángulo que hacía la calle, un rótulo apagado. Un restaurante, o más bien un bar, cerrado. Era domin­go. Qué sitio tan raro para un bar cuya fachada de madera clara y cuyo rótulo habrían estado más en su lugar en Les Champs-Élysées o en Pigalle...
Me había parado un momento e intentaba leer trabajosamente qué ponía en el rótulo de encima de la puerta de entrada: Vol de Nuit. Luego busqué al perro, que iba más adelantado que yo. Ya no lo veía. Apreté el paso para alcanzarlo. Pero ya no había ni rastro de él. Eché a correr y fui a salir al cruce del bulevar Delessert. Los faroles brillaban con un res­plandor que me hizo guiñar los ojos. Ningún perro a la vista, ni en la acera en cuesta del bulevar, ni en la otra acera, ni frente a mí, donde estaba esa estación de metro pequeña, ni en las escaleras que bajan hacia el Sena. La luz era blanca, una luz de noche boreal, y habría visto de lejos al perro negro. Pero se había esfumado. Noté una sensación de vacío que me re­sultaba familiar y tenía olvidada desde hacía unos días gracias a la lectura apaciguadora de Las maravillas celestes. Lamentaba que no se me hubiera quedado en la memoria el número de teléfono que llevaba en el collar.
 (Accidente nocturno.- Patrick Modiano.- Anagrama: Barcelona, 2014.- Traducción de María Teresa Gallego Urrutia)

domingo, 26 de abril de 2015

Amor

A las diez de la mañana murió el técnico Shishenok. Fue el primero... El primer día... Luego supimos que, bajo los es­combros, se había quedado otro... Valera Jodemchuk. No lograron sacarlo. Lo emparedaron con el hormigón. Pero entonces aún no sabíamos que todos ellos serían solo los primeros...
Le pregunto:
—Vasia, ¿qué hago?
—¡Vete de aquí! ¡Vete! Estás esperando un niño.—Estoy embarazada, es cierto. Pero ¿cómo lo voy a dejar? Él me pide—: ¡Vete! ¡Salva al crío!
—Primero te tengo que traer leche, y luego ya veremos.
Llega mi amiga Tania Kibenok. Su marido está en la mis­ma sala. Ha venido con su padre, que tiene coche. Nos su­bimos al coche y vamos a la aldea más cercana a por leche. A unos tres kilómetros de la ciudad. Compramos muchas garrafas de tres litros de leche. Seis, para que hubiera para todos. Pero la leche les provocaba unos vómitos terribles. Perdían el sentido sin parar y les pusieron el gota a gota. Los médicos nos aseguraban, no sé por qué, que se habían enve­nenado con los gases, nadie hablaba de la radiación.
Entretanto, la ciudad se llenó de vehículos militares, se cerraron todas las carreteras... Se veían soldados por todas partes. Dejaron de circular los trenes de cercanías, los expre­sos... Lavaban las calles con un polvo blanco... Me alarmé: ¿cómo iba a conseguir llegar al pueblo al día siguiente para comprarle leche fresca? Nadie hablaba de la radiación... Solo los militares iban con caretas. La gente de la ciudad llevaba su pan de las tiendas, las bolsas abiertas con los bollos. En los estantes había pasteles... La vida seguía como de costumbre. Solo... lavaban las calles con un polvo...
Por la noche no me dejaron entrar en el hospital... Había un mar de gente en los alrededores. Yo estaba frente a su ventana; él se acercó a ella y me gritó algo. ¡Se le veía tan desesperado! Entre la muchedumbre, alguien entendió lo que decía: que aquella noche se los llevaban a Moscú. Todas las esposas nos arremolinamos en un corro. Y decidimos: nos va­mos con ellos. ¡Dejadnos estar con nuestros maridos! ¡No tenéis derecho! Quisimos abrirnos paso a golpes, a arañazos. Los soldados..., los soldados ya habían formado un doble cor­dón y nos impedían pasar a empujones. Entonces salió el mé­dico y nos confirmó que se los llevaban aquella misma noche en avión a Moscú; que debíamos traerles ropa; la que lleva­ban en la central se había quemado. Los autobuses ya no fun­cionaban, y fuimos a pie, corriendo, a casa. Cuando volvimos con las bolsas, el avión ya se había marchado... Nos engañaron a propósito. Para que no gritáramos, ni lloráramos...
Llegó la noche... A un lado de la calle, autobuses, cientos de autobuses (ya estaban preparando la evacuación de la ciudad), y al otro, centenares de coches de bomberos. Los trajeron de todas partes. Toda la calle cubierta de espuma blanca... Íbamos pisando aquella espuma... Gritando y mal­diciendo...
Por la radio dijeron que evacuarían la ciudad, para tres o, a lo mejor, cinco días. «Llévense consigo ropa de invierno y de deporte, porque van a vivir en el bosque. En tiendas de campaña.» La gente hasta se alegró: «¡Nos mandan al cam­po!». Allí celebraremos la fiesta del Primero de Mayo. Algo inusual. La gente preparaba carne asada para el camino, y compraban vino. Se llevaban las guitarras, los magnetófo­nos... ¡Las maravillosas fiestas de mayo! Solo lloraban las mujeres a cuyos maridos les había pasado algo.
No recuerdo el viaje. Cuando vi a su madre, fue como si despertara:
—¡Mamá, Vasia está en Moscú! ¡Se lo llevaron en un vue­lo especial!
Acabamos de sembrar el huerto: patatas, coles... [¡Y a la semana evacuarían la aldea!] ¿Quién lo iba a saber? Por la noche tuve un ataque de vómito. Era mi sexto mes de emba­razo. Me sentía tan mal...
Esa noche soñé que me llamaba. Mientras estuvo vivo me llamaba en sueños: «¡Liusia, Liusia!». Pero, una vez que mu­rió, ni una sola vez. No me llamó ni una sola vez. [Llora.] Me levanté por la mañana y me dije: «Me voy sola a Moscú. Yo que...».
—¿Adónde vas a ir en tu estado? —me dijo llorando su madre. También se vino conmigo mi padre:
—Será mejor que te acompañe. —Sacó todo el dinero de la libreta, todo el que tenían. Todo...
No recuerdo el viaje. También se me borró de la cabeza todo el camino... En Moscú preguntamos al primer miliciano que encontramos a qué hospital habían llevado a los bombe­ros de Chernóbil y nos lo dijo; yo hasta me sorprendí de ello porque nos habían asustado: «No os lo dirán; es un secreto de Estado, ultrasecreto...».
—A la clínica número seis. A la Schúkinskaya.
En el hospital, que era una clínica especial de radiología, no dejaban entrar sin pases. Le di dinero a la vigilante de guardia y me dijo: «Pasa». Me dijo a qué piso debía ir. No sé a quién más le supliqué, le imploré... Lo cierto es que ya es­taba en el despacho de la jefa de la sección de radiología: Anguelina Vasílievna Guskova. Entonces aún no sabía cómo se llamaba, no se me quedaba nada en la cabeza. Lo único que sabía era que debía verlo... Encontrarlo...
Ella me preguntó enseguida:
—¡Pero, alma de Dios! ¡Criatura! ¿Tiene usted hijos?
¿Cómo iba a decirle la verdad? Estaba claro que tenía que esconderle mi embarazo. ¡No me lo dejaría ver! Menos mal que soy delgadita y no se me nota nada.
—Sí —le contesto.
—¿Cuántos?
Pienso: «He de decirle que dos. Si solo es uno, tampoco me dejará pasar».
—Un niño y una niña.
—Bueno, si son dos, no creo que vayas a tener más. Aho­ra escucha: su sistema nervioso central está dañado por com­pleto; la médula está completamente dañada...
«Bueno —pensé—, se volverá algo más nervioso.»
—Y óyeme bien: si te pones a llorar, te mando al instante para casa. Está prohibido que os abracéis y que os beséis. No te acerques mucho. Te doy media hora.
Pero yo ya sabía que no me iría de allí. Si me iba, sería con él. ¡Me lo había jurado a mí misma!
Entro... Los veo sentados sobre las camas, jugando a las cartas, riendo.
—¡Vasia! —lo llaman.
Se da la vuelta.
—¡Vaya! ¡Hasta aquí me ha encontrado! ¡Estoy perdido!
Daba risa verlo, con su pijama de la talla 48, él, que usa una 52. Las mangas cortas, los pantalones... Pero ya le había bajado la hinchazón de la cara... Les inyectaban no sé qué solución...
—¿Tú, perdido? —le pregunto.
Y él que ya quiere abrazarme.
—Sentadito. —La médico no lo deja acercarse a mí—. Nada de abrazos aquí.
No sé cómo, pero nos lo tomamos a broma. Y al momen­to todos se acercaron a nosotros; vinieron hasta de las otras salas. Todos eran de los nuestros. De Prípiat. Porque habían sido veintiocho los que habían traído en avión. «¿Qué hay de nuevo? ¿Qué pasa en la ciudad?» Yo les cuento que han em­pezado a evacuar a la gente, que se llevan fuera a toda la ciudad durante unos tres o cinco días. Los chicos se callaron; pero también había allí dos mujeres; una de ellas estaba de guardia en la entrada el día del accidente, y la mujer rompió a llorar:
—¡Dios mío! Allí están mis hijos. ¿Qué va a ser de ellos?
Yo tenía ganas de estar a solas con él; bueno, aunque solo fuera un minuto. Los muchachos se dieron cuenta de la situa­ción y cada uno se inventó un pretexto para salir al pasillo. Entonces lo abracé y lo besé. Él se apartó.
—No te sientes cerca. Coge una silla.
—Todo eso son bobadas —le dije, quitándole importan­cia—. ¿Viste dónde se produjo la explosión? ¿Qué es lo que pasó? Porque vosotros fuisteis los primeros en llegar...
—Lo más seguro es que haya sido un sabotaje. Alguien lo habrá hecho a propósito. Todos los chicos piensan lo mismo.
Entonces decían eso. Y lo creían de verdad.
Al día siguiente, cuando llegué, ya los habían separado; cada uno en una sala aparte. Les habían prohibido categó­ricamente salir al pasillo. Hablarse. Se comunicaban gol­peando la pared. Punto-raya, punto-raya. Punto... Los mé­dicos lo justificaron diciendo que cada organismo reacciona de manera diferente a las dosis de radiación, de manera que lo que uno aguanta puede que no lo resista otro. Allí, don­de estaban ellos, hasta las paredes reaccionaban al geiger. A derecha e izquierda, y en el piso de abajo. Sacaron a todo el mundo de allí; no dejaron ni a un solo paciente... Por de­bajo y por encima, tampoco nadie...
Viví tres días en casa de unos conocidos de Moscú. Mis conocidos me decían: coge la cazuela, coge la olla, coge todo lo que necesites, no sientas vergüenza. ¡Así resultaron ser estos amigos! ¡Así eran! Y yo hacía una sopa de pavo para seis personas. Para seis de nuestros muchachos... Los bombe­ros. Del mismo turno. Todos estaban de guardia aquella no­che: Vaschuk, Kibenok, Titenok, Právik, Tischura...
En la tienda les compré a todos pasta de dientes, cepillos, jabón... No había nada de esto en el hospital. Les compré toallas pequeñas... Ahora me admiro de aquellos conocidos míos; tenían miedo, por supuesto; no podían dejar de tenerlo; ya corrían todo tipo de rumores; pero, de todos modos, se prestaban a ayudarme: coge todo lo que necesites. ¡Cógelo! ¿Y él cómo está? ¿Cómo se encuentran todos? ¿Saldrán con vida? Con vida... [Calla.]
En aquellos días me topé con mucha gente buena; no los recuerdo a todos. El mundo se redujo a un solo punto. Se achicó... A él. Solo a él... Recuerdo a una auxiliar ya mayor, que me fue preparando:
—Algunas enfermedades no se curan. Debes sentarte a su lado y acariciarle la mano.
Por la mañana temprano voy al mercado; de allí a casa de mis conocidos; y preparo el caldo. Hay que rallarlo todo, des­menuzarlo, repartirlo en porciones... Uno me pidió: «Tráeme una manzana».
Con seis botes de medio litro. ¡Siempre para seis! Y para el hospital.... Me quedo allí hasta la noche. Y luego, de nuevo a la otra punta de la ciudad. ¿Cuánto hubiera podido resis­tir? Pero, a los tres días, me ofrecieron quedarme en el hotel destinado al personal sanitario, en los terrenos del propio hospital. ¡Dios mío, qué felicidad!
—Pero allí no hay cocina. ¿Cómo voy a prepararles la comida?
—Ya no tiene que cocinar. Sus estómagos han dejado de asimilar alimentos.
Él empezó a cambiar. Cada día me encontraba con una persona diferente a la del día anterior. Las quemaduras le salían hacia fuera. Aparecían en la boca, en la lengua, en las mejillas... Primero eran pequeñas llagas, pero luego fueron creciendo. Las mucosas se le caían a capas..., como si fueran unas películas blancas... El color de la cara, y el del cuerpo..., azul..., rojo..., de un gris parduzco. Y, sin embargo, todo en él era tan mío, ¡tan querido! ¡Es imposible contar esto! ¡Es im­posible escribirlo! ¡Ni siquiera soportarlo!...
Lo que te salvaba era el hecho de que todo sucedía de manera instantánea, de forma que no tenías ni que pensar, no tenías tiempo ni para llorar.
¡Lo quería tanto! ¡Aún no sabía cuánto lo quería! Justo nos acabábamos de casar... Aún no nos habíamos saciado el uno del otro... Vamos por la calle. Él me coge en brazos y se pone a dar vueltas. Y me besa, me besa. Y la gente que pasa, ríe...

(Voces de Chernóbil.-  Svetlana Alexievich.-  Debolsillo: Barcelona, 2015.-  Traducción de Ricardo San Vicente)