La habitación de Mortimer Smautf, el viejo mayordomo de Bartlebooth, debajo del tejado, entre el estudio de Hutting y el cuarto de Jane Sutton.
La habitación está vacía. Un gato de pelo blanco con los ojos entornados y las patas de delante juntas en una actitud de esfinge, dormita sobre el cubrecama naranja. Al lado de la cama, en una mesilla de noche, están puestos un cenicero de vidrio tallado de forma triangular que lleva grabada la palabra "Guinness", una colección de crucigramas y una novela policíaca titulada Los siete crímenes de Azincourt.
Hace más de cincuenta años que Smautf está al servicio de Bartlebooth. Aunque él mismo se llama mayordomo, sus funciones han sido más bien las de un ayuda de cámara o las de un secretario; o, más exactamente todavía, las de ambos a la vez; en realidad fue sobre todo su compañero de viaje, su factotum y, si no su Sancho Panza, sí que fue por lo menos su Passepartout (pues la verdad es que había en Bartlebooth algo de Phileas Fogg), sucesivamente maletero, cepillador, barbero, chófer, guía, tesorero, agente de viajes y portaparaguas.
Los viajes de Bartlebooth, y por consiguiente los de Smautf, duraron veinte años, de mil novecientos treinta y cinco a mil novecientos cincuenta y cuatro, y los llevaron, de modo caprichoso a veces, por toda la circunferencia del globo terrestre. A partir de mil novecientos treinta empezó Smautf a prepararlos, reuniendo los papeles necesarios para la obtención de visados, documentándose sobre las formalidades vigentes en los distintos países visitados, abriendo en diferentes lugares idóneos cuentas corrientes bien aprovisionadas, reuniendo guías, mapas, horarios y tarifas y reservando habitaciones de hotel y pasajes de barco. La intención de Bartlebooth era ir a pintar quinientas marinas en quinientos puertos diferentes. Eligió él los puertos más o menos al azar, hojeando atlas, libros de geografía, relatos de viajes y prospectos turísticos y marcando al mismo tiempo los sitios que le gustaban. Smautf estudiaba después los medios de transporte y las posibilidades de alojamiento.
El primer puerto, en la primera quincena de enero de mil novecientos treinta y cinco, fue Gijón, en el Mar Cantábrico, no lejos del lugar donde el desventurado Beaumont se empeñó en buscar los vestigios de una improbable capital árabe de España. El último fue Brouwershaven, en Zelanda, en la desembocadura del Escalda, durante la segunda quincena de diciembre de mil novecientos cincuenta y cuatro. Entre ambos hubo el puertecito de Muckanaghederdauhaulia, no lejos de Costello, en la bahía de Camus en Irlanda, y el puerto aún más pequeño de U en las islas Carolinas; hubo puertos bálticos y puertos letones, puertos chinos y puertos malgaches, puertos chilenos y puertos tejanos; puertos minúsculos con dos barcas de pesca y tres redes y puertos inmensos con escolleras de varios kilómetro, tinglados y muelles, centenares de grúas y de puentes-grúa; puertos hundidos en la niebla, puertos tórridos, puertos helados; puertos abandonados, puertos cegados por la arena, puertos de deporte con playas artificiales, palmeras trasplantadas y fachadas de grandes hoteles y casinos; astilleros infernales que construían liberty ships por millares; puertos devastados por las bombas; puertos tranquilos donde al lado de los sampanes se salpicaban chiquillas desnudas; puertos de piraguas, puertos de góndolas; puertos de guerra, ensenadas, diques de carena, radas, dársenas, canales, muelles; montones de barriles, de cabos y de esponjas; pilas de árboles rojos, montañas de abonos, de fosfatos, de minerales; cajones pululantes de langostas y cangrejos; puestos de pescado: rubios, barbadas, cotos, doradas, pescadillas, caballas, rayas, bonitos, sepias y lampreas; puertos que apestaban a jabón o a cloro; puertos azotados por las tormentas; puertos desiertos aplastados por el calor; barcos de guerra, despanzurrados, reparados de noche por miles de sopletes; trasatlánticos empavesados rodeados de buques cisterna que lanzaban sus grandes surtidores entre aullidos de sirenas y repicar de campanas.
Bartlebooth dedicaba dos semanas a cada puerto, incluido el viaje, con lo que solían quedarle entre cinco y seis días de permanencia en cada sitio. Los dos primeros días paseaba por la orilla del mar, miraba las embarcaciones, charlaba con los pescadores siempre que hablasen uno de los cinco idiomas -inglés, francés, español, árabe y portugués- que conocía y a veces salía con ellos al mar. El tercer día elegía el sitio y dibujaba algunos bocetos que rompía en el acto. El penúltimo día pintaba su marina por regla general al final de la mañana, a no ser que buscara o esperara algún efecto especial: salida o puesta de sol, amago de tormenta, vendaval, llovizna, marea alta o baja, paso de aves, salida de las barcas, llegada de un navío, mujeres lavando ropa, etc. Pintaba con mucha rapidez y nunca repetía nada. Apenas estaba la acuarela seca, cuando arrancaba del bloc la hoja de papel Whatman y se la entregaba a Smautf. (Smautf podía hacer lo que quisiera el resto del tiempo: visitar los zocos, los templos, los burdeles y los tabernáculos de mala fama, pero tenía que estar presente cuando Bartlebooth pintaba, poniéndose a su espalda y aguantando sólidamente el gran paraguas que protegía al pintor y su frágil caballete de la lluvia, el sol o el viento). Smautf envolvía la marina en papel de seda, la metía en un sobre semirrígido y lo recubría con papel de embalar atado y lacrado. Por la noche o, lo más tarde, a la mañana siguiente, cuando no había estafeta de correos en el lugar en que se hallaban, salía el paquete destinado al
Sr. D. Gaspard Winckler
Calle de Simon-Crubellier, 11
Paris 17 Francia
Smautf localizaba cuidadosamente el sitio apuntando su referencia en un registro ad hoc. Al día siguiente, Bartlebooth hacía una visita al cónsul de Inglaterra, si lo había en el lugar o en sus inmediaciones, o a alguna otra notabilidad local. Dos días después se marchaban. A veces se modificaba ligeramente este programa debido a la distancia de las etapas, pero por lo general se respetaba escrupulosamente.
(La Vida Instrucciones de uso.- Georges Perec.- Barcelona : Anagrama. 1992. Traducción de Josep Escué)