En sus viajes a Londres todavía va al cine, pero sus problemas de vista le estropean cada vez más la diversión. Tiene que sentarse en primera fila para poder leer los subtítulos e, incluso así, tiene que forzar la vista.
Visita a un oftalmólogo y sale con un par de gafas de carey negro. En el espejo se parece aún más al cerebrito cómico del mayor Arkwright. Por otra parte, al mirar por la ventana descubre asombrado que distingue las hojas de los árboles una a una. Los árboles han sido un borrón verde desde que tiene uso de razón. ¿Habría tenido que llevar gafas toda la vida? ¿Explica esto que fuera un pésimo jugador de críquet, que la pelota siempre pareciera acercársele salida de ninguna parte?
Acabamos pareciéndonos a nuestro yo ideal, dice Baudelaire. Poco a poco la cara que deseamos, la cara de nuestros sueños secretos, arrolla a la cara con la que nacemos. ¿Es la cara del espejo la cara de sus sueños, esta cara larga y lúgubre con una boca flácida y vulnerable y unos ojos que ahora se parapetan tras unos cristales?
La primera película que ve con las gafas nuevas es El Evangelio según san Mateo, de Pasolini. Resulta una experiencia perturbadora. Después de cinco años de educación católica, había creído superado para siempre el atractivo del mensaje cristiano. Pero no es así. El pálido y huesudo Jesús de la película, que retrocede encogido ante el contacto de otros, que camina descalzo profiriendo profecías y diatribas, es real de un modo en que nunca lo fue el Jesús de corazón sangrante. Se estremece cuando le clavan las manos a Jesús; cuando el sepulcro aparece vacío y el ángel anuncia a las mujeres llorosas "No miréis aquí porque ha resucitado", y empieza la misa luba y las gentes de la tierra, los cojos y lisiados, los despreciados y rechazados, llegan corriendo o renqueando, con los rostros iluminados por la alegría, a compartir la buena nueva, también su corazón quiere estallar; lágrimas de exaltación que no entiende le ruedan por las mejillas, lágrimas que tiene que secarse a escondidas antes de poder regresar al mundo.
En otra de sus excursiones a la ciudad, en el aparador de una librería de segunda mano de Charing Cross Road, descubre un pequeño pero grueso libro con la cubierta violeta: Watt, de Samuel Beckett, publicado por Olympia Press. Olympia Press tiene mala fama: publica pornografía en inglés para suscriptores de Inglaterra y Norteamérica desde su refugio parisino. Pero, como actividad suplementaria, publica también los escritos más audaces de la vanguardia; Lolita, de Vladimir Nabokov, por ejemplo. Es muy poco probable que Samuel Beckett, autor de Esperando a Godot y Fin de partida, escriba pornografía. Entonces, ¿qué tipo de libro será Watt?
Lo hojea. Está impreso en la misma serif de cuerpo denso que los Poemas escogidos de Pound, un tipo que para él evoca intimidad, solidez. Compra el libro y se lo lleva a casa del mayor Arkwright. Desde la primera página sabe que ha dado con algo. Recostado en la cama con la luz colándose por la ventana, lee sin parar.
Watt no se parece a las obras de teatro de Beckett. No hay enfrentamiento, no hay conflicto, únicamente el flujo de una voz contando una historia, un flujo continuamente asaltado por dudas y escrúpulos, con el ritmo exactamente acompasado con el ritmo de la mente. Watt también es divertido, tan divertido que se desternilla de risa. Cuando llega al final lo empieza otra vez por el principio.
¿Por qué nadie le dijo que Beckett escribía novelas? ¿Cómo pudo haber imaginado que quería escribir a la manera de Ford cuando Beckett rondaba por ahí todo el tiempo? En Ford ha encontrado siempre un componente de camisa almidonada que no le gustaba, pero que dudaba en reconocer, algo relacionado con el valor que Ford otorgaba a saber en qué lugar del West End se compran los mejores guantes para automóviles o cómo distinguir un Médoc de un Beaune; mientras que en Beckett no hay clases, o, como él preferiría, Beckett es un desclasado.
(Juventud.- J. M. Coetzee.- DeBolsillo: Barcelona, 2011.- Traducción de Cruz Rodríguez Juiz)
(Juventud.- J. M. Coetzee.- DeBolsillo: Barcelona, 2011.- Traducción de Cruz Rodríguez Juiz)
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