miércoles, 26 de octubre de 2011

Fosa común

   Mi hermano menor murió durante la guerra de Japón. Murió, y murió sin sepultura. Fue arrojado a una fosa común encima de los últimos cuerpos enterrados. Y pensarlo es tan terrible, tan atroz, que no se puede soportar, y, antes de haberlo experimentado, no se puede saber hasta qué extremo. No se trata de la mezcla de cuerpos, en absoluto; es la desaparición de ese cuerpo en la masa de otros cuerpos. Es el cuerpo, su cuerpo, el suyo, arrojado a la fosa de los muertos, sin un nombre, sin una palabra. Excepto la de la oración de todos los muertos.
(Escribir.- Marguerite Duras.- Tusquets: Barcelona, 2009 .- Fragmento extraído del relato La muerte del joven aviador inglés.- Traducción de Ana María Moix)

jueves, 20 de octubre de 2011

Gadafi

   Si nosotros estuviésemos seguros de que todos (los hadit) han sido realmente pronunciados por el Profeta, los aceptaríamos de la misma manera que aceptamos el Corán. Pero el problema es que nosotros no sabemos con exactitud qué es lo que ha dicho y qué lo que no ha dicho. Tanto más cuanto que el Islam, después de la desaparición del Profeta, ha conocido diversas escuelas jurídicas. Los ritos que practicáis en la actualidad no existían en su tiempo [...] Se trata, en cierto modo, de movimientos políticos que nacieron en la comunidad islámica [...].
   Nosotros rechazamos que las mujeres sean utilizadas como en los países capitalistas que las consideran como mercancías, valores económicos u objetos de distracción. [...] Hay que cerrar la puerta de la diversión y del harén, poner fin a la esclavitud y al desprecio de la humanidad por las mujeres. [...] Es necesario que las mujeres lleven armas y tengan un estatuto social que les permita no ser más dominadas, maltratadas y humilladas. Ellas no serán libres y respetadas y no ejercerán sus derechos más que cuando sean fuertes y posean todas las armas, tanto las armas de fuego como las armas de la ciencia, de la conciencia, de la cultura y de la revolución.
(Gaddafi, Yo soy un opositor a escala mundial, entrevistas con H. Berrada, M. Kravetz, M. Whiteaker, Ed. Favre, 1984. Fragmento incluído en El Islam, de Paul Balta.- Salvat - Le Monde: Barcelona. 1996. Traducción de Sebastià Puigserver)
[Vea también http://ca.altermedia.info/litterature-reflexions/kadhafi-tierceriste-arabe-et-opposant-a-lechelon-mondial_2833.html ]

lunes, 17 de octubre de 2011

Hambre

En memoria de León Lunst
León Lunst murió el 9 de mayo (1924). Murió en un sanatorio cerca de Hamburgo, de una enfermedad indeterminada “que se desarrolló a base de agotamiento nervioso”, según me han dicho.
   El sabía que se moría. Y murió en paz, sin sufrimientos, sin suspiros, sin quejas.
   Solo vivió veintidós o veintitrés años. Discípulo del profesor Petróf – cátedra de Literaturas neo-latinas-, fue, al licenciarse, enviado por el Claustro de profesores a España, para estudiar la literatura española. Cuando se puso en camino estaba ya enfermo, y pasó casi un año en un sanatorio. Durante este tiempo escribió el drama  La ciudad de la verdad. Luego compuso otras obras dramáticas: El mono vanidoso, Bertrán de Bonr y Fuera de la ley.
   Entre sus cuentos me gusta extraordinariamente uno titulado En el desierto, magnífica estilización de la leyenda bíblica del éxodo judío en Egipto.
   Yo tenía la convicción de que en León Lunst se hubiera desenvuelto un gran artista original – posee el ingenio indiscutible de un dramaturgo-.
   Como viva y trabaje Lunst – pensaba yo -, la escena rusa se enriquecerá con obras de que, hasta ahora, no tuvo semejante.
   Con León Lunst ha muerto un joven de extraordinarias cualidades; era genial, inteligente y, para un mozo de su edad, excepcionalmente culto. Sentíase en él una rara independencia y una imaginación fogosa. Esta cualidad no era solamente indicio de una juventud desconocedora de la vida – tal juventud no existe en la Rusia de hoy -. La independencia en él era una cualidad fundamental, natural y honesta; aquel fuego que solo se extingue cuando ha consumido al hombre enteramente.
   En el Círculo de “Los hermanos Serapiones”, León Lunst era el predilecto. Agudo, de palabra fogosa, era un camarada magnífico; sabía querer. Los difíciles años de 1919 y 1920, cuando la Rusia bloqueada – padecieron hambre, y algunos de ellos, durante días enteros, se esforzaban por yacer inmóviles para sofocar los dolores lacerantes del hambre, León Lunst fue de los que pensaron en los amigos antes que en él propio.
Es muy triste hablar de esta pérdida dolorosa, de la muerte prematura de este hombre genial.

(Prólogo de Máximo Gorki a la obra Fuera de la ley, farsa trágica en cuatro actos, de León Lunst, incluida en el volumen Teatro Revolucionario Ruso.- M. Aguilar: Madrid, 1929.- Prólogo y traducción de Cristóbal de Castro)

viernes, 7 de octubre de 2011

Literatura sin clases

   En sus viajes a Londres todavía va al cine, pero sus problemas de vista le estropean cada vez más la diversión. Tiene que sentarse en primera fila para poder leer los subtítulos e, incluso así, tiene que forzar la vista.
   Visita a un oftalmólogo y sale con un par de gafas de carey negro. En el espejo se parece aún más al cerebrito cómico del mayor Arkwright. Por otra parte, al mirar por la ventana descubre asombrado que distingue las hojas de los árboles una a una. Los árboles han sido un borrón verde desde que tiene uso de razón. ¿Habría tenido que llevar gafas toda la vida? ¿Explica esto que fuera un pésimo jugador de críquet, que la pelota siempre pareciera acercársele salida de ninguna parte?
   Acabamos pareciéndonos a nuestro yo ideal, dice Baudelaire. Poco a poco la cara que deseamos, la cara de nuestros sueños secretos, arrolla a la cara con la que nacemos. ¿Es la cara del espejo la cara de sus sueños, esta cara larga y lúgubre con una boca flácida y vulnerable y unos ojos que ahora se parapetan tras unos cristales?
   La primera película que ve con las gafas nuevas es El Evangelio según san Mateo, de Pasolini. Resulta una experiencia perturbadora. Después de cinco años de educación católica, había creído superado para siempre el atractivo del mensaje cristiano. Pero no es así. El pálido y huesudo Jesús de la película, que retrocede encogido ante el contacto de otros, que camina descalzo profiriendo profecías y diatribas, es real de un modo en que nunca lo fue el Jesús de corazón sangrante. Se estremece cuando le clavan las manos a Jesús; cuando el sepulcro aparece vacío y el ángel anuncia a las mujeres llorosas "No miréis aquí porque ha resucitado", y empieza la misa luba y las gentes de la tierra, los cojos y lisiados, los despreciados y rechazados, llegan corriendo o renqueando, con los rostros iluminados por la alegría, a compartir la buena nueva, también su corazón quiere estallar; lágrimas de exaltación que no entiende le ruedan por las mejillas, lágrimas que tiene que secarse a escondidas antes de poder regresar al mundo.
   En otra de sus excursiones a la ciudad, en el aparador de una librería de segunda mano de Charing Cross Road, descubre un pequeño pero grueso libro con la cubierta violeta: Watt, de Samuel Beckett, publicado por Olympia Press. Olympia Press tiene mala fama: publica pornografía en inglés para suscriptores de Inglaterra y Norteamérica desde su refugio parisino. Pero, como actividad suplementaria, publica también los escritos más audaces de la vanguardia; Lolita, de Vladimir Nabokov, por ejemplo. Es muy poco probable que Samuel Beckett, autor de Esperando a Godot y Fin de partida, escriba pornografía. Entonces, ¿qué tipo de libro será Watt?
   Lo hojea. Está impreso en la misma serif de cuerpo denso que los Poemas escogidos de Pound, un tipo que para él evoca intimidad, solidez. Compra el libro y se lo lleva a casa del mayor Arkwright. Desde la primera página sabe que ha dado con algo. Recostado en la cama con la luz colándose por la ventana, lee sin parar.
   Watt no se parece a las obras de teatro de Beckett. No hay enfrentamiento, no hay conflicto, únicamente el flujo de una voz contando una historia, un flujo continuamente asaltado por dudas y escrúpulos, con el ritmo exactamente acompasado con el ritmo de la mente. Watt también es divertido, tan divertido que se desternilla de risa. Cuando llega al final lo empieza otra vez por el principio.
   ¿Por qué nadie le dijo que Beckett escribía novelas? ¿Cómo pudo haber imaginado que quería escribir a la manera de Ford cuando Beckett rondaba por ahí todo el tiempo? En Ford ha encontrado siempre un componente de camisa almidonada que no le gustaba, pero que dudaba en reconocer, algo relacionado con el valor que Ford otorgaba a saber en qué lugar del West End se compran los mejores guantes para automóviles o cómo distinguir un Médoc de un Beaune; mientras que en Beckett no hay clases, o, como él preferiría, Beckett es un desclasado.

(Juventud.- J. M. Coetzee.- DeBolsillo: Barcelona, 2011.- Traducción de Cruz Rodríguez Juiz)