sábado, 20 de diciembre de 2014

Duelo

Capítulo IV
Refiere la enfermedad y bautismo de un amigo suyo, a quien él había pervertido, cuya muerte sintió y lloró amargamente
                En aquellos años, y al mismo tiempo que había comenzado a enseñar en la ciudad en que nací, había adquirido un amigo, que por que estudiamos juntos, por ser de mi edad, y estar ambos en la flor y lozanía de la juventud, llegó a serme muy amado. Desde niños habíamos crecido juntos, habíamos ido juntos a la Escuela y juntos habíamos jugado. Pero entonces no era tran estrecha nuestra amistad; aunque ni tampoco después cuando digo que le amé tanto, era nuestra amistad tan verdadera como debe ser; porque solo es verdadera amistad la que Vos formáis entre los que están unidos a Vos por la caridad que ha derramado en nuestros corazones el Espíritu Santo, que nos fue enviado y dado.
                Pero no obstante era para mí aquella amistad dulcísima y sazonada con el fervor de ser iguales nuestros cuidados y estudios. Porque también le había desviado yo de la verdadera Fe, que siendo joven seguía, aunque no entera y entrañablemente; y le había inclinado a aquellas falsedades supersticiosas y perjudiciales que hicieron a mi madre llorar tanto por mí. De modo que aún en el error que seguíamos interiormente, eramos iguales y no podía mi alma hacer nada sin él. Pero he aquí que Vos, yendo a los alcances a vuestros siervos fugitivos, como Dios de las venganzas, y al mismo tiempo fuente inagotable de las misericordias, convirtiéndonos a Vos por caminos y modos admirables, sacásteis de esta vida aquel mancebo, cuando apenas se había cumplido un año de nuestra amistad, que me era más deliciosa que todas las delicias que en aquel tiempo gozaba.
                ¿Quién hay que sea él solo suficiente a contar los motivos que tiene para alabaros, por lo que ha experimentado solamente en sí mismo? ¿Qué es lo que entonces ejecutasteis, Dios mío? Oh, ¡cuán insondable es la profundidad de vuestros juicios! Porque estando aquel amigo mío enfermo de calentura, le dio una vez un síncope que le duró mucho tiempo, juntamente con un sudor mortal. Y viéndole ya sin esperanzas de vida se le dio el Bautismo, sin que él lo supiese ni pudiese conocerlo: lo cuál a mí me dio poco cuidado, persuadiéndome que su alma conservaría mejor lo que yo le había enseñado, que lo que se ejecutaba en su cuerpo, sin saberlo él ni advertirlo. Pero muy al contrario sucedía; porque él volvió en sí y con salud en el alma.
                Luego, al punto que pude hablarle (y pude luego que él pudo, pues no me apartaba de él y mutuamente pendíamos uno del otro), intenté burlarme del Bautismo que le habían dado, estando él muy lejos de tener conocimiento ni sentido: creyendo yo que él también se burlaría conmigo de aquel hecho, pues para entonces ya sabía él que le habían bautizado. Mas luego que oyó mi burla, me mostró tanto horror como si fuera yo su peor enemigo y me amonestó con una admirable y repentina libertad, que si quería ser su amigo no volviese a hablar de aquello por aquel estilo. Yo entonces espantado todo y turbado, reprimí lo que se me ofrecía responderle, dejándolo para cuando hubiese convalecido y estuviese capaz con las fuerzas de su cabal salud, para poderle yo decir entonces todo cuanto quisiese. Pero pocos días después, estando yo ausente, le acometieron otra vez las calenturas y se murió: siendo como arrebatado de entre las manos de mi locura, para estar bien guardado junto a Vos para mi consuelo.
                Sentí  tanto su pérdida, que se llenó mi corazón de tinieblas, y en todo cuanto miraba no veía otra cosa sino la muerte. Mi Patria me servía de suplicio, y la casa de mis padres me parecía la morada más infeliz e insufrible: y todo cuanto había tratado y comunicado con él, se me movía en cruelísimo tormento, viéndome sin mi amigo. Por todas partes le buscaban mis ojos y en ninguna le veían: y aborrecía todas las cosas porque en ninguna de ellas le encontraba, ni podían ya decirme (como antes cuando vivía y estaba fuera de casa o ausente) espera, que ya vendrá. Estaba yo trocado en un confuso enigma sin entenderme a mí mismo, y preguntaba a mi alma “Por qué estaba tan triste y por qué me afligía tanto”; y no tenía qué responderme. Y si la decía “Espera en Dios”, con razón me desobedecía, porque más verdadero ser tenía y mucho mejor era aquel amadísimo hombre que había perdido, que aquel Fantasma que yo entonces creía dios y en quien la mandaba que esperase. Solo el llanto me era dulce y gustoso y el sucesor de mi amigo en causar las delicias de mi alma.
Capítulo V
Por qué los afligidos e infelices tienen gusto en llorar
                Mas ahora, Señor, que pasaron todas aquellas cosas y con el tiempo se me ha mitigado el dolor de aquella herida, ¿podré escuchar de Vos que sois la Verdad eterna y aplicar los oídos de mi alma a vuestra boca, para que me digáis por qué el llanto es gustoso a los desventurados y afligidos?
                Por ventura, Señor, no obstante que estáis presente en todas partes, ¿será posible que estén muy lejos de Vos nuestras necesidades y miserias? Vos Señor inalterablemente permanecéis en Vos mismo; pero nosotros nos mudamos continuamente, experimentando siempre  diversos acaecimientos y novedades: y no nos quedara siquiera el consuelo de la esperanza, si no llegaran a vuestros oídos nuestras lágrimas.
                Pues ¿en qué consiste que el gemir, el llorar, el suspirar, el quejarse, se tiene como un fruto suave y dulce, que se coge de la amargura de esta vida? Acaso lo que hay de dulce y gustoso en el llanto es la esperanza que tenemos de que Vos oigáis nuestros suspiros y lágrimas? Pero esto era bueno para que lo dijéramos de los ruegos y súplicas que os hacemos, porque siempre van acompañadas del deseo de llegar a conseguir algo. Mas en el dolor y sentimiento de una cosa ya perdida y en el triste llanto de que entonces estaba yo cubierto ¿podremos por ventura decir lo mismo? Porque yo no esperaba que mi amigo resucitase, ni con mis lágrimas pretendía tal cosa; sino solamente era mi fin sentir su muerte y llorarla, porque me hallaba infeliz y miserable y había perdido lo que causaba toda mi alegría. O es acaso que, siendo amargo el llorar, nos causa deleite cuando llegamos a tener disgusto y aborrecimiento de las cosas que gozábamos antes con placer y alegría

Capítulo VI
De lo mucho que sintió la muerte de su amigo
                Mas, ¿para qué hablo de esto? Pues no es ahora ocasión de haceros preguntas sino de confesaros mis miserias. Yo era miserable, como lo es cualquier alma aprisionada con el amor de las cosas perecederas, y cuando las pierde la despedaza el sentimiento: y entonces es cuando conoce lo miserable que es, aún antes de perderlas.
                Así me hallaba yo en aquel tiempo y lloraba amarguísimamente y descansaba en mi amargura. Tal como esta era mi miseria, y más que a aquel amigo mío, amaba yo la vida miserable que tenía: pues aunque quisiera trocarla, con todo eso no quisiera antes perderla que perderle a él; y no sé si quisiera perderla por él, como se refiere de Orestes y Pilades (si es que no es fingido), que querían morir el uno por el otro o entrambos al mismo tiempo, porque tenían por mayor daño vivir el uno sien el otro. Pero no sé qué afecto muy contrario a este había nacido en mí: pues tenía grandísimo tedio de la vida y miedo de la muerte. Yo creo que cuanto mayor era el amor que le tenía, tanto más aborrecía y temía a la muerte, como a enemiga cruelísima que me la había quitado: y juzgaba que ella había de acabar de repente con todos los hombres, una vez que había podido acabar con aquel.
                Así cabalmente me hallaba yo, que bien presente lo tengo. Ved aquí mi corazón, Dios mío; he aquí todo mi interior, ved que no lo tengo olvidado, esperanza mía, que me limpiáis de la inmundicia de semejantes afectos, dirigiendo a Vos los ojos de mi alma y librando a mis pies de los lazos que me tenían enredado. Me admiraba de que los demás mortales viviesen, pues  había muerto aquel a quien yo amaba como si no hubiera de morir: y más me maravillaba de que habiendo muerto él, viviera yo, que era otro él. Bien dijo uno, hablando de un amigo suyo, que era la mitad de su alma: porque yo creí que mi alma y la suya habían sido una sola alma en dos cuerpos. Y por eso me causaba horror la vida, porque no quería vivir a medias y como dividido, y por eso quizás temería el morirme,  porque no muriese de todo punto aquel a quien había amado tanto.

Capítulo VII
Cómo se salió de su Patria, por no poder aguantar este dolor
¡Oh, qué locura no saber amar a los hombres humanamente! ¡Oh, qué necio hombre era yo, pues las cosas humanas las padecía sin moderación! Y así me acongojaba, suspiraba, lloraba, andaba turbado, incapaz de descanso ni consejo. Traía mi alma como despedazada, ensangrentada, impaciente de estar conmigo, y yo no hallaba dónde ponerla. No hallaba descanso alguno ni en los bosques amenos, ni en los juegos y músicas, ni en los jardines olorosos, ni en los banquetes espléndidos ni en los deleites del lecho, y finalmente ni lo hallaba en los libros ni en los versos. Todo me causaba horror y hasta la misma luz: y todo cuanto no era mi amigo me era insufrible y odioso, sino el gemir y llorar: pues solamente en esto tenía algún corto descanso. Pero luego que se le quitaba o estorbaba a mi alma este triste alivio, me brumaba la pesada carga de mi miseria.
                Bien sabía yo que debía levantar mi alma hacia Vos, Señor, para que me la curareis; pero ni quería ni podía: y tanto más incapaz me hallaba para esto, cuanto lo que yo pensaba de Vos, era menos sólido y estable. Porque lo que yo imaginaba no erais Vos; sino que solo un vago fantasma y el error mío, eso era lo que tenía por mi dios. Y si me esforzaba por poner mi alma en aquello que yo imaginaba ser mi dios, para que allí descansase; se resbalaba por no hallar solidez y volvía a caerse sobre mí, quedando yo hecho una infeliz morada de mí mismo, donde ni pudiese estar ni la pudiese dejar. Porque ¿adónde podría huir mi corazón que se alejara de sí mismo ¿adónde huiría yo de mí? ¿Adónde dejaría de ir tras de mí? No obstante, me salí de mi Patria, y desde Thagaste me fui a Carthago, porque allí buscaban menos mis ojos a mi amigo, donde no tenían costumbre de verlo.

(Las confesiones de N. G. Padre San Augustin : enteramente conformes à la edicion de San Mauro / nuevamente traducidas del latin al castellano, é ilustradas con varias notas ... por el R. P. Fr. Eugenio Zeballos.- San Agustín, Obispo de Hipona.- Madrid: imprenta de la Viuda e Hijo de Marín, 1793)

sábado, 1 de noviembre de 2014

Larguísimas calles de vuelta a casa

Él había estado aquí cuando esa puerta se abrió de nue­vo. Se le podía ver en esas imágenes otra vez eufórico, disfrazado de multitud, alguien que, igual que el material vi­sual circundante, podía pensar, pensaba algo y percibía, alguien que había absorbido la euforia y sentía cómo era arrastrado a este lado y al de más allá. Había vuelto a subir a la elevada plataforma y había observado el mundo prohibido hasta entonces, había visto cómo los jóvenes bailaban sobre el muro que todavía estaba allí. Era de noche, la pri mera noche, a los bailarines les enchufaban con cañones de agua, pero no les afectaba en absoluto, y luego los reflectores iluminaron las blancas pantallas de agua. Él había observado las trepidantes figuras de esos bailarines, su alegría, que nada podía amargar, y por un momento había tenido la sensación, quizá por primera vez en su vida, de que formaba parte del pueblo; no, parte del pueblo no, él era pueblo. No sólo sobre ese muro, también se bailaba debajo, al pie de la plataforma, justo detrás del Reichstag, y una mujer rubia le había cogido de la mano y le había introducido en ese baile. Él había ido con ella, primero a un café y más tarde a su casa en algún lugar de Kreuzberg, y luego había recorrido las largas, larguísimas calles de vuelta a casa y ya nunca la había vuelto a ver. Lo recordaba como un momento de felici­dad porque se había visto liberado de cualquier otro pensa­miento. Su radiante mirada, su festividad, habían borrado por una sola vez todos los demás recuerdos. No había que­dado ninguna vivienda, ningún mueble, ningún nombre, só­lo esa radiación y un susurro por despedida, un pequeño acontecimiento como parte de la alegría general, algo con­substancial a tu naturaleza si eras pueblo, casi como si estu­viera obedeciendo a una ley natural, como cincuenta años antes, en esa misma ciudad, habían sido consubstanciales a ella el pillaje, los incendios provocados y las violaciones.
(El día de todas las almas.- Cees Nooteboom.- Debolsillo: Barcelona, 2010. Traducción de Julio Grande)

lunes, 20 de octubre de 2014

Santuario

A unos cien kilómetros al norte de Narin, cerca de la pequeña ciudad de Kochkora, una familia me alquiló una habitación en una casa rodeada de huertos. Su puerta doble daba a un patio encalado donde había pa­vos chillando entre las hortalizas y en un soto próximo una oveja saca­ba paja de una caja y había manzanas rojas y doradas caídas al pie de los frutales. Volví a sentirme en paz. En sus pasillos y habitaciones, alfom­brillas de fieltro mullían el suelo de madera soviético pintado de ma­rrón y alfombras uzbekas tapizaban las paredes.
Yo ya me había familiarizado con estos hogares  —con el retrete encontrado a tientas entre la maleza a la luz de las estrellas; con las ventanas dobles herméticamente cerradas contra el frío; con las fotografías de parientes mayores difuntos en las paredes: mujeres sufridas con pañuelos en la cabeza, hombres con medallas de guerra.
Yo tenía otras razones para venir aquí. Había oído hablar de un curioso mazar situado al sur entre las colinas. La familia no sabía nada de él, pero uno de los hijos tenía un viejo taxi, y con la curiosidad de un devoto, me llevó allí con su hija adolescente. Atravesamos una región sembrada de túmulos donde reposaban antiguos guerreros—«¡Ese fue nuestro orgullo, combatir!»—, y cuando atardecía nos internamos, por una larga pista, en un erosionado macizo montañoso. En su valle, a la luz menguante del crepúsculo, dos raídas colinas anaranjadas se alzaban aisladas.
Mucho antes de llegar a la sala de oración que había debajo, oímos un exaltado canto entrecortado. Cuatro mujeres estaban balanceando el cuerpo bajo su muro, con los pañuelos enrollados en la cabeza como si fueran turbantes. Una de ellas parecía desquiciada, y después de que un imán saliera y las otras se quedaran calladas, ella estuvo varios minutos emitiendo agudos gritos involuntarios y arañándose los hombros.
—Quieren un milagro—dijo el taxista. Era alto y educado, con en­tradas y la frente ancha—. Este es su lugar sagrado.
El imán nos condujo al pie de las colinas unidas. Era robusto como un tonel y rubicundo. Bajo el casquete de terciopelo, tenía una expresión entusiasta, cándidamente orgullosa. El taxista, vestido con chándal y zapatillas de deporte, nos seguía a cierta distancia. Su hija le cogió la mano. Llevaba una gorra de béisbol donde ponía «Fashion Maker» y sandalias con calcetines de lentejuelas.
Era casi de noche. Las colinas se alzaban sobre nosotros como dedos de roca coagulada. Las rodeaba un llano salpicado de maleza, pero, por todos los costados, el horizonte estaba ocupado por altos picos nevados donde aún se reflejaban las últimas briznas de luz. Nos acuclillamos al pie de la colina, junto a un semicírculo de piedras calcinadas donde se sacrificaban ovejas, y rezamos.
—¿Es usted cristiano?—El imán abrió las palmas de las manos—. Ellos también vienen aquí. Todo el mundo viene.
Salió una media luna y las luces de un pueblo lejano—aún se llamaba Lenin—titilaron en la oscuridad. Las edificaciones blancas de una granja colectiva soviética estaban abandonadas cerca de aquí. Seguimos un sendero bordeado de guijarros, rodeando las colinas en sentido contrario al de las agujas del reloj según dicta la costumbre musul­mana. Había otras personas por delante de nosotros, enfocando las rocas con sus linternas, rezando en grupos dispersos. Todos los enclaves eran sagrados. Desde una cueva que había por encima de nosotros, dijo el imán, un ermitaño había ascendido al cielo y quienes se tendieran en ella curarían su epilepsia y su locura.
Una familia se había puesto cautelosamente en fila debajo de ella. Los oímos rezar. Uno de ellos, una muchacha, estaba vagando entre las rocas. Luego, oímos un chillido y vimos que su hermano mayor, asien­do un látigo, le gritaba enfadado que volviera a la fila. Ella regresó a su sitio, desconcertada, y la familia volvió a rezar al unísono.
—Tiene un trastorno nervioso—dijo el imán—, en la cabeza.
Era una muchacha de unos dieciséis años quizá, con los ojos muy separados y la tez pálida. El imán rezó sobre ella sin variar el tono, con dureza y rapidez, mientras la muchacha lo miraba angustiada, sin com­prender. Cuando la cogió del brazo, ella se soltó. Su madre se disculpó ante el imán, mientras su hermano le daba suavemente en la pierna con el látigo. Luego, la muchacha se alejó de ellos, me miró asombrada, y cuando yo le sonreí, intentó hablar.
—Es de Inglaterra—dijo su madre.
La muchacha vino tiernamente hacia mí y se apoyó en mi hombro, quizá porque yo era el único que no le chillaba. De pronto, dijo en in­glés:
—¿Cómo está?
—Está aprendiendo inglés—dijo su madre—. Hace sexto.
—¿Dónde es usted? ¿Quién es su nombre?—Luego repitió—: Colin...—Su voz apenas era un susurro.
—¿Y quién eres tú?
—Soy Nurana.—Lo pronunció como si fuera su única dignidad.
La arrastraron cuesta arriba de camino a la cueva, mientras ella mi­raba hacia atrás, con los ojos congelados.
Desde nuestro camino, una multitud de senderos bordeados de pie­dras ascendía por la colina hacia cualquier enclave que fuera extraño —una repisa inesperada, una pared de roca curiosa—y allí podía obrarse el milagro. Por debajo de nosotros, peregrinos que habían tenido visiones habían señalado el lugar con piedras. Plantas que curaban mágicamente tapizaban la ladera—el adrashmun de verdes flores, dijo el imán, se quemaba como un incienso oloroso para repeler todas las enfermedades—y matorrales con olor a lavanda se mecían al viento. El imán caminaba lentamente por delante de nosotros como si fuera un mago, con un rosario colgando entre los dedos. Los ojos le brillaban, ardientes de devoción. Estábamos caminando por una colina milagrosa, llena del fervor de la oración y alas de ángel. Aquí había resucitado gente. En pocos minutos, se había ido al cielo o a Bishkek.
—¡Venían todos! ¡Tamerlán estuvo aquí! ¡Alejandro Magno estuvo aquí! ¡Hasta gente del municipio de Bishkek!—Bajó involuntariamente la voz hasta estar hablando en un susurro—. Incluso con los soviéticos, la gente venía a escondidas, por la noche. Mucha.
Por toda la ladera, los peregrinos habían dejado constancia de su paso con guijarros amontonados en piedras o insertados en hendiduras. Había enclaves para curar la migraña y el dolor de oído, el cáncer intestinal y la ceguera. Todos los senderos ascendían a la esperanza. Los tartamudos hallaban paz dando la vuelta a un arbusto que crecía aislado de los demás. Una roca con forma de nariz limpiaba los senos nasa­les. Los que no sabían leer o rezar se curaban al arrodillarse bajo un peñasco y las mujeres estériles seguían un sendero hasta una pared rocosa de color verde liquen donde se frotaban contra la roca. Y Dios las escu­chaba.
En un lugar, habían dibujado con piedras un corazón en el suelo -una intrusión occidental—y aquí uno podía superar su amor no co­rrespondido o invocar espíritus para atraer al amado a sus brazos. Y en una superficie de roca viva, los creyentes encendían una cerilla para atraer a un arcángel. Allí uno conocía su futuro: cuántos hijos iba a te­ner, cuánto dinero, cuándo iba a morir.
Los ángeles estaban por doquier. Había lugares especiales donde eran más abundantes, y cantaban. El imán alzaba la voz maravillado cada vez que nos revelaba uno de sus enclaves favoritos. Y bajo nuestros pies repo­saban los cuarenta guerreros de Manas, dijo, enterrados en secreto para protegerlos, nadie sabía el sitio exacto, mientras su mausoleo oficial per­manecía vacío muy lejos de aquí. Ahora ya era de noche y las luces de Lenin titilaban observadas por Venus, que brillaba más que nada de lo que había debajo. Oímos los débiles cantos de los peregrinos por detrás de nosotros. En una ocasión, nuestro sendero torció por un peñasco cuya base estaba sembrada de rocas ígneas. Aquí, los mulás que venían de visi­ta entraban en trance, dijo el imán—con los ojos brillándole de admira­ción—, y luego las piedras ardían a todo su alrededor, y se ponían a rezar.
—Sí. Brillan y hablan. Yo lo he visto...
A esta luz sobrenatural, bajo las estrellas, las laderas volcánicas se tornaron tortuosas e impenetrables. Imaginé todas las plegarias dichas elevándose desde las cimas de las colinas en una explosión de esperan­za y dolor. Detrás de mí, el taxista andaba en silencio. Yo esperaba que diera alguna muestra de ironía o incredulidad, pero solo hizo una o dos preguntas y en una ocasión eligió una piedra para colocarla entre las rocas, mientras su hija iba andando a su lado, con una sonrisa ausente, como un niño que se aburre en misa.
En una ocasión el imán nos puso en fila delante de una repisa de piedra negra cuyo calor, nos advirtió, podía quemarnos las venas.
—Pongan las palmas ahí, dijo, y el fuego les subirá por los brazos y el cuerpo y volverá a la piedra.
Nosotros colocamos las manos cerca de la superficie plutónica. To­das temblaron un poco.
—¿Lo notan?
—Un poco—dije, esperanzado.
—Es solo el principio.
Pero yo no noté nada. Y la muchacha murmuró:
—Nada.—Este sitio le daba miedo, susurró. Había entendido mal a su padre y creído que íbamos a visitar un bazar, no un mazar. Ella había querido ir de compras.
Ahora ya casi habíamos terminado de rodear las colinas. La sala de oración estaba perdida en la oscuridad, al igual que la blanca granja co-lectiva, en ruinas desde hacía diez años. El imán aguzó el oído, alzó la mano. Luego movió los dedos.
—¡Serpientes!
Pero eran sagradas. Emergían por puertas desde su paraíso situado en las profundidades de la tierra. Su mordedura era una bendición, o si no, se negaban a morder, dijo. Si venían serpientes foráneas, ellas las repelían. A mis ojos, no había nada aquí salvo un sendero que deambulaba por un terreno de piedras y matojos. Yo lo seguí con cautela, notándome los pies pesados al pisar la tierra, el paraíso de las serpientes, los huesos y venas de guerreros. En algún lugar de la colina, una cigarra cantó en la oscuridad.
—¡Esa es una de las serpientes!—gritó el imán—. ¡Así es como cantan!—Alzó triunfalmente sus cortos brazos hacia el cielo estrellado ¡Dios creó todas las cosas! ¡Incluso Kirguizistán e Inglaterra! ¡Y Nueva York y Albion y Moscú!
Pero la hija del taxista estaba temblando, quería ir a casa. Al despedirme, di al imán algún dinero para este lugar. Apenas eran dos dólares, pero su rostro se contrajo de alegría cuando se lo metió en el bolsillo.
—¡Que tenga usted salud! ¡Que sus hijos tengan hijos! ¡Que le den dinero en su vejez!—Me cogió del brazo.
Fuimos solos a un último sitio. Era una piedra alisada, pálida a la luz de la luna.
—Este es el trono del emperador de las serpientes. ¡Shah Maran! Se aparece aquí, sí, como un presidente. Yo lo he visto.—Dibujó con las manos una corona en la cabeza de una serpiente erguida. La piedra vacía se tornó  siniestra a la luz de la luna—. A veces, habla.—Luego, el imán volvió a alzar la mirada a las estrellas y se puso a rezar por mí. El nombre de Colin  sonó extrañamente entre su torrente de palabras en árabe y kirguiz. Hasta el árabe parecía joven en este lugar primitivo, y el mismo islám, mientras la luna brillaba delante de nosotros sobre la colina, alzándose con indiferencia sobre el polvo de los guerreros de Manas, sobre la soledad de Nurana y el estridente canto de las cigarras.
(La sombra de la ruta de la seda.- Colin Thubron.- Barcelona: Península, 2007.- Traducción de Rosa Pérez) 


jueves, 9 de octubre de 2014

Gélida noche

      No tenía más que tres dirhams en el bolsillo cuando salí del bar Le Monocle. Eran las tres de la madrugada. Decidí tomarme con esos tres dirhams un café con leche en El Pilo. Jilali Gharbaoui53 estaba sentado en la terraza. Le conocí a mediados de los años sesenta. Desembarca en Tánger de vez en cuando, con sus pinturas hechas sobre cartón bajo el brazo. Cuando se queda sin dinero, me deja un lienzo para venderlo por ciento cincuenta o doscientos dirhams, y así cubrir sus gastos de diario.
    Gharbaoui me llamó:
    -¡Eh!, ¡Chukri, ven aquí!
    Cuando me senté a su lado, me dijo con tono serio:
    -¿Sabes lo que me acaba de pasar?
    -¿Qué?
    -Me creas o no, vengo de estar en Moulay Driss Zerhoun. He cogido mis dos maletas y me he marchado en dirección a Fez. De repente, he visto a dos espectros siguiéndome, les he largado las dos maletas y he echado a correr, y no sé cómo me encuentro aquí sentado.
    Me miró fijamente y añadió:
    -Toda mi fortuna estaba en las dos maletas: mis lienzos, mis documentos, mi ropa y mi dinero.
    -¡Vaya, es una pena!
    -¿Tienes dinero?
    -Nada, una miseria.
    -¡Dame lo que tengas, por favor!
    Le di los tres dirhams sin pensármelo, antes de convertirme en el tercer espectro de su historia. Después, entré en la cafetería y tomé un café con leche y pan tostado con mantequilla. Lo dejé a deber.
    Al día siguiente por la noche, vi a Gharbaoui cenando en el restaurante Zagora. Iba muy bien arreglado, me invitó a cenar. ¿Era realmente Gharbaoui? ¿No es el mismo que vi ayer en la terraza del café El Pilo? Esa fue la última vez que lo vi. Un año más tarde, me enteré de que había vendido todos sus lienzos, incluso el material de trabajo, a un rico admirador suyo. Abandonó definitivamente Marruecos para morir durante una gélida noche de abril de 1971 en Paris, sobre un banco de Champs-de-Mars. Todo es surrealista y posible en Tánger.

53 Nació en Jorf El Maleh Sidi Kacem en 1930 y murió en Paris en 1971. Pintor marroquí cuya obra está marcada por el deseo de hacer visible la luz a través del color (N. d. T.)

(Paul Bowles, el recluso de Tánger.- Mohamed Chukri.- Barcelona: Cabaret Voltaire, 2012.- Traducción de Rajae Boumediane el Metni)


Jilali Gharbaoui.
Sin título, 1960
 Óleo sobre lienzo, 65 x 92 cm, Collection Groupe Attijariwafa Bank

domingo, 14 de septiembre de 2014

Para cada familia, una casa

    Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél?; Ya había supermercados pero no televisión, radio tan sólo: Las aventuras de Carlos Lacroix, Tarzán, El Llanero Solitario, La Legión de los Madrugadores, Los Niños Catedráticos, Leyendas de las calles de México, Panseco, El Doctor I.Q., La Doctora Corazón desde su Clínica de Almas. Paco Malgesto narraba las corridas de toros, Carlos Albert era el cronista de futbol, el Mago Septién trasmitía el beisbol. Circulaban los primeros coches producidos después de la guerra: Packard, Cadillac, Buick, Chrysler, Mercury, Hudson, Pontiac, Dodge, Plymouth, De Soto. Íbamos a ver películas de Errol Flynn y Tyrone Power, a matinés con una de episodios completa: La invasión de Mongo era mi predilecta. Estaban de moda Sin ti, La rondalla, La burrita, La múcura, Amorcito Corazón. Volvía a sonar en todas partes un antiguo bolero puertorriqueño: Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo, no habrá una barrera en el mundo que mi amor profundo no rompa por ti. 
    Fue el año de la poliomielitis: escuelas llenas de niños con aparatos ortopédicos; de la fiebre aftosa: en todo el país fusilaban por decenas de miles reses enfermas; de las inundaciones: el centro de la ciudad se convertía otra vez en laguna, la gente iba por las calles en lancha. Dicen que con la próxima tormenta estallará el Canal del Desagüe y anegará la capital. Qué importa, contestaba mi hermano, si bajo el régimen de Miguel Alemán ya vivimos hundidos en la mierda. 
    La cara del Señorpresidente en dondequiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubicuas, alegorías del progreso con Miguel Alemán como Dios Padre, caricaturas laudatorias, monumentos. Adulación pública, insaciable maledicencia privada. Escribíamos mil veces en el cuaderno de castigos: Debo ser obediente, debo ser obediente, debo ser obediente con mis padres y con mis maestros. Nos enseñaban historia patria, lengua nacional, geografía del DF: los ríos (aún quedaban ríos), las montañas (se veían las montañas). Era el mundo antiguo. Los mayores se quejaban de la inflación, los cambios, el tránsito, la inmoralidad, el ruido, la delincuencia, el exceso de gente, la mendicidad, los extranjeros, la corrupción, el enriquecimiento sin límite de unos cuantos y la miseria de casi todos.
    Decían los periódicos: El mundo atraviesa por un momento angustioso. El espectro de la guerra final se proyecta en el horizonte. El símbolo sombrío de nuestro tiempo es el hongo atómico. Sin embargo había esperanza. Nuestros libros de texto afirmaban: Visto en el mapa México tiene forma de cornucopia o cuerno de la abundancia. Para el impensable año dos mil se auguraba -sin especificar cómo íbamos a lograrlo- un porvenir de plenitud y bienestar universales. Ciudades limpias, sin injusticia, sin pobres, sin violencia, sin congestiones, sin basura. Para cada familia una casa ultramoderna y aerodinámica (palabras de la época). A nadie le faltaría nada. Las máquinas harían todo el trabajo. Calles repletas de árboles y fuentes, cruzadas por vehículos sin humo ni estruendo ni posibilidad de colisiones. El paraíso en la tierra. La utopía al fin conquistada.
(Las batallas en el desierto.- José Emilio Pacheco.- México : Era, 1981)

domingo, 7 de septiembre de 2014

Canto del andén I

JUEZ
Señor testigo,
usted era el jefe de la estación
a la que llegaban los transportes.
¿Qué distancia había entre la estación y el campo?

TESTIGO 1
2 Km. hasta la parte situada en el viejo cuartel
y unos 5 Km. hasta el campo principal.

JUEZ
¿Tenía usted algún trabajo en los campos?

TESTIGO 1
No.
Solo tenía que cuidar
del buen estado de las vías
y de que los trenes llegaran
y partieran conforme al horario.

JUEZ
¿En qué estado se encontraban las vías?

TESTIGO 1
Se trataba de una línea
excelente y muy bien instalada.

JUEZ
¿Elaboraba usted los horarios
y las instrucciones pertinentes?

TESTIGO 1
No.
Solo tenía que tomar medidas
técnicas en relación con el horario
de tráfico entre la estación y el campo.

JUEZ
Obran en poder del tribunal instrucciones referentes
a los horarios firmadas por usted.

TESTIGO 1
Quizá en alguna ocasión tuviera que firmar
en representación de tercero.

JUEZ
¿Conocía usted la finalidad de los transportes?

TESTIGO 1
No estaba al corriente del asunto.

JUEZ
Pero usted sabía
que los trenes iban cargados de hombres.

TESTIGO 1
Solo pudimos enterarnos
de que se trataba de traslados
llevados a cabo bajo la garantía del Reich.

JUEZ
¿Jamás se hizo usted preguntas
sobre los trenes que regularmente
regresaban vacíos del campo?

TESTIGO 1
Los hombres transportados
habían obtenido allí nuevo alojamiento.

ACUSADOR
Señor testigo,
usted ocupa hoy un puesto directivo
en la Jefatura de la Red Federal de Ferrocarriles.
Cabe, pues, suponer
su pericia en cuestiones
de equipamiento y carga de trenes.
¿Qué tal iban equipados y cargados
los trenes que llegaban hasta usted?

TESTIGO 1
Se trataba de trenes cargueros.
Según talón se transportaban
unas 60 personas por vagón.

ACUSADOR
¿Eran vagones de mercancía
o vagones para el ganado?

TESTIGO 1
Eran vagones
similares a los que también se utilizaban para el transporte de
ganado.

ACUSADOR
¿Había instalaciones sanitarias
en los vagones?

TESTIGO 1
Lo ignoro.

ACUSADOR
¿Con qué frecuencia llegaban estos trenes?

TESTIGO 1
No puedo decirlo.

ACUSADOR
¿Llegaban con frecuencia?

TESTIGO 1
Sí, desde luego.
Era una estación-término de mucho tráfico.

ACUSADOR
¿No le extrañaba a usted
el que los transportes
procedieran de casi todos los países de Europa?

TESTIGO 1
Teníamos tanto trabajo
que no podíamos ocuparnos de esos asuntos.

ACUSADOR
¿No se preguntaba usted
por el futuro
de los hombres transportados?

TESTIGO 1
Eran enviados
a ejecutar trabajos diversos.

ACUSADOR
Pero no iban solo gentes aptas para el trabajo,
sino familias enteras
con viejos y niños.

TESTIGO 1
No tenía tiempo
para preocuparme del contenido de los trenes.

ACUSADOR
¿Dónde vivía usted?

TESTIGO 1
En la localidad.

ACUSADOR
¿Quién más vivía allí?

TESTIGO 1
La localidad había sido evacuada
por la población nativa.
Vivían allí los funcionarios del campo
y el personal de las industrias circundantes.

ACUSADOR
¿De qué industrias se trataba?

TESTIGO 1
Eran factorías
de la IG Farben,
de las fábricas Krupp y Siemens.

ACUSADOR
¿Veía usted a los presos
que trabajaban allí?

TESTIGO 1
Los veía al llegar y al partir.

ACUSADOR
¿Qué aspecto ofrecían esos grupos?


TESTIGO 1
Iban marcando el paso y cantaban.

ACUSADOR
¿No llegó usted a saber nada
sobre las condiciones del campo?

TESTIGO 1
Se decían tantas tonterías
que uno no sabía nunca a qué atenerse.

ACUSADOR
¿No oía usted hablar de la aniquilación de seres humanos?


TESTIGO 1
¡Cómo creer algo de todo eso!

JUEZ
Señor testigo, usted era responsable de la expedición de mercancías.

TESTIGO 2
Mi única tarea era entregar los trenes al personal de maniobras.

JUEZ
¿Cuáles eran los deberes de este personal?

TESTIGO 2
Enganchaban una locomotora para maniobrar y expedían los trenes al campo.

JUEZ
¿Cuántos hombres había,
según sus cálculos,
en cada vagón?

TESTIGO 2
No puedo informar sobre ello.
Nos estaba terminantemente prohibido
controlar los trenes.

JUEZ
¿Quién se lo impedía?

TESTIGO 2
Las brigadas de vigilancia.

JUEZ
¿Había un talón por cada transporte?

TESTIGO 2
En la mayoría de los casos
carecíamos de documentación adecuada.
Se indicaba, únicamente, la cantidad
con tiza en los vagones.

JUEZ
¿Qué cantidades se indicaban?

TESTIGO 2
Unas veces 60 unidades, otras 80.

JUEZ
¿Cuándo llegaban los trenes?

TESTIGO 2
Generalmente, de noche.

ACUSADOR
¿Qué impresión le causaban
tales cargamentos?

TESTIGO 2
No entiendo la pregunta.

ACUSADOR
Señor testigo,
usted es hoy inspector general
de la Red Federal de Ferrocarriles,
su experiencia en cuestiones de viajes es, pues, grande;
mirando a través de los respiraderos,
o por los ruidos que se oirían en los vagones,
¿no se preocupó usted por las condiciones aquéllas?

TESTIGO 2
En una ocasión vi una mujer
que sostenía un niño junto a un respiradero
y que una y otra vez pedía agua a gritos.
Fui a buscar una jarra
e intenté alargársela.
Al levantarla llegó un vigilante
y dijo
que si no me apartaba inmediatamente
sería fusilado.

JUEZ
Señor testigo,
¿cuántos trenes, según sus cálculos,
llegaban a la estación?

TESTIGO 2
Un término medio de tren por día.
En casos punta, incluso 2 ó 3.

JUEZ
¿De qué longitud eran los trenes?

TESTIGO 2
Podían llevar hasta unos 60 vagones.

JUEZ
Señor testigo,
¿estuvo usted en el campo?

TESTIGO 2
Una vez fui con la locomotora de maniobras
ya que tenía que discutir algo
referente al talón de expedición.
Bajé al lado mismo de la puerta de entrada
y fui a las oficinas del campo.
Luego casi no pude salir,
por carecer de carnet.

JUEZ
¿Qué vio usted del campo?

TESTIGO 2
Nada.
Me sentí contento al marchar de allí.

JUEZ
¿Vio usted las chimeneas al final de la rampa y el humo y el reflejo del fuego?

TESTIGO 2
  Sí,
vi el humo.

JUEZ
¿Y qué pensó usted de todo ello?

TESTIGO 2
Creí
que eran los hornos para el pan.
Había oído decir
que allí se amasaba día y noche.
Era un campo muy grande.

(La indagación: oratorio en 11 cantos.- Peter Weiss.- Barcelona: Grijalbo, 1968.- Traducción de Ernst-Edmund Keil y Jacobo Muñoz. El Canto del andén completo está en este enlace)

sábado, 6 de septiembre de 2014

Las opciones políticas no son inamovibles

Sobre su escritorio, un bicornio negro orlado con una cinta azul, blanca y roja. En el bolsillo de su chaqueta, un smartphone que suena al ritmo de Isn't she lovely, el éxito de Stevie Wonder. "Ah! ah! ¿No es encantador, el crecimiento? ¿No es hermoso, el crecimiento?". Esta tarde del viernes, 22 de agosto, Arnaud Montebourg , jovial y combativo a un tiempo, recibe a Le Monde en su despacho de Bercy. En la antevíspera de su tradicional Fiesta de la Rosa, de Frangy-en-Bresse (Saône-et-Loire), donde ha invitado a Benoît Hamon, su colega de Educación, el ministro de Economía ha decidido actuar con energía
Ciertamente, el centro de su propuesta no es nuevo y hace años que el Sr. Montebourg denuncia el dogma de la ortodoxia presupuestaria. Pero ahora es ministro de Economía, y su condena de las políticas desarrolladas en la zona euro - Francia incluida, subraya él- plantea inevitablemente un asunto político mayor: el de su futuro en un ejecutivo cuyas dos cabezas, François Hollande y Manuel Valls, repiten con insistencia que no admiten un cambio de rumbo.
Por ahora, Arnaud Montebourg, que no olvida mostrarse prudente a pesar de su aire bravucón, tiene buen cuidado de no atacar frontalmente a estos dos hombres. Pero, ¿por cuánto tiempo? Ahí queda la pregunta.

Los últimos indicadores económicos son muy inquietantes, el crecimiento es nulo, el paro aumenta. ¿Qué hacer?
La honestidad obliga a decir que nuestro crecimiento es nulo, que el de nuestros vecinos es negativo y que existe un grave riesgo deflacionista en la zona euro. Hoy, todos los economistas serios lo dicen: la recesión amenaza a Europa mientras que el crecimiento sube en el resto del mundo. Hay que dar prioridad a la salida de la crisis y situar en segundo plano la reducción dogmática del déficit, que nos conduce a la austeridad y al aumento continuo del paro.

En abril de 2013, en Le Monde, decía que esta política conducía al "desastre". ¿Estamos en él?
No me agrada el papel de adivino. Mis declaraciones de abril de 2013 eran fundadas y permanecen vigentes. Hay que provocar un electrochoque en la zona euro. En un contexto de reactivación, el único islote kafkiano es la zona euro, en la que los líderes de los países miembros se obstinan en desarrollar políticas que bloquean el crecimiento e impiden bajar el paro.

Sobre la reducción del déficit, el Sr. Hollande dice que hay que ajustar el ritmo. ¿Es suficiente el ajuste?
El paso que el presidente de la República ha hecho es útil. Ahora hay que extraer las consecuencias en términos presupuestarios. Hoy, la reducción del déficit a marchas forzadas supone una aberración económica, en tanto agrava el paro, una absurdidad financiera, en la medida en que hace imposible el restablecimiento de las cuentas públicas, y una política siniestra, porque echa a los europeos en brazos de los partidos extremistas, que quieren destruir Europa. Lo he dicho ante el Consejo de Ministros, he hablado a menudo de ello con mi colega de Hacienda, lo diré hasta que me quede sin aliento: Europa está entrando en un callejón sin salida debido a decisiones de política económica que se asemejan a un accidente industrial excepcional en la historia económica contemporánea. 

¿Se ha hecho demasiado en Europa, especialmente en Francia desde hace dos años, en materia de contracción presupuestaria?
No es mi evaluación, es el diagnóstico planteado por las instituciones financieras del mundo entero, empezando por el FMI que, en voz de su directora, Christine Lagarde, pone en guardia a los dirigentes europeos contra un exceso de consolidación presupuestaria. Paul Krugman, Premio Nobel de economía, ha declarado de nuevo el 13 de agosto: "El escenario de pesadilla en Europa no es hipotético. La noticia de la caída de la producción industrial hace temer una nueva entrada en recesión en Europa; la primera razón es la austeridad". Estas alertas son lanzadas igualmente por los dirigentes de las grandes potencias mundiales, como Barack Obama. 

Pero ¿no es esto lo que hace el gobierno al que usted pertenece?
No excluyo a Francia de este examen. Por esta razón me erijo en portavoz de los numerosos actores que llaman a hacer evolucionar nuestros planteamientos políticos en la zona euro. Hoy, desgraciadamente, los halcones de la inflación, que combaten la inflación cuando estaba desapareciendo, olvidándose de combatir lo esencial, el paro masivo, están sobrerrepresentados en el Banco Central Europeo.
El BCE debe cambiar de enfoque y ponerse a hacer lo que hacen todos los bancos centrales del mundo, especialmente de los países que han sabido reanudar el crecimiento, a saber, recomprar deuda pública. Tenemos dos problemas: la política presupuestaria europea, con la acumulación de planes de austeridad en todos los países de la Unión, y la política monetaria, excesivamente encorsetada. Las lecciones de los años 30 deberían hacernos comprender que es el paro el que provoca el endurecimiento de las sociedades europeas y una escalada de la violencia.

El gobierno se ha comprometido a ahorrar 50000 millones de euros en tres años. Algunos economistas consideran que es demasiado. ¿Qué piensa usted?
Si debemos ahorrar, parte de ese ahorro debe ser reintegrado a los franceses para compensar el efecto recesivo que pudiera provocar. Por mi parte, defiendo la regla de los "tres tercios". He dirigido una propuesta en este sentido al primer ministro y al presidente de la República. Un primer tercio de este ahorro debe servir para reducir el déficit, porque estamos comprometidos con el rigor presupuestario. Un segundo tercio ya se destina al apoyo a las empresas, que es necesario mantener. El último tercio, finalmente, debe dedicarse a las familias, para estimular su poder de compra y el crecimiento. Por otra parte, sería muy bueno que todos los países europeos hiciesen lo mismo, como ha empezado a hacer ya Matteo Renzi en Italia. 

Los señores Hollande y Valls no parecen compartir su punto de vista...
De momento, hago propuestas. Deseo que en el seno del gobierno y de la mayoría podamos hacerlas progresar.

Estamos lejos aún...
El descanso es siempre el momento de la revisión táctica y estratégica. El debate tendrá que progresar.

¿En Francia, el problema no es, pues, solo de oferta sino también de demanda?
El problema es doble y debemos tratar los dos al mismo tiempo. Se ha ayudado a las empresas, es urgente ayudar a los hogares. Podríamos por ejemplo, tratar de intensificar la bajada de impuestos a las clases medias y populares.

¿Qué hay que hacer con Alemania?
Hay que elevar el tono. Alemania está presa en la trampa de la austeridad que ha impuesto a toda Europa. Cuando digo Alemania, hablo de la derecha alemana que apoya a Angela Merkel. Francia no tiene vocación de alinearse con los axiomas ideológicos de la derecha alemana. Tengo que agradecer a Sigmar Gabriel, mi homólogo socialista en Economía, que empuja en el mismo sentido que nosotros. 
No podemos dejarnos llevar. Si debíamos alinearnos con la ortodoxia más extremista de la derecha alemana, esto supondría que el voto de los franceses no tiene ninguna legitimidad y que las alternancias ya no cuentan. Significaría que incluso cuando los franceses votasen por la izquierda, en realidad estarían votando por la aplicación del programa de la derecha alemana. No podemos aceptarlo.

¿Es esto lo que sucede?
Es una de las razones por las que asistimos a un impulso del Frente Nacional., con el riesgo de que los franceses se alejen de Europa. Debemos aportar soluciones alternativas.

A las que mantiene el gobierno al que usted pertenece...
Por el momento, el debate está abierto, ya que la ley presupuestaria será presentada en septiembre. Este debate está basado en un  diagnóstico de las dificultades prolongadas de la crisis francesa y europea. (...) La independencia de criterio se fundamenta en extraer consecuencias de ello. Estas ideas abren camino.

¿Considera usted abandonar el gobierno si no obtiene satisfacción sobre estos planteamientos?
No me sitúo en esta hipótesis. Desde hace dos años, incansablemente, mi trabajo es el de convencer. No siempre lo consigo. Pero estoy en mi puesto de combate para hacer evolucionar las políticas que merecen ser cambiadas. Las opciones políticas no son inamovibles.

¿Incluso un cambio de rumbo?
Creo que lo he expresado bastante claro. Siempre hay una alternativa.

Usted defendió la nominación de M. Valls a Matignon. ¿Tienen la misma visión de la situación política y económica?
Yo discuto mucho con Manuel Valls. Defiendo mi causa sin descanso, en el entorno de Valls y su equipo. Nuestros informes son amistosos y muy francos. Después, es él quien decide; él es el primer ministro.

Ha invitado usted a Frangy-en-Bresse (Saòne-et-Loire), el domingo, a los que se ha dado en llamar los "frondeurs" del Partido Socialista...
He invitado a todos los diputados socialistas, como todos los años. No poseo una lista actualizada de "frondeurs". Yo debato con la mayoría, toda la mayoría.

Los que plantean en el Partido Socialista cuestiones como las que plantea usted, ¿pueden ser calificados de "irresponsables", como hace el primer ministro?
En la Constitución, el Parlamento tiene la responsabilidad de controlar la acción del gobierno, y no a la inversa. . Cada uno ejerce sus responsabilidades. Los diputados asumen las suyas. El primer ministro es un republicano convencido que conoce la importancia del debate en una democracia.

¿Hay un riesgo de convulsión en la sociedad francesa?
La sociedad está exasperada. Hay que escucharla. Oírla y responder a sus demandas. Muchos parlamentarios lo sienten. Es buen momento para reaccionar.

(Les choix politiques ne sont pas figés. Entrevista de Le Monde a Arnaud Montebourg, ministro de Economía del gobierno socialista francés. Publicada  el 25 de agosto de 2014. Montebourg y dos ministros más fueron cesados un día después. En España, en el editorial publicado el 27 de agosto, el diario El País calificaba a Montebourg y sus colegas como "populistas infiltrados en un partido convencional". )


martes, 5 de agosto de 2014

Este es el relato

    El sábado 27 de diciembre de 2008 se lanzó el más reciente de los ataques estadounidense-israelíes sobre palestinos indefensos. Según la prensa israelí, llevaba seis meses siendo planeado meticulosamente. La planificación se articuló en torno a dos elementos, el ejército y la propaganda, y tuvo muy en cuenta las lecciones aprendidas en la invasión del Líbano por parte de Israel de 2006, deficientemente organizada y publicitada. Así pues, podemos estar bastante seguros de que la mayor parte de las cosas que se han hecho y dicho han sido fruto de la premeditación.
    Entre ellas debemos incluir el momento del ataque: poco antes de mediodía, cuando los niños vuelven de la escuela y las multitudes abarrotan las calles de la densamente poblada ciudad de Gaza. Matar a más de doscientas personas y herir a otras setecientas no llevó más de unos pocos minutos, ominosa inauguración de lo que sería una masacre de civiles desarmados y atrapados en una jaula diminuta, sin escapatoria posible(1).
    El ataque estaba dirigido contra la ceremonia de clausura de una academia de policía. En él murieron, así pues, decenas de agentes. El departamento jurídico de las Fuerzas de Defensa de Israel llevaba meses criticando el plan, pero su directora, la coronel Pnina Sharvit-Baruch se vio obligada a dar su aprobación debido a las presiones del ejército. Según el diario Haaretz, «Sharvit-Baruch y el departamento también legitimaron bajo presión el ataque contra los edificios gubernamentales de Hamás y la laxitud en las reglas de combate, lo que resultó en numerosas bajas palestinas». El departamento jurídico adopta «posturas permisivas» con el fin de «mantener su relevancia e influencia», continúa el artículo. Sharvit-Baruch entró a formar parte del profesorado de la facultad de Derecho de la Universidad de Tel Aviv, haciendo caso omiso a las protestas del Centro de Derechos Humanos de la universidad y de otros profesores. 
    La decisión del departamento jurídico se debió al hecho de que el ejército consideraba a la policía como «una fuerza de resistencia en la eventualidad de que se produjera una incursión israelí en la franja de Gaza», observó Yuval Shany, profesor de Derecho de la Universidad Hebrea, añadiendo que ese principio «no los hace diferentes de los reservistas [israelíes], y tampoco de los adolescentes de dieciséis años que serán llamados a filas en dos años». Según ese razonamiento, gran parte de la población israelí puede ser considerada legítimo objetivo terrorista (2). Por esa regla de tres, las Fuerzas de Defensa de Israel justificarían también el ataque terrorista contra la policía ocurrido en Lahore en marzo de 2009, en el que murieron al menos ocho cadetes, y que fue justamente tachado de «bárbaro». En aquella ocasión las fuerzas de élite paquistaníes tuvieron, no obstante, la posibilidad de contraatacar, matando o capturando a los terroristas, algo impensable para los gazatíes. La estrechez de miras de las FDI y su concepto de «civil protegido» fueron explicados más adelante por un alto cargo de su departamento jurídico: «Las personas que entran en una casa aunque se les haya advertido que no deben hacerlo no pueden ser consideradas civiles ni se les tendrá en cuenta a la hora de minimizar daños, pues están voluntariamente desempeñando la función de escudos humanos. Desde el punto de vista legal, no tenemos por qué mostrar consideración hacia ellas. Cuando se trata de personas que están regresando a sus casas para protegerlas, se considera que están participando en los com­bates» (3)
    En un análisis retrospectivo titulado «Parsing Gains of Gaza War» [Balance de las ganancias de la guerra de Gaza], Ethan Bronner, corresponsal de The New York Times, incluía los logros de ese primer día entre los más significativos de la guerra. Israel predijo que simular el «haberse vuelto locos», provocando un terror enormemente desproporcionado, les proporcionaría una gran ventaja. Es ésta una táctica que data de la década de 1950. «Los palestinos de Gaza captaron el mensaje el primer día, cuando los aviones israelíes empezaron a bombardear numerosos objetivos simultáneamente, a media mañana del sábado. Doscientas personas murieron al instante. Hamás y toda Gaza quedaron conmocionados», escribió Bronner. Parece que la táctica del «volverse locos» tuvo éxito, concluía Bronner. «Hay ciertos indicios que llevan a pensar que el sufrimiento de los gazatíes en esta guerra los empuje a sofrenar a Hamás, el gobierno electo» (4). Causar dolor a la población civil con fines políticos es otra antigua táctica del terrorismo de Estado; su estandarte, de hecho. No recuerdo, por cierto, que el diario neo­yorquino publicara ninguna retrospectiva titulada «Balance de las ganancias de la guerra de Chechenia», si bien éstas no fueron precisamente pequeñas.
    Al parecer, la meticulosa planificación tuvo también en cuenta cuándo debía terminar el asalto: justo antes de la investidura, minimizándose el riesgo (remoto) de que el presidente Obama pudiera criticar los sanguinarios crímenes, cometidos con el respaldo de Estados Unidos.
    Dos semanas después del sábado en que dio inicio el ataque, con gran parte de Gaza reducida a escombros y cerca de un millar de muertos, la Agencia de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (United Nations Relief and Works Agency for Palestine Refugees in the Near East, UNRWA), de la que depende la supervivencia de la mayoría de gazatíes, anunció que el ejército israelí estaba impidiendo la entrada de ayudas en Gaza, argumentando el cierre de los pasos fronterizos por la fiesta del sabbat (5). Por guardar el día santo, los palestinos, al borde de la muerte, no podrían recibir alimentos ni medicinas, si bien varios cientos de ellos habían sido masacrados por bombarderos y helicópteros estadounidense dos semanas an­tes, también en un sábado.
    Ese doble rasero en la observancia del sabbat no llamó apenas la atención, lo cual tiene mucho sentido. En los anales del crimen israelo-estadounidense, tales muestras de cinismo y crueldad no merecen apenas una nota al pie, pues están a la orden del día. Por citar un paralelismo relevante: en junio de 1982, Israel invadió el Líbano con el apoyo de Estados Unidos; dicha invasión se inició con el bombardeo del campo de refugiados de Sabra y Shatila, popularizados más adelante por ser el escenario de terribles masacres que supervisaron las FDI. El bombardeo afectó al hospital local de Gaza y mató a más de doscientas personas, según el testimonio directo de un profesor universitario estadounidense, especialista en Oriente Próximo. La masacre fue el primer acto de una invasión en la que murieron entre quince y veinte mil per­sonas y que destruyó gran parte del sur del Líbano y Beirut gracias en parte al respaldo militar y diplomático del ejército de Estados Unidos. Dicho respaldo se concretó en el veto a resoluciones del Consejo de Seguridad encaminadas a detener tal agresión criminal; veto apenas disimulado y que tenía el fin de defender a Israel de la amenaza de un acuerdo político pacífi­co. Lo cual contrastaba con las útiles mentiras —fantasías de apologeta— acerca de los israelíes y los duros ataques con cohetes de que eran víctimas (6). 
    Hasta aquí todo es normal. Son cuestiones que forman parte de los temas que con total transparencia debaten los altos cargos de Israel. Hace treinta años, el comandante en jefe Gur señalaba que «llevaban luchando desde 1948 contra una población que habita pueblos y ciudades» (7). Tal y como observó Ze'ev Schiff, el analista militar más prominente de Israel, «el ejército israelí siempre ha atacado a pobla­ciones civiles, conscientemente y a propósito. [...] El ejército nunca ha hecho distingos entre objetivos civiles y militares... [sino que] ha atacado deliberadamente objetivos civiles» (8). El distinguido estadista Abba Eban explicaba los motivos: «La razón nos indicaba que existía la posibilidad, en última instancia hecha realidad, de que las poblaciones afectadas presiona­ran por el fin de las hostilidades». Eban había com­prendido que, en consecuencia, Israel podría aplicar con total tranquilidad sus programas de expansión ilegal y represión sin paliativos. Eban más adelante co­mentó la valoración que el primer ministro Begin había hecho sobre los ataques contra civiles del Gobierno laborista, en la que éste presentaba la imagen, según el estadista, «de un Israel que deliberadamente aplica todas las medidas posibles que provoquen muerte y desesperación entre la población civil, reminiscentes de un régimen que ni el señor Begin ni yo seríamos capa­ces de nombrar» (9). Eban no rebatía los hechos valo­rados por Begin, sino que criticaba a éste por hablar de ellos en público. Ni a Eban ni a sus partidarios les preocupaba que la defensa que éste hacía de un terro­rismo de Estado a gran escala fuera igualmente reminiscente de regímenes que ni él mismo se atrevería a nombrar. 
    La justificación que Eban hacía del terrorismo de Estado tuvo un efecto persuasivo entre las autoridades más respetadas. Mientras se recrudecía el ataque israelo-estadounidense, Thomas Friedman, columnista de The New York Times, explicaba que la estrategia aplicada por Israel en dicho ataque se fundamentaba —como en la invasión del Líbano de 2006— en un principio sóli­do: «[...] intentar "educar" a Hamás, provocando un elevado número de muertes entre sus militantes y gran dolor entre la población de Gaza». Este planteamiento tiene sentido a nivel práctico, como ya lo tuvo en el Líbano, donde «la única fuente de disuasión a largo pla­zo era infligir dolor a los civiles —las familias y emplea­dores de los militantes—, lo cual inhibiría a Hezbolá de sus actividades en el futuro» (10). Según este razona­miento, también serían loables los esfuerzos de Bin Laden por «educar» a los estadounidenses el 11-S, los de los nazis al atacar Lidice u Oradour, la destrucción de Grozni por orden de Putin y otros notables ejerci­cios de vocación pedagógica.
    Steven Erlanger, corresponsal de The New York Ti­mes, informa de que los grupos israelíes pro derechos humanos se manifiestan «indignados por los ataques de Israel contra edificios que, a su parecer, deberían haber sido clasificados como civiles, como el parlamen­to, las comisarías de policía o el palacio presidencial». A ellos deben añadirse pueblos, viviendas, campos de refugiados densamente poblados, alcantarillados e ins­talaciones de suministro de agua, hospitales, colegios y universidades, mezquitas, dependencias de las Na­ciones Unidas, ambulancias y cualquier otro elemen­to que pudiera servir para aliviar el dolor de unas víc­timas indignas. Un alto cargo de la inteligencia israelí explicó que las FDI atacaban «ambas vertientes de Hamás: la resistencia, que es ala militar, y al Daua, que es el ala social», afirmación en la que al Daua actúa como eufemismo de «sociedad civil». «Ese mismo alto cargo argumenta que Hamás es un bloque monolítico y que, en situación de guerra, sus herramientas del control sociopolítico son un objetivo tan legítimo como sus de­pósitos de cohetes», continúa Erlanger. Este y sus re­dactores no añaden comentario alguno sobre cómo se defiende y practica abiertamente el terrorismo de ma­sas contra civiles, aunque, como se ha indicado, tanto corresponsales como columnistas dan a entender su tolerante posición, que llega a defender de forma ex­plícita tales crímenes. Ciñéndose a la norma, Erlanger no deja de hacer hincapié en que, a diferencia de las acciones israelo-estadounidenses, el lanzamiento de cohetes por parte de Hamás es «una evidente viola­ción del principio de discriminación entre objetivos de guerra y encaja perfectamente en la definición clá­sica de terrorismo» (11). 
    Como otros conocedores de la región, Fawaz Gerges, especialista en Oriente Próximo, señala: «Los ofi­ciales israelíes y sus aliados estadounidenses no se dan cuenta de que Hamás no es únicamente una milicia armada, sino un movimiento social con gran base po­pular, muy enraizado en la sociedad». Por consiguien­te, cuando Israel lleva a cabo sus planes de destruir el «ala social» de Hamás, su objetivo es destruir la socie­dad palestina (12). 
    Gerges es, no obstante, demasiado generoso. Es poco probable que los funcionarios israelíes y estado­unidenses —ni tampoco los medios de comunicación y demás creadores de opinión— desconozcan esa rea­lidad. Lo que hacen es, más bien, adoptar implícita­mente el tradicional punto de vista de quien acapara casi por completo los instrumentos de la violencia: nuestro puño de hierro aplastará cualquier oposición, y si nuestro iracundo ataque provoca numerosas bajas civiles, será por el bien de todos: quizá los que queden con vida aprendan la lección.
(1)  Rabbani, Mouin: «Birth Pangs of a New Palestine»,Míddle East Report Online, 7 de enero de 2009, www.merip.org/mero/mero010709.html
(2)  Blau, Uri; Feldman, Yotam: «How IDF Legal ExpertsLegitimized Strikes Involving Gaza Civilians», Haaretz, 22 de enero de 2009; Feldman, Yotam; Blau, Uri: «Consent
and Advise», Haaretz, 29 de enero de 2009.
(3)  Tavernise, Sabrina: «Rampage Shows Reach of Militants in Pakistan», TheNew York Times, 31 de marzo de 2009; Feldman; Blau: «Consent and Advise».
(4)  Bronner, Ethan: «Parsing Gains of Gaza War», The New York Times, 19 de enero de 2009. Según el concepto de los años cincuenta, «Nos volveremos locos (nishtagea) si nos enfadamos», véase Chomsky, Fateful Triangle: The United Sta­tes, Israel, and the Palestinians. CambridgeMassachusetts, EEUU: South End Press, 1999, pág. 467 y ss.
(5)  Whitlock, Craig; Abdel Kareem, Reyham: «Combat May Escalate in Gaza, Israel Warns; Operation in Densely Packed City, Camps Weighed», The Washington Post, 11 de enero de 2009.
(6)  Para fuentes y detalles, véase Fateful Triangle y Rubenberg, Cheryl: Journal of Palestine Studies, número especial, «The War in Lebanon», vol. 11, n° 4 - vol. 12, n° 1 (verano-otoño de 1982), págs. 62-68.
(7)   Entrevista con el general Mordechai Gur, Al Hamishmar, 10 de mayo de 1978, citado en Chomsky, Noam: Towards a New Cold War. Nueva York: Pantheon, 1982, pág. 320.
(8)   Schiff, Ze'ev, Haaretz, 15 de mayo de 1978.
(9)   Eban, citado en Jerusalem Post, de 16 de agosto, 1981. Véanse también Meiron Benvinisti, Sacred Landscape: TheBuried History of the Holy Land since 1948 (BerkeleyUniversity of Cali­fornia Press, 2000) y Ehud Sprinzak, The Ascendance of lsrael's Radical Right (Nueva York: Oxford University Press, 1991).
(10)  Friedman, Thomas: «Israel's Goals in Gaza?», The New York Times, columna de opinión, 14 de enero de 2009.
(11) Erlanger, Steven: «Weighing Crimes and Ethics in the Fog of Urban Warfare», The New York Times, 17 de enero de 2009.
(12)  Gerges, Fawaz: «Gaza Notebook», Nation, 16 de ene­ro de 2009.

(Fragmento de "Exterminar a todos los salvajes: Gaza, 2009", de Noam Chomsky, uno de los artículos de Gaza en Crisis, Reflexiones de la guerra de Israel contra los Palestinos, de Noam Chomsky e Ilan Pappé.- Madrid: Taurus, 2011.- Traducción de Miguel Marqués Muñoz)